Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena. (M. Gandhi)


Nadie comete un error mayor que aquel que no hace nada porque solo puede hacer un poco. (E. Burke)


Dirán que andas por un camino equivocado si andas por tu camino. (A. Porchia)


Yo tambien espero un milagro.

Se acaba de cumplir un año de la muerte de Vicente Ferrer.
Estoy preparada para que algunas voces de la iglesia se levanten estos días tímidamente para recordarnos este acontecimiento que convulsionó el corazón de tanta gente, aunque la mayoría intentarán ignorarlo y silenciarlo, igual que hicieron - para su vergüenza- cuando murió.

Cierto es que, cuando murió, Vicente Ferrer ya no era sacerdote, como ya no lo es Leonardo Boff, uno de los autores de la Teología de la Liberación, y tantos otros sacerdotes que dedicaron su vida a difundir el cristianismo, olvidando los dogmas y dedicándose a llevar a la acción su compromiso personal con la fe cristiana y con los auténticos “dogmas” que legó Jesús y que no son otros que la solidaridad, la justicia, la compasión, la piedad, la humildad, el perdón, el amor...

Así, mientras Ratzinger instaba a ofrecer a Kiesle, cura de California condenado por abusos a menores, "todo el cuidado paternal posible" y se oponía a su destitución "por el bien de la Iglesia Universal"; mientras se oponía tambien a la expulsión de la iglesia de Lawrence Murphy, quien abusó durante años de unos 200 niños sordos en Wisconsin, al mismo tiempo obligaba al silencio y forzaba la salida de la iglesia al franciscano Leonardo Boff por sus ideas “marxistas” de compromiso con los pobres y de lucha por la justicia social y los derechos humanos.

Sería interminable el listado de sacerdotes católicos que se han visto obligados a abandonar las filas de la iglesia católica por motivos similares.

Sinceramente, ignoro los argumentos concretos por los que Vicente Ferrer se vio obligado a abandonar a los jesuitas, más allá de que la Iglesia no estuviera de acuerdo con sus métodos y prácticas. Pero en cualquier caso, estuvo bien si eso le valió para enamorarse de Ana y formar con ella una familia que le ayudara en su misión, le ayudara en su trabajo y mantuviera su legado después de su muerte.

Esto me hace recordar que fue el papa Inocencio II quien, hace 900 años, instauró la prohibición de matrimonio de los sacerdotes porque le preocupaba que los bienes que poseían -en aquel momento la mayoría eran de posición económica elevada- fuesen compartidos con la esposa y los hijos del sacerdote casado.

Sé que en este post voy de un lado a otro. La verdad, así es como ando esta mañana mentalmente, dándole vueltas una vez más a la iglesia católica y entrecruzando estos pensamientos con la vida de Vicente Ferrer, su compromiso con los pobres, los desheredados, los “intocables” de la India.

Ese Vicente Ferrer que se planteó un día que no podía emplear un agua escasa o inexistente en el rito bautismal, porque esa agua que derramaba sobre la cabezas de la gente la necesitaban para beber.

Y así, nuevamente, mi mente vuela otra vez a Ratzinger, a Rouco Varela...
De verdad, después de mis primeros arrebatos de rabia, lo único que me queda en el alma es una tristeza infinita, cuando pienso donde ha ido a parar el legado de aquel humilde y valiente Jesús de Nazaret, hoy amordazado y silenciado, condenado y crucificado nuevamente por los dogmas, las políticas, la hipocresía, la doble moral y los fastos de la Curia Romana.

Aunque para mí y para tanta otra gente, el auténtico legado, la continuidad de aquella iglesia que Él quiso edificar sobre la cabeza de Pedro, no está en las manos de Ratzinger y su séquito, sino en las de personas como Vicente Ferrer o Leonardo Boff, y en las de cada uno de nosotros que seguimos creyendo que hay que seguir adelante en este trabajo por erradicar la pobreza, el sufrimiento y la injusticia en el mundo.

Y como Vicente Ferrer, me quedo con aquellas palabras que colgaban de una de las paredes de su humilde cuartito en Anantapur “Espera un milagro”

Un milagro que él, como tantos otros, hizo posible; no sé si con la ayuda Dios, pero lo que está claro es que no fue con la ayuda de Iglesia Católica.

