Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena. (M. Gandhi)


Nadie comete un error mayor que aquel que no hace nada porque solo puede hacer un poco. (E. Burke)


Dirán que andas por un camino equivocado si andas por tu camino. (A. Porchia)


Gracias, Mansur Abdussalam Escudero

Ayer murió Mansur Abdussalam Escudero, Presidente de la Junta Islámica. Seguramente a estas horas su alma blanca camina entre las flores del jardín de su Amado Alláh.

Nadie es imprescindible en este mundo, lo sabemos todos. Pero también es cierto que todos somos necesarios. Como decía Teresa de Calcuta, no somos más que una gota en el mar, pero sin esa gota, el mar sería diferente.

Mansur Escudero era algo más que una gota en este mar de seres humanos que poblamos el Planeta. Mansur Escudero era una luz, una esperanza para quienes creemos que otra humanidad es posible.

Una humanidad en la que, no solo todos cabemos, sino que, además, todos podemos ser capaces de convivir juntos, desde el más absoluto respeto y en la más completa armonía.
Y con esa creencia, Mansur trabajó hasta el último momento para hacer de esa utopía una realidad cotidiana.

Y ese trabajo suyo lo realizó cargando con un enorme peso en su mochila: el peso de la incomprensión, del miedo, del rechazo de tantas gentes que, bien por ignorancia, por la manipulación de algunos medios de comunicación o por manipulación política, caminan por la calle pensando que cada musulmán es un terrorista en potencia o anda colocándole un burka a su mujer.

Pero su dolor era doble, porque también cargaba en su mochila con el sufrimiento de cada víctima (de cualquier religión, cultura o país) de los fundamentalistas que levantan la voz y las armas en nombre del Islam, movidos por intereses políticos y económicos y apoyándose en el miedo y la ignorancia de quienes mantienen bajo su yugo.

No somos conscientes de la suerte que tenemos cuando caminamos por la calle sabiendo que somos socialmente aceptados. No tenemos que caminar pidiendo perdón, ni escondiéndonos, cuando algún miembro o representante de la Iglesia Católica escandaliza a la sociedad con sus discursos o sus actos. No van con nosotros las terribles barbaridades de la Santa Inquisición, ni el apoyo a las políticas nazis, o a los gobiernos absolutistas que siguen torturando y asesinando en la actualidad mientras reciben la bendición apostólica y romana. Tampoco nos planteamos si el que atraca un banco o asesina a su mujer es católico. No, no va con nosotros.. Todos sabemos que nadie nos va a juzgar por nuestra creencia religiosa y tenemos claro que todos los cristianos -católicos o protestantes- no somos así. Se da por hecho que la mayoría de nosotros somos gente buena.

Y, sin embargo, cómo nos cuesta entender que la mayoría de los musulmanes, al igual que los cristianos, o los budistas, o los judíos,... son gente buena, y que no podemos prejuzgar, juzgar, ni condenar a nadie, tan solo porque su Dios lleve otro nombre, o 99 nombres como es el caso de Alláh.

Mansur Escudero trabajaba por el entendimiento, por la concordia, por la hermandad. Su voz se elevó siempre, con coherencia y valentía, reclamando un lugar de paz en el mundo, donde pudieran convivir las buenas gentes, fuese cual fuese su religión, su creencia, su ideología o su cultura.

Mansur era la voz de los musulmanes que apostaban fervientemente por la tolerancia, el respeto, el diálogo y la convivencia pacífica, y se fue sabiéndose condenado por muchos, acusado de querer “conquistar” Al Andalus, España y el mundo entero con sus ideas “peligrosas” de coexistencia sin trabas, de respeto, de fraternidad y amor.

Querido Mansur: te fuiste de aquí sin conseguir tu sueño: Encontremos  lugares donde puedan rezar musulmanes, cristianos, y gentes de cualquier creencia, unidos, en hermandad. Demos un ejemplo al mundo, que vean que esto es posible.

Pero no pudo ser, querido Mansur. Y viste como seguían levantándose muros y más muros, muros de mezquitas, de iglesias, de monasterios... muros que excluían al resto, que separaban, que desunían. Tan solo te quedaba encerrarte en tu propio lugar sagrado, en tu propia mezquita, para continuar rezando y pidiéndole a Alláh que el mundo fuera un poco más justo, un poco menos violento y cruel, y -sobre todo- que las gentes perdieran el miedo, que se acercaran entre ellas, se conocieran y se entendieran.. Que aprendieran a convivir, a respetarse y a amarse.