“Si quieres actuar en esta historia de la humanidad donde la pobreza es la enfermedad cumbre, se ha de dar un movimiento humano de los que tienen hacia los que no tienen nada. Así se hacen los milagros” (Vicente Ferrer)

Soy "funcionaria"

Ejerzo de funcionaria desde hace más de 30 años y la rebeldía que me caracterizó siempre la llevé también a mi trabajo: Jamás, jamás, dejé de participar en una huelga, en un paro horario... aunque no fuese conmigo, siempre actué de forma solidaria en este sentido. Incluso llegué a tener un cargo de responsabilidad en un sindicato.

Pero esta vez yo he sido una de esas personas que no han ido a la huelga. He optado por asumir plenamente mi responsabilidad: mi parte de responsabilidad en el proceso que nos ha conducido hasta la crisis que padecemos, y mi parte de responsabilidad en la forma de salir de ella.
No puedo escurrir el bulto justificando mi actitud en la actitud que adopten los demás. De la misma manera que no puedo actuar pasivamente ante una guerra porque los gobiernos lo hagan, ni puedo tirar una colilla al suelo porque los demás lo hagan, ni malgastar el agua, porque los demás lo hagan, ni dejar de hacer cualquier cosa porque los demás no lo hagan.

Esa actitud ante la vida ya no calma mi conciencia, afortunadamente. Entendí e integré en mí esas frases tan manidas como “el cambio empieza por uno mismo” “Si quieres cambiar el mundo cámbiate a ti”,...
En este momento social tan crítico que atravesamos, entiendo que es imprescindible que se produzca un cambio. Entiendo que es necesario que cada uno demos un paso más allá de nuestras teorías y empecemos a llevarlas a la práctica. Entiendo que hay que dejar de hablar de solidaridad y justicia y aplicarnos esos conceptos a nosotros mismos.

Tal vez nuestro sistema económico y social esté en crisis, pero yo no lo estoy como persona, y me niego a dejarme arrastrar interiormente por esta crisis, por este caos, por este ambiente convulso de crispación e indignación que solo mueve a las masas cuando les tocan sus propios bolsillos.

Sí, me han tocado el bolsillo, y sé que hay otros más llenos que el mío; y sé que siempre nos toca a los mismos; y sé que hay agujeros de fraude fiscal que aliviarían o, incluso, resolverían esta crisis. Sé que hay gente que con lo que cobra en un mes alimentaría a docenas, cientos o, incluso, miles de familias... claro que lo sé. Y espero que los poderes públicos los busquen y sacudan en sus bolsillos en la misma proporción que lo han hecho con el mío.

Pero eso no justifica que yo no arrime el hombro.
Sé que hay gente muy por encima de mí que no lo hace, pero también sé que hay otra muy por debajo de mí que me necesita.

Tendré que ajustarme un poco más. Es verdad que ya me viene justito y, ahora, me vendrá un poco más apretado. Pero he hecho revisión de mi día a día, de mis hábitos y costumbres y soy consciente de que la mayoría de esas cosas que considero “necesarias” no lo son en realidad.

Es mi responsabilidad; también es la responsabilidad de otros, lo sé. Pero, además, se trata también de una cuestión de conciencia: allá los demás con sus propias conciencias.

Recibo mails de un amigo desde Camerún, que trabaja para una ONG. Cuando los leo totalmente conmovida, no puedo sino mirar a mi alrededor e indignarme ante la indignación de muchos de mis compañeros que protestan por la pérdida de su poder adquisitivo, pero miran hacia otro lado mientras un niño muere en ese instante por no tener una aspirina, o mientras el futuro inmediato de los niños de su propio rellano de escalera está en el aire, porque a sus padres los han despedido del trabajo.

Llevamos mucho tiempo oyendo hablar de los motivos que nos han traído hasta aquí. Ya somos todos expertos en economía de mercados, sabemos lo que ha pasado con las financiaciones bancarias y todos hablamos con mucha seguridad de la burbuja inmobiliaria...

¿Y ahora qué? Jamás he escuchado una sola voz que reconozca haberse equivocado, bien por haber vivido por encima de sus posibilidades, o por haber considerado “necesarias” cosas que en realidad no lo eran.

Es fácil echar la culpa al sistema, a los bancos, a los gobiernos,... lo difícil es asumir nuestra propia responsabilidad.

Asumo que por mi actitud y mi forma de vida en el pasado he sido parte del problema, y entiendo que ahora me corresponde ser también parte de la solución.

Empezaré por arrimar el hombro ante esta situación desesperada para tanta gente. Y continuaré proponiéndome, firmemente, cambiar mi escala de valores y dejar de dar tanta importancia a esas cosas que, supuestamente, me hacen feliz y que cuestan dinero: con mis necesidades básicas cubiertas, lo que verdaderamente me hace feliz... es gratis.

Savia nueva

El campo desde mi terraza es un escándalo.

La primavera ha tardado y anda a la greña con el verano que ya reclama su sitio. Así, empieza a hacer un calor de mil demonios pero las amapolas y los campos verdes de trigo que llegaron con retraso se entremezclan y me producen una extraña sensación (en cualquier caso, muy hermosa)

El invierno ha sido largo, gris y muy triste, y eso que a mi me encanta el invierno porque su luz y sus atardeceres con sus miles de matices son, para mi, incomparables con los de cualquier otra época del año.

Pero necesitaba el calor, las amapolas, las arboledas, las mariposas, y que la familia de salamandras, que vive sin permiso en mi terraza, se despertara por fin para darme sustos mientras riego las plantas.

Parece que el alma se ensancha y se despierta, como las hojas de los árboles y las mariposas.

Para mí esta primavera está siendo especialmente bien recibida después de un largo otoño y un invierno interminable que parecían haber anidado en mi propio corazón.

Tengo la sensación de haber pasado unos meses hibernando, como el campo y mis tortugas. Unos meses de frío, de silencio y de quietud.

Ahora siento una especie de mareo. Es como tener que aprender de nuevo a andar. También como mis tortugas, que pasan unos días con los ojos abiertos, caminando muy lentamente y sin apenas comer  hasta que se espabilan del todo, y se pasan las horas tomando el sol completamente despatarradas sobre las piedras, supongo que para cargarse de energía después de tantos meses de letargo.

Definitivamente, la primavera es un buen invento cuando una tiene ganas de renacer para vivir con toda intensidad lo que la vida nos traiga. Y yo tengo muchas.

Mas que nunca siento que la vida es un regalo y que hay que saber aceptarlo sin reservas y con una inmensa gratitud.

Capítulo nuevo del manual de la Vida

Mañana es mi cumpleaños.

Hace dos años cumplí mis primeros 50 y lo hice feliz, alegre, deteniéndome a mirar hacia atrás, hacia lo que había sido mi vida durante ese medio siglo. Desde la perspectiva en la que me encontraba, en ese punto de mi camino en la vida, entendí que no había nada que hubiese querido cambiar, que todo lo que había ido dejando atrás estaba en su sitio, que todo estaba bien.

Hasta entendía el porqué de algunas lágrimas derramadas en su momento, el porqué de tantos adioses y de tantas ausencias, el porqué de tantos tropiezos y de tantas heridas.

Sentía una profunda gratitud hacia la Vida porque fui plenamente consciente de que he sido mimada por ella en todos los aspectos, especialmente en el amor que nunca me faltó, el amor que he recibido de la gente que quiero y que durante todo ese tiempo fue como un pozo sin fondo de lealtad y confianza, de ternura y de generosidad.

Y así, con mi mochila cargada de gratitud hacia la vida, reinicié mi marcha hacia adelante con unos zapatos nuevos que, como símbolo de todo lo que me quedaba por andar, me compré ese mismo día.

Dos años después vuelvo a mirar hacia atrás y, aún cuando sigo haciéndolo con el mismo sentimiento de gratitud hacia la vida, tengo que reconocer que me siento cansada y un poco perdida.

Soy consciente de que estoy iniciando una nueva etapa, que mi viaje interior y mis pasos sobre la tierra han ido tomando un nuevo rumbo. Un rumbo que yo no he trazado conscientemente, que no he decidido en ningún momento marcarme. Pero siento más que nunca que la vida me empuja y me empuja hacia un nuevo horizonte y lo hace obligándome a dar un giro rotundo en mi camino. Hoy tengo frente a mi una nueva senda abierta que no sé adonde me conduce, que jamás habría elegido tomar y por la que me estoy adentrando casi sin querer, con piernas temblorosas y pasos inseguros.