Fue difícil tu trabajo, Mansur Abdussalam Escudero. Tal vez te hayas ido creyendo que, además, fue inútil.
Pero allá donde estés, puedes estar seguro de que no fue así: el mundo es un poco mejor porque tú pasaste por aquí.

Tu mirada limpia, tu fe, tu valentía, tu pasión por la justicia, por la verdad, por el entendimiento, por la paz, ... todo eso deja huella, querido Mansur.

Quienes tuvimos la suerte y el privilegio de conocerte nos repartimos tu testigo. Y seguiremos trabajando junto a nuestros hermanos musulmanes, cristianos, judíos, o de cualquier creencia, para que nuestros hijos puedan jugar en la calle juntos, aunque cada uno de ellos, en su corazón, dé un nombre diferente a su Dios.

Esta noche, rezaré por ti. Y lo haré bajo el cielo, elevando mi mirada hacia la bóveda estrellada de la catedral más hermosa, de la mezquita más majestuosa, del más soberbio monasterio... la única construcción que levantó Alláh, sin muros y sin puertas, donde cada ser humano es acogido y bendecido, donde cada persona puede inclinarse ante Él, o postrarse ante Él, o-sencillamente- pueda, sentarse a llorar y a recordarte.

Que tu Amado Alláh, Grande y Misericordioso, te acoja en su Jardín, querido Mansur Abdussalam Escudero.
En mi corazón, cristiano, estarás siempre, siempre.



Tristeza

Hay momentos en la vida que, justo en el instante en que los vives, ya eres conciente de que han quedado en tu alma y en tu retina para el resto de tu vida.
Yo, ayer, supe inmediatamente que el momento que estaba viviendo iba a ser uno de esos, y supe que esa mirada la iba a llevar prendida de mi alma para siempre.

También vivencié aquello de que el amor es capaz de transformarnos, de mover y cambiar las cosas de sitio no solo en nuestro corazón, sino también en nuestra mente, en nuestros comportamientos y nuestras actitudes.
Así, ayer me sorprendí viviendo un momento que nunca pensé que podría ser capaz de sobrellevar, y fue la capacidad de mantener su mirada fija en la mía durante tanto tiempo; una de las cosas más duras y difíciles que he tenido que vivir jamás. Algo que no sé si sería capaz de volver a vivir con la misma serenidad.

Nunca una mirada fue capaz de transmitirme tanto; nunca una mirada fue capaz de hacerme entender tantas cosas.
Era una mirada profunda, fija, inmensamente triste. Infinitamente triste.

Sé que todos vivimos momentos tristes, y sé que todos compartimos en muchas ocasiones los momentos tristes de personas a las que queremos. Pero aquella mirada era tal que, más allá de compartir su tristeza, su tristeza se hizo mía. Y era tan profunda e infinita que, hoy, todo cuanto siento, todo lo que miro, todo lo que toco, todo, todo... todo es inmensamente triste. Tan triste como su mirada

Y no podía hacer nada, tan solo, mantener esa mirada fija de sus ojos en los míos. Dejar que me hablase con ella, escuchar desde el silencio como se expresaba su corazón, su propia alma, aunque él solo expresara una cosa: esa tristeza infinita

Una tristeza que me acompaña desde entonces, que me desborda.
De vez en cuando, una lagrima cae por mi mejilla y entonces, solo entonces, soy consciente de la tristeza que me envuelve y que me habita. Su propia tristeza.

Y si el genio de la lámpara se presentase hoy ante mí, tan solo le pediría una cosa: por favor, llévate esa tristeza de su alma, arráncasela de sus ojos. Por favor, por favor.

Agua

Ayer, casi de repente, me entró el ataque de nostalgia. Nostalgia de un verano que ya se me escapa de los dedos.

Hacía varios años, demasiados, que no vivía el verano. Las estaciones se iban sucediendo una tras otra, y lo más novedoso de ellas era que tenía que cambiar la ropa de los armarios: ahora guardo los abrigos y los guantes, ahora guardo las camisetas y las sandalias.

El último invierno fue demasiado largo, demasiado duro y -sobre todo- demasiado gris. Y aunque siempre llueve o hace frío para todos por igual, yo viví mi propio invierno interior, igual de largo, igual de gris, pero mucho más duro de lo que mi piel y mis sentidos sentían cuando caminaba por la calle.