Caminamos en soledad siempre, eso es cierto. Por muchas manos que nos tiendan, somos nosotros mismos quienes decidimos mover nuestros pies o decidimos pararnos.
Pero aunque esa sea una verdad que todos, en el fondo, conocemos, hoy, más que nunca, la experimento en mi interior con un punto de angustia.

Creo que era algo que todavía me faltaba por aprender y parece que el universo se ha confabulado para que finalmente lo haga: que la vida es un viaje que iniciamos y acabamos en completa soledad. Que la gente que amas, hoy está, pero mañana tal vez ya no esté, como tantas otras cosas que hoy tenemos y mañana tal vez las hayamos perdido.

Estoy experimentado la parte práctica de la teoría que todos conocemos tan bien. Y es esa lección del manual que dice que, ante todo, tenemos que amarnos a nosotros mismos, reconciliarnos con nosotros mismos, creer en nosotros mismos y sernos fieles a nosotros mismos porque, en el fondo, somos nuestros auténticos compañeros de viaje.

Esa parte es la que entiendo que me toca aprender ahora, y me doy cuenta de que me ha resultado siempre más sencillo confiar en los demás que en mí misma; que para mí es fácil reconciliarme con el mundo, pero me cuesta mucho aprender a vivir en armonía conmigo misma.

Y yo, que siempre fui una rebelde, una incansable buscadora de paz en un mundo en permanente conflicto, una voz que clamaba sin descanso que había que movilizarse, que no podíamos permanecer quietos, me enfrento al reto de establecer una alianza pacífica conmigo misma y a caminar despacito mientras curo mis propias heridas en silencio.

Es difícil, la verdad. Es nuevo para mi. Es un camino que para nada me resulta familiar pero que me siento forzada a recorrer, empujada forzosamente por la vida.

En cualquier caso, hoy, como hace dos años, como siempre, sigo sintiendo una enorme gratitud hacia la vida y quiero seguir caminando por esos nuevos caminos que ella me va descubriendo, aunque me resulten extraños y solitarios.

Mañana es mi cumpleaños otra vez y volveré a regalarme unos zapatos nuevos para recorrerlos.

Otras cadenas.

   Vivimos inmersos en una mentira casi permanente que a menudo consentimos. Somos conscientes de la incoherencia entre nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras actitudes y nuestras acciones.
   Pero nos justificamos alegando esas cadenas mentales, sociales y culturales que a menudo nos impiden avanzar con libertad y nos condenan a permanecer en una actitud casi pasiva frente a esas cosas que nos alteran y nos gustaría cambiar.
   Cobardía, prudencia, impotencia, ... hay montones de reacciones en nosotros que nos impulsan, y a veces nos condenan, a retraernos, a permanecer quietos, a no poder avanzar.
   Siempre he creido que ser conscientes de ello es el primer paso para que las cosas puedan empezar a cambiar en nosotros mismos y que, en consecuencia, ese cambio personal tenga una repercusión en nuestros comportamientos y nuestras acciones.

Pero hay otro tipo de cadenas que arrastramos y que son más difícilmente excusables. Son esas que nos ponemos unos a otros, en nuestro entorno más cercano, incluso entre las personas que más queremos, y los eslabones de esas cadenas empiezan a enlazarse con un simple “tu eres”.
No me gustan los “tu eres”. No me gustan las etiquetas, esas que me cuelgan constantemente y que yo misma cuelgo al cuello de los demás.

Me gusta mucho el segundo de los acuerdos del libro de Miguel Ruiz “Los Cuatro acuerdos” para poder vivir de manera grata y en armonía con uno mismo y con los demás “no te tomes nada como algo personal”.
Si no somos capaces de reconocernos a nosotros mismos en tantas ocasiones ¿cómo pueden los demás hacerlo con tanta facilidad? Los “Tú eres...” no tienen sentido alguno porque siempre vienen de alguien que tiene su propia visión de las cosas, sus propios prejuicios, sus propios puntos de referencia y sus propias imperfecciones humanas. Por eso nos tendría que resbalar en lugar de tomarlo de manera personal y reaccionando con miedo, impotencia, enfado, sintiéndonos inferiores o intentando justificarnos.