Tal vez por eso, o tal vez no, no lo sé, la primavera me pareció una de las más hermosas que recuerdo, un escándalo de praderas verdes, con cientos de mariposas revoloteando entre las amapolas y las margaritas silvestres. Una primavera que desembocó en un verano que he vivido como una adolescente.

Los veranos de mi infancia están literalmente unidos a mañanas y tardes calurosas, dejándome llevar por la corriente del río Cabriel. Mis veranos adolescentes, a las mañanas, las tardes y las noches cruzando de parte a parte el pequeño lago que tanto me ha dado y al que tanto le debo. Y, después, fue todo: el río, el lago y el mar,... ese mar... mi mar.

Ya de niña jugaba a ser una sirena y sacudía mi pelo bajo el agua, para ver como se movía y ondeaba como el de ellas.
Yo, tan animal de tierra, tan de bosque, tan de viñedos y montañas, durante una época del año me convertía prácticamente en un ser de agua, me mimetizaba con las algas, la arena, los guijarros, los peces,... me disolvía en el agua, me convertía en agua...

Pero, sin darme cuenta, durante un largo tiempo, me olvidé de todo ello. Aprovechaba el verano para hacer otras cosas; en realidad creo que mis últimos veranos han transcurrido tras la pantalla de un ordenador y, en mis ratos libres, resolviendo esos asuntos y compromisos que vamos reservando para “cuando tenga tiempo”. Perdí la cuenta de los años que hacía que no me zambullía en el agua. También perdí la cuenta de los años que hacía que no disfrutaba de mis paseos nocturnos, de tumbarme en la tierra a mirar las estrellas, de sentarme a leer un libro comiendo pipas de girasol, con una cervecita y el viento fresquito del mar que sopla en la terraza de mi casa justo cuando el sol empieza a esconderse detrás de las montañas

He vivido el verano. Un verano de agua y de sol.
Cada día, religiosamente, me he zambullido en el agua azul, cristalina, y he nadado y nadado y nadado... He jugado al balón con mi hijo y a dar volteretas; ahora, ha sido él el que me ha dicho que mi pelo en el agua es como el de las sirenas. ¡Aquello me sonó a música celestial, a infancia, a sueños, a alegría, a vida!

Un par de días se han acercado las ardillas de una pinada cercana a beber agua a mi lado. También los pájaros han picoteado a mi alrededor... y hasta las hormigas que trepaban por mi toalla me han parecido increíblemente graciosas, llenas de vida, en su ajetreado ir y venir veraniego

Es curioso como el simple hecho de retomar nuestra genuina identidad de animales y entrar en contacto directo con la naturaleza -al fin y al cabo nuestro hábitat natural- nos cambia el chip, nos reequilibra, nos armoniza con el entorno y – ¡oh, milagro!- nos armoniza también interiormente.

Pero ayer la tarde ya fue mas fría. De repente presentí el otoño cerca y, en un instante, experimenté la nostalgia. Esa misma nostalgia de antaño, de los veranos junto al Cabriel, o en el lago, o en las playas rodeadas de dunas y naranjos más allá de la Albufera...
Aunque, igual que entonces, experimenté también la sensación de que, más que un adiós, es solo un hasta luego, un volveré a vivirlo todo nuevamente, ahora toca vivir los atardeceres de otoño, la nieve del invierno...
Y cuando pienso en que me aguardan mi ordenador y mis asuntos, lo afronto todo de otro modo, con más energía, pero con más calma
Sencillamente, el verano me ha recordado que estoy viva y que no puedo, ni quiero, olvidarlo.

Mientras tanto, mi amigo Raúl, mi duende del sombrero con cascabel, continúa en su intento de despertar del todo, de ver con claridad, de identificar el azul del cielo y el rostro de quienes le hablamos. Continúa en su intento de levantar la mano para apretar las nuestras...

Pero mañana voy a ir a verlo. Voy a ir a contarle que he sentido nuevamente el frescor del agua entre mi piel, que las ardillas andaban por ahí, que la brisa que llega del mar es fresca, muy fresca...

Y le diré que cada instante estaba él en mi pensamiento, y que imaginaba el próximo verano nadando juntos, identificando perfectamente el vuelo de las mariposas y el color de las margaritas y del espliego.

Mañana iré a contarle mis sensaciones de alegría y de nostalgia; le hablaré del otoño luminoso y lleno de colores que nos está esperando. Que la vendimia está a punto de empezar, que los pájaros andan inquietos preparando su viaje hacia el sur, detrás del calorcito... Le contaré un montón de cosas que, seguro, él entenderá como nadie

Definitivamente, la vida nos aguarda detrás de cada esquina, detrás de cada paso. Y cada paso que damos supone un nuevo giro que damos a nuestra vida, dibuja nuevos paisajes y establece un nuevo trazado hacia nuestro horizonte. Incluso él, aparentemente inmóvil, a veces como dormido, sigue dando un pasito detrás de otro, avanzando hacia delante, trazando y recorriendo  su propio camino
Hay que ser conscientes de ello, de cada paso, de cada cosa que vemos, olemos o sentimos... ser conscientes y disfrutarlo, y agradecerlo y bendecirlo.

Por eso agradezco hasta la nostalgia y ese tufillo de tristeza que me deja el verano que empieza a alejarse. Lo agradezco porque es el mejor indicador de cómo lo he sentido, de cómo lo he integrado en mi piel y en mi alma.

Mientras llega el siguiente verano intentaré seguir disfrutando de cada instante que la vida, generosa como siempre, me va regalando y, ya lo he pensado, tendré que ir a comprarme unas nuevas botas de agua y de nieve, porque el año pasado andaba resbalando por la calle con mis viejas suelas desgastadas.

El duende del sombrero con cascabel.

El otro día hablaba de la inmensa gratitud con que recibo lo que la vida me regala a cada instante.

Yo no recuerdo el momento en que él se cruzó en mi camino, pero fue otro de esos regalos que no te esperas, que a veces piensas que no te mereces, pero que con tanta generosidad la Vida ha dejado en la puerta de tu casa silenciosamente, sin que tú te des cuenta.
En este caso, el regalo venía envuelto con un lazo de muchos colores y, al tomarlo entre las manos y agitar la caja, pude escuchar el mágico sonido de algo que no acababa de identificar, entre las campanillas y los cascabeles.

Desde ese momento, a lo largo de los años, he ido desenvolviendo ese regalo poco a poco. Y, cada vez que retiraba un pedacito de papel, me iba encontrando con una nueva sorpresa.

Aquel regalo envuelto en papeles y cintas de colores, que me sigue ilusionando y sorprendiendo cada día, era él.

Él es el duendecillo travieso que se oculta entre los árboles del bosque con un cascabel en su sombrero y una mirada pícara. Ese que, primero te asusta para conseguir que te detengas, después hace que en tus labios se dibuje la sonrisa, y finalmente sale de su escondite para cogerte de la mano y llevarte a jugar entre los árboles, las flores y las mariposas.

Él es como una luciérnaga en la noche. Cuando todo está oscuro y te esfuerzas por caminar sin tropezar con nada, de repente lo descubres, a la orilla del camino, inmóvil, emitiendo esa luz interior que ilumina la palma de la mano cuando la coges.

Ese es él, ese que camina jugueteando con la vida, iluminando su propio camino con su propia luz interior. Por eso, cuando lo tienes al lado, caminas segura y sin miedo, porque él ilumina el sendero, porque todo es, de repente, hermoso y alegre y esperanzador.

A veces se cansa y se sienta en un rinconcito de su bosque. Y lo ves silencioso y abstraído, un tanto lejano e inaccesible. Pero, cuando lo conoces, sabes que hay que dejarlo, que él está haciendo su trabajo, ese trabajo de mirar hacia adentro, de mirar hacia arriba, de recargar sus mágicas pilas para seguir emitiendo sus sorprendentes sonidos de campanillas y cascabeles y seguir irradiando esa luz que ilumina todo el espacio que lo rodea
Es imposible, imposible del todo, pensar en él sin que una sonrisa se dibuje en tu cara. Imposible.

Pero él no es solo un duendecillo travieso y vivaracho que pasa sus días jugando en el bosque con los pájaros y los ciervos y las mariquitas - y contigo, si es que pasas por allí-
No, ni mucho menos.

Él trabaja, trabaja mucho, y trabaja duro. Él piensa que su bosque es el jardín de juego de todos, y se afana en protegerlo, en mantenerlo limpio, reluciente. Recoge sus basuras, planta nuevos árboles y cuida de todo lo que el bosque guarda en sus entrañas como si de su propio interior se tratara.