Pero es difícil mantenerse en ese acuerdo íntimo porque, en definitiva, las personas que se mueven a nuestro alrededor nos etiquetan, nos rotulan y nos colocan un nuevo grillete en nuestra cadena que nos impide en tantas ocasiones caminar, al menos con ellos.

Soy consciente de que cuando prejuzgo a alguien, por mucho que la otra persona tenga la capacidad de sobreponerse o ignorar mi prejuicio hacia ella, estoy levantando un muro muy alto entre ella y yo que, por mucho empeño que le ponga, le va a resultar muy difícil saltar aunque realmente piense que vale la pena caminar a mi lado. Además, si esa persona es frágil, con una pobre visión de sí misma, probablemente le esté causando un daño difícilmente reparable. Será su responsabilidad no tomarse mi opinión como algo personal, pero también es mi responsabilidad no colocarle en su frente y en su corazón la pegatina de “tú eres...”
Somos seres humanos, no somos productos fabricados en serie. Nuestro interior es infinito, inabarcable y en permanente evolución.

Es necesario que nos aceptemos sin etiquetas. Es necesario que aprendamos a caminar libres, con alegría, sin miedos, con coraje, desprendiéndonos de juicios y prejuicios, sin mirar como soy yo o como es el otro, tan solo amándonos y amándoles.
Hay que caminar ligeros de equipaje y arrancar cuantas cadenas nos pongamos o nos pongan, especialmente las mentales porque esas son las peores.

Yo creo en la libertad, a pesar de todo.

Esconder el dolor y tirar la llave.

Nunca supe manejar bien mis emociones. Y eso, dicho por alguien que desde niña ha vivido sumergida básicamente en un universo emocional, es decisivo a la hora de armonizar mi vida.
Ser consciente de esto fue todo un descubrimiento para iniciar el difícil trabajo de batallar con ellas.

Aprendí a reconocerlas una por una y me dediqué a clasificarlas: A unas les di la libertad para que siguieran manejando mi vida a su libre albedrío y sin pedirme permiso, y a otras intenté atarlas en corto.

Las primeras son aquellas que producen explosiones de vida en positivo en mi interior. Las que hacen sonreír a mis amigos condescendientemente cuando me afloran.   Son esas que convierten las cosas bonitas en “lo más”:  Esta primavera es "lo más",  la sonrisa de alguien es "lo más", los lugares que me gustan son "lo más", el regalo que me han hecho es "lo más"... o esta canción, este atardecer, las palabras de alguien, mi último sueño... todo es "lo más".   Lo más bello, lo más hermoso.
Y no me importa cuando a veces me dicen que soy muy exagerada. Tal vez, no lo sé, pero yo lo vivo así y eso me llena de vida, de alegría, me carga las pilas... en definitiva, me hace feliz. Y, cuidado, que no solo es que me hace feliz, sino que soy “la más” feliz. Por eso me importa un comino cualquier cosa que me digan. Es mi torrente emocional en positivo y es ese al que le permito manifestarse cuando le dé la gana, de manera incontrolada.

Pero luego están las otras, las que pretendo amarrar y controlar a golpe de látigo para que, cuando se disparen no hagan de mi vida también “lo más”, pero en sentido negativo. Y ahí guardo el cajón de mis miedos, de mis inseguridades, de mi fragilidad, de todo aquello que puede convertir cualquier cosa en “lo más” triste, difícil, desesperanzador...

Pero hoy me he dado cuenta de que algo no estoy haciendo bien. Que no se trata de guardarlas en un cajón y tirar la llave al fondo del mar porque, finalmente, acaban escapando. Se trata de hacerles frente y manejarlas bien, de aprender a controlarlas cuando afloran. No puedo huir de mis miedos, porque están ahí. No puedo huir de mi vulnerabilidad, porque está ahí. No puedo huir de la tristeza, porque está ahí. Me he dado cuenta de que no estaba haciendo las cosas bien cuando de repente todas ellas han salido de su caja y han aflorado a la superficie como de una olla a presión .