Y luego se coloca en la puerta del bosque y llama a gritos a todo el mundo para que entre a jugar en él. Y le gusta que todos acudan: los duendes de piel blanca, negra, roja, amarilla o color del chocolate; las hadas que cubren su cabeza con el burka y las que llevan crestas de colores, los gnomos que llegan desde otros lugares lejanos, hablando lenguas extrañas y jugando otros juegos diferentes...

Él los llama a todos, porque todos le gustan, porque con ellos aprende cosas nuevas, porque sabe que el bosque se alegra de albergar en su regazo colores, sonidos y juegos diferentes, igual que ofrece árboles, flores y aromas de especies diferentes.

Cuando algún invitado es en exceso bullicioso o descarado, o juega sin respetar la única norma que existe en el bosque -el respeto a todo y a todos los demás-, él no se enfada mucho, no le grita, no lo castiga; tan solo se va a su rincón, carga nuevamente sus mágicas pilas, y retorna junto a aquellos que rompen la paz y la armonía que reina en el bosque para decirles que también a ellos los quiere, pero que es mejor hacer las cosas de otro modo, e intenta, afanosamente, enseñarles como hacerlo, con una ternura infinita, con una enorme paciencia y con todo el amor del mundo en su mirada

Él también llora, claro. En esos momentos en que se esconde en su rincón, a veces llora. A veces se cansa, a veces tiene miedo, a veces también se siente perdido en el interior del bosque.

Y entonces permanece ahí sentado, inmóvil, silencioso. Cualquiera que le viera pensaría que  ya se le agotó la magia, que se ha rendido, que ya no puede seguir avanzando entre los senderos de flores y mariposas.
Pero no os equivoquéis: Cuando le veáis así, callado, quieto, con la mirada ausente, es cuando él está realizando su mayor esfuerzo y su mejor trabajo

Él sabe como nadie que nunca hay que rendirse, que siempre hay que hacer un esfuerzo más, y otro más. Y en silencio, busca, encuentra y cura la herida que le impide caminar con decisión y le coloca encima una tirita.
Y cuando cierra los ojos, no lo hace para huir de la luz, sino que está mirando hacia adentro, buscando ese punto de luz permanente que alberga su alma y que ilumina su camino y el de todos.

Por eso ahora, cuando el se ha retirado a su rincón, el bosque permanece silencioso, y todos lo seres que alberga nos hemos quedado quietos, expectantes, mirando hacia él. Esta vez su retiro se está prolongando un poquito más y la ausencia de su risa, de su luz y su cordura empieza a hacerse notar en todos nosotros.

Pero sabemos que tarde o temprano abrirá sus ojos otra vez, con una nueva tirita colocada quién sabe donde, con esa sonrisa suya, esa fuerza, esa alegría, esas ganas de cuidar del bosque y mimar a todos los seres que cobija.

Esta vez estamos un poco más impacientes, más inquietos, es verdad. Por eso nos juntamos cada tarde, en el interior del bosque, todos cogidos de la mano, silenciosos, para pedirle a la Vida que le dé un empujón, que lo obligue a despertar pronto; porque lo cierto es que el bosque, el mundo, necesita a rabiar ese punto de luz, ese tintineo de campanas que nadie sabe irradiar y hacer sonar como él.

Él no se puede parar demasiado tiempo, no. Porque no es, ni mucho menos, una exageración decir que el mundo lo espera, lo necesita. Que él se ha convertido en una pieza muy importante de este engranaje que es la Vida equilibrada y armónica en este inmenso y mágico bosque que es su casa, nuestra casa, nuestro mundo.

Todos esperamos su regreso de ese viaje hacia el interior que está haciendo, y unidos más que nunca por el amor y la gratitud que sentimos por él, aguardamos confiados, pero impacientes, a que pronto abra sus ojos, se ponga otra vez de pie y vuelva a darnos sustos asomando su cara sonriente desde detrás de cualquier árbol del bosque y haciendo sonar el cascabel de su sombrero.

Te queremos, amigo. Y te necesitamos. No puedes imaginarte cuánto.
Por favor, vuelve pronto.

Mi móvil, mi piedra, mis margaritas...

Llevo varias semanas agobiada con algunos trabajos pendientes, de esos que no sabes por donde meterles mano y que, además, hay que hacer contra-reloj. Ahora, cuando ya casi lo tengo terminado y empiezo a quitarme esa presión que me impedía conciliar el sueño tantas noches, me siento extremadamente liberada y feliz.