He sentido tanto miedo, tanta desesperanza, tanta frustración que durante unos días el dolor y la tristeza se han convertido en “lo más” y han terminado por romperme.
Aturdida todavía, tambaleándome, me he dado cuenta de que no tengo más remedio que enfrentarme a mi misma, coger el toro por los cuernos y aceptar que todo eso también está en mí, que no lo puedo encerrar ni ignorar. Que, más bien, tengo que enfrentarme a ello y mirarlo cara a cara en lugar de darme la vuelta y mirar hacia otro lado, como si eso no estuviera ahí.

Todo está en mí. Tengo que aprender a ser capaz de convivir con ello, reconciliarme con mis emociones negativas y establecer con ellas un pacto de sana convivencia.

La verdad es que no sé por donde empezar, pero estoy segura de que encontraré la pista.
Por lo demás, y después de tres noches sin dormir llorando desconsoladamente, acabo de decidir que voy a salir a la terraza a ver amanecer. 

Las primeras luces del alba apuntan detrás de mi ventana y estoy segura de que este amanecer de primavera va a ser “lo más”. Me lo voy a regalar.

Proyecto Ávalon - Iniciativa para una Cultura de Paz. Gratitud.

Hay cosas que se clavan en el alma con imperdibles y no te las puedes arrancar por mucho que lo intentes.
Yo formo parte de Ávalon. Esa es una de esas cosas. Y Ávalon forma parte de mi. Esa es otra de esas cosas.
El Proyecto Avalon fue la cristalización de un sueño, eso decimos quienes lo impulsamos. Pero ni en mis mejores sueños pude jamás imaginar lo que el Proyecto Avalon podría llegar a significar en mi vida.
Mas allá de los fines y objetivos que reflejan sus estatutos, más allá de los medios previstos para alcanzarlos, atesora su auténtica razón de ser, el espíritu.
Una puede imaginar o suponer, pero todas mis vivencias y experiencias de estos años han superado lo supuesto. Es verdad que nuestro Centro Internacional de la Paz sigue sin construirse, o que las ondas de radio no transmiten todavía nuestros mensajes al mundo, y es verdad que no sabemos como se hace el dinero sin tener que vender el alma del Proyecto Ávalon a quienes están dispuestos a comprarla.

Pero, como dijo Lenon, la vida es aquello que nos va sucediendo mientras nosotros hacemos otros planes, y así ha sido como el ideal principal del Proyecto Avalon se ha ido cristalizando poco a poco, lenta y calladamente, sin darnos cuenta. Ese objetivo básico, esencial, que no atrae la mirada de la gente ni de las grandes organizaciones, que no sale en los medios de comunicación, y que ningún organismo público o privado va nunca a subvencionar: intentar integrar en cada uno el espíritu de la hermandad sin dejar de trabajar individualmente el concepto básico de Ser Uno con Todo. 
Estoy convencida de que cualquier acción que hagamos para cambiar en algo las cosas que no nos gustan caerá en saco roto si no la hacemos desde dentro, con humildad, y creyendo firmemente en lo que hacemos.

Cualquier acción caerá en saco roto si los que la presencian o comparten no lo hacen también desde el corazón, con la firme voluntad de integrar en sí mismos cada palabra, cada idea, cada aprendizaje, con humildad y coherencia, desde el pleno convencimiento de que el cambio empieza por uno mismo.
Pedir la paz a los demás es sencillo, pero hacer que la paz se asiente dentro de ti y la transmitas desde dentro, es más complicado y mucho más difícil que organizar actividades educativas o grandes eventos de concienciación social. Y, sin embargo, ese es el primer paso del camino.

El Si quieres cambiar el mundo cámbiate a ti de Gandhi cobró todo su sentido cuando fui capaz de integrar totalmente en mi esa verdad y decidí trabajarla desde dentro.
No pretendo decir con ello que lo haya conseguido y mi trabajo haya terminado. En realidad tengo la certeza de que este es un trabajo que acabo de empezar y nunca veré terminado. Pero es el único camino válido, a mi juicio, en el que el trabajo por la paz puede dar frutos.
Y cuando pienso en el Proyecto Avalon, en toda esa gente que integró con humildad este axioma en su vida y trabaja desde dentro el concepto de esa nueva humanidad por la que apostamos, me conmuevo enormemente y siento una gratitud tan grande que no sé como transmitírsela.
Aquellos que acercan la Cultura de Paz a sus trabajos, a sus alumnos, a sus amigos, a su comunidad de vecinos, sin hablar de ello, tan solo con su actitud, con su forma de hacer y de sentir las cosas. Tan solo, siendo Uno con ellos.