Aún cuando ya es de madrugada y estoy cansada, he salido como tantas otras noches a la terraza a respirar un poco el aire fresco de la noche, a escuchar el canto de los grillos y a mirar ese horizonte que a penas se intuye entre las sombras, pero que yo sé que esta ahí.

Me gusta esa quietud, ese silencio. Me gusta mucho. Y hoy, especialmente, lo he saboreado más, porque me sentía tranquila, relajada, con la seguridad de que aquello que tenía que hacer ya está casi acabado.

Pero esto me ha llevado a pensar, no en estos días de preocupación y de ansiedad, sino en los anteriores, cuando no sentía esa Espada de Damocles sobre mi cuello, amenazando con cortarlo si no acababa aquello que no sabía ni cómo empezar. Esos días anteriores en los que no me sentía tan liberada y tan feliz como me siento ahora, aún cuando la situación era la misma. Entonces, no valoraba lo que significaba no sentirse presionada, como tantas veces no valoramos el que no nos duela la cabeza, o tengamos 10 € en el bolsillo, o que alguien nos sonría cuando nos da los buenos días.

Aunque me escuecen los ojos, no he querido acostarme sin sentarme a escribir esto que siento, para ver si de este modo me lo grabo definitivamente en mi memoria, en esa mente traicionera y desleal que se empeña en hacerme olvidar a cada instante lo maravilloso que es vivir cada uno de esos instantes.

Hace ya tiempo que un inmenso sentimiento de gratitud invade mi espíritu, pero mi mente se empeña reiteradamente en que lo olvide.
Y yo lo intento, de verdad: Cuando conecto mi móvil, cada día, la palabra que aparece en mi pantalla es “gracias". Cuando abro mi cartera para pagar el café que me tomo, o la compra del supermercado, aparece una piedrecita entre las monedas, para acordarme de que tengo que dar las gracias... Y escibo la palabra gracias mientras hablo por teléfono con alguien, y la adorno con flores de tinta, colocando siempre una margarita sobre la “i”.

Pero nada de esto sirve de mucho porque mi mente se obstina en que lo olvide, en que aparte la piedrecita sin mirarla siquiera mientras busco las monedas, y, cuando en la pantalla de mi móvil aparece la palabra “gracias”, la ignoro nerviosa esperando que aparezca la siguiente pantalla que indica que ya tengo cobertura. Y cuando rodeo de flores la palabra “gracias” y dibujo la margarita sobre su “i”, no soy consciente de lo que estoy haciendo y se convierten, tan solo, en garabatos que dibujo de manera compulsiva e inconsciente.

Siento una rabia infinita y una gran tristeza cuando me doy cuenta de que es necesario detenerse, hacer un alto como el que he hecho esta noche, para tomar consciencia de todo ello. Y, una vez más, me he propuesto seriamente intentar que, por muchas cosas que ocupen mi mente cada día, tengo que dejar un hueco permanente , como sea, para llenarlo de gratitud .

Mi corazón está lleno de gratitud, es verdad, y sé que de alguna manera eso que guardo en mi interior, en lo más profundo de mi espíritu, seguramente contamina mi vida cotidiana, apresurada y llena de quehaceres. Sé que si ese sentimiento de profunda gratitud no me invadiera en lo más recóndito, seguramente mi vida sería mucho más gris, trivial e insignificante.

Pero quiero ir más allá: quiero ser consciente en cada instante de la suerte que tengo, por estar aquí, por ser, y por poder aceptar y disfrutar todo cuanto la vida me regala en cada momento.
Quiero que cada día me sienta tan liberada y feliz como me he sentido esta noche, cuando buscaba ese horizonte entre las sombras, disfrutando del canto de los grillos, con la satisfacción del trabajo hecho.

Dicen que solo valoramos aquello que perdemos y, seguramente, es verdad. ¡Qué estupidez la nuestra!.

Si algo tengo claro es que cualquier cosa que hoy tengo, mañana tal vez ya no la tenga. Y en ese saco incluyo todo cuanto poseo, desde lo más valioso, como la gente que quiero, a las cosas más insignificantes, como este simple teclado de mi ordenador.

Hoy estoy aquí, pero mañana no sé donde estaré, o donde estarás tú que, tal vez,  leas esto. Hoy he sonreído escuchando el canto de los grillos, pero tal vez mañana no pueda escucharlos. Hoy he trabajado, me he reído, he hablado con la gente, he besado a mi hijo y he tecleado afanosamente en mi ordenador para acabar ese puñetero trabajo. Pero, mañana, tal vez no pueda hacer ninguna de esas cosas.