Esas son las personas que creo que finalmente pueden cambiar el mundo.

Exponer nuestras abiertas ideas sobre la Inter-culturalidad, la Inter-religiosidad, el respeto a cualquier ideología, la ecología... es relativamente fácil. Pero a nada conduce si realmente no miramos al otro y a lo que nos rodea con un respeto profundo y auténtico, desde esa visión que va, incluso, mucho más allá del corazón, entendiendo e interiorizando que Todos y Todo sumamos Uno. Que somos Uno. Uno con los demás, uno con la Tierra, Uno con la Vida...
Desde esa visión interior, el respeto, la generosidad, la solidaridad, .. todos esos valores que defendemos incansablemente, fluyen espontáneamente hacia fuera, sin siquiera pretenderlo.

Mi trabajo en el Proyecto Ávalon ha sido un regalo que me ha hecho la vida, porque ha afianzado en mí estos conceptos, porque me ha lanzado de cabeza a intentar resolver desde dentro aquello que pretendía resolver desde fuera.
Ha sido una ofrenda porque me ha permitido conocer a tanta gente increible, anónima, que me ha enseñado, que me ha ayudado tanto a reconducir mi camino.
Aquellos que no hablan, hacen. Aquellos que hacen porque Son. Aquellos que no te tienden la mano, sino que te levantan directamente cuando tropiezas y caes, aquellos que ni siquiera se dan cuenta de que lo están haciendo.
Como diría Benedetti, con gente como esta, me comprometo para lo que sea por el resto de mi vida, ya que por tenerlos junto a mí, me doy por bien retribuida.

Por eso Ávalon siempre colgará de mi corazón prendido con un imperdible. Porque está llena de gente que no se limita a estar, sino que es Una conmigo y con la Vida.
Porque me ayudan a caminar con su ejemplo, su coherencia, su energía.
Porque son necesarios, imprescindibles, para cambiar mi mundo y el de mis hijos.
Porque sé que caminando junto a ellos todavía hay una esperanza de futuro.


Esperar de los demás: lo parecemos, pero no somos iguales.

El otro día me encontré con una amiga a quien hacía mucho tiempo que no veía. Un hecho que me dejó un sabor agridulce porque después de la alegría del reencuentro, vino el desánimo del desencuentro.
Todos estos años que han transcurrido desde que no nos vemos parece haberlos empleado, en resumidas cuentas, en experimentar una permanente frustración porque, según ella, no ha tenido “suerte en la vida”. Una vida que ha basado siempre en esperar que los demás le proporcionen todo aquello que cree que necesita y de la manera que ella espera. Sus amigos y su familia no han estado “a la altura” y se siente sola frente al mundo.

El desánimo del desencuentro llegó cuando me di cuenta de que yo tampoco estaba ya “a la altura”, de que me estaba convirtiendo en una nueva decepción para ella.
Entiendo que no se pueden desbaratar nuestros esquemas mentales de un plumazo, y tampoco lo pretendía cuando hablaba con ella. Tan solo intenté que se diese cuenta de que su dolor es el fruto de esos esquemas, nada más, y que ser conscientes de ello es el primer paso para poderlos cambiar. Pero ella ni siquiera fue capaz de entender que el hecho de decirle esto no implicaba necesariamente que no me compadeciese de su propio dolor.
Es inútil, además de una osadía, pasarnos la vida esperando a que los demás se acoplen a nuestros intereses, ideales, creencias y circunstancias. No podemos pasarnos la vida esperando que alguien nos llame, nos visite, nos escuche o actúe, en ese instante exacto en que nosotros pensamos que es el oportuno y de la manera que consideramos que es la correcta.
No podemos pasarnos la vida mascullando entre dientes “eso no lo haría yo”, porque resulta que él o ella es otra persona, con otros principios, otras vivencias, otras carencias, otra visión de las cosas y otra manera de actuar, de pensar y de sentir.
Valores como la lealtad, entrega, confianza, compasión, generosidad ... son comunes a todo aquel a quien preguntemos qué espera de la gente que quiere. Pero cada uno aplica su propia visión de estos valores tergiversada, contaminada, por sus propias ideas.
Es imposible que  nos adaptemos a los dogmas que a cada persona que nos rodea le sirven de referencia en el momento de valorar, incluso juzgar, a los demás. Es difícil tener que estar constantemente demostrando las cosas como los demás esperan que lo hagas. Y lo más difícil es hacer entender a quienes te lo exigen que lo que toca es aceptar a los demás como son y mostrar hacia ellos la misma comprensión y generosidad que tu esperas para ti mismo.

Ojalá fuésemos capaces de romper esa vara de medir que todos guardamos en un cajón y cuyos valores numéricos aplicamos en función de lo que cada cual consideramos correcto o incorrecto, y que generalmente utilizamos para etiquetar a los demás y esconder detrás de esa pegatina nuestras propias sombras y justificar nuestra decepción.
No podemos esperar de los demás otra cosa que aquello que ellos mismos son, y no hay sensación más hermosa que la de la gratitud cuando alguien se entrega a ti tal y como es, con sus luces y sus sombras, sin miedo a que le juzgues, y te acepta a su vez, con tus luces y tus sombras, sin medirte ni juzgarte.
Y esa es la grandeza, la maravilla, de la amistad, del amor.

Sé que mi amiga seguirá esperando a que el mundo se adapte a ella. Sé que seguirá frustrada, y sintiendo un inmenso dolor que la romperá por dentro. Sé que no supe estar a la altura según su vara de medir y eso también a mi me produce un inmenso dolor y me rompe por dentro. Tristemente, también sé que eso jamás lo creerá.

A pesar de todo, yo misma me sorprendo muchas veces esperando, juzgando y sintiéndome frustrada. Pero sé que es mi responsabilidad escarbar en el cajón y destrozar de una puñetera vez mi propia vara de medir.

En zapatillas de ir por casa

¡Hola a todos!

Esta es mi primera entrada y estoy como una niña con zapatos nuevos.
Ayer me dediqué a crear este espacio que andará volando por ahí. No creo que llegue muy lejos porque no aspiro en absoluto a que estas páginas sean muy visitadas, entre otras cosas porque tampoco creo que puedan aportar o interesarle mucho a nadie, ni lo pretendo.

Así pues, sin pretensiones de ningún tipo, inicio mi andadura personal en este mundo virtual y me convierto en internauta. ¿Quién me lo iba a decir a mi?
Todavía no tengo muy claro porqué estoy aquí. Siempre tan celosa de mi intimidad, compartida solo por aquellos pocos a los que yo llamo “mi gente”. Siempre escribiendo cosas para esconderlas en disimuladas carpetas y romperlas después. Siempre soñando cosas para olvidarme hasta yo misma de casi todo lo soñado.
Cierto es que últimamente ya estoy aprendiendo a no preguntarme el porqué de las cosas. Las cosas son, te pasan, las sientes, las vives... Descubrí la perdida de tiempo que era preguntarse el por qué de las cosas cuando me di cuenta de que, generalmente, me equivocaba en la respuesta y ésta me llegaba sola un poco después, o mucho después, o tal vez, todavía, no ha llegado.
La vida nos lleva y nos trae y es impresionante mirar hacia atrás y darse cuenta de lo impredecible que es. También sé que mis decisiones, muchas veces impulsivas e inconscientes, desvían mi camino hacia un lado o hacia otro.
Y así he llegado hasta aquí, tecleando en este ordenador, sin preguntarme por qué y dejándome llevar.

Ayer le decía a una amiga que esto debe de ser ego puro. De otro modo ¿a santo de qué te inventas una cosa así, donde solo puedes hablar de ti misma, emitir tus propias opiniones y hablar solo de lo que te interesa?
Pues será, no lo sé. ¿Qué más da?

En cualquier caso, debo de tener un ego muy poco exigente porque soy consciente de que entre yo y cualquiera de los que me leáis hay un abismo de muchas cosas alucinantes de las que yo carezco.

Bienvenidos a este rincón donde solo se abrirá la puerta a los que entren con zapatillas de estar por casa y, mejor todavía, con la mantita del sofá.