Por eso quiero ser consciente, valorar y agradecer a la Vida todo cuanto tengo antes de perderlo, o, más todavía, aunque no lo pierda nunca. Y, sobre todo, agradecerle esta capacidad que constantemente me brinda para sentir, para ser capaz de conmoverme cuando siento el viento fresco de la noche en mi piel, mientras intuyo un horizonte de viñas verdes e impenetrables montañas entre las sombras.

Desde mañana..., ¡no!, desde ahora mismo, voy a proponerme por enésima vez ser consciente de todo ello, aunque me cueste la vida misma someter y doblegar a mi mente. Y pondré toda mi atención cuando dibuje cada pétalo de la margarita que corone la “i” de la palabras “gracias”, mientras hable por teléfono, quien sabe con quien, quien sabe de qué.

¡Qué más da! Lo increíblemente maravilloso será que estaré viviendo, de verdad, ese instante.

Porque cuando uno está despierto y consciente, hasta lo más insignificante se convierte en un milagro.

Yo tambien espero un milagro.

Se acaba de cumplir un año de la muerte de Vicente Ferrer.
Estoy preparada para que algunas voces de la iglesia se levanten estos días tímidamente para recordarnos este acontecimiento que convulsionó el corazón de tanta gente, aunque la mayoría intentarán ignorarlo y silenciarlo, igual que hicieron - para su vergüenza- cuando murió.

Cierto es que, cuando murió, Vicente Ferrer ya no era sacerdote, como ya no lo es Leonardo Boff, uno de los autores de la Teología de la Liberación, y tantos otros sacerdotes que dedicaron su vida a difundir el cristianismo, olvidando los dogmas y dedicándose a llevar a la acción su compromiso personal con la fe cristiana y con los auténticos “dogmas” que legó Jesús y que no son otros que la solidaridad, la justicia, la compasión, la piedad, la humildad, el perdón, el amor...

Así, mientras Ratzinger instaba a ofrecer a Kiesle, cura de California condenado por abusos a menores, "todo el cuidado paternal posible" y se oponía a su destitución "por el bien de la Iglesia Universal"; mientras se oponía tambien a la expulsión de la iglesia de Lawrence Murphy, quien abusó durante años de unos 200 niños sordos en Wisconsin, al mismo tiempo obligaba al silencio y forzaba la salida de la iglesia al franciscano Leonardo Boff por sus ideas “marxistas” de compromiso con los pobres y de lucha por la justicia social y los derechos humanos.

Sería interminable el listado de sacerdotes católicos que se han visto obligados a abandonar las filas de la iglesia católica por motivos similares.

Sinceramente, ignoro los argumentos concretos por los que Vicente Ferrer se vio obligado a abandonar a los jesuitas, más allá de que la Iglesia no estuviera de acuerdo con sus métodos y prácticas. Pero en cualquier caso, estuvo bien si eso le valió para enamorarse de Ana y formar con ella una familia que le ayudara en su misión, le ayudara en su trabajo y mantuviera su legado después de su muerte.

Esto me hace recordar que fue el papa Inocencio II quien, hace 900 años, instauró la prohibición de matrimonio de los sacerdotes porque le preocupaba que los bienes que poseían -en aquel momento la mayoría eran de posición económica elevada- fuesen compartidos con la esposa y los hijos del sacerdote casado.

Sé que en este post voy de un lado a otro. La verdad, así es como ando esta mañana mentalmente, dándole vueltas una vez más a la iglesia católica y entrecruzando estos pensamientos con la vida de Vicente Ferrer, su compromiso con los pobres, los desheredados, los “intocables” de la India.

Ese Vicente Ferrer que se planteó un día que no podía emplear un agua escasa o inexistente en el rito bautismal, porque esa agua que derramaba sobre la cabezas de la gente la necesitaban para beber.

Y así, nuevamente, mi mente vuela otra vez a Ratzinger, a Rouco Varela...
De verdad, después de mis primeros arrebatos de rabia, lo único que me queda en el alma es una tristeza infinita, cuando pienso donde ha ido a parar el legado de aquel humilde y valiente Jesús de Nazaret, hoy amordazado y silenciado, condenado y crucificado nuevamente por los dogmas, las políticas, la hipocresía, la doble moral y los fastos de la Curia Romana.

Aunque para mí y para tanta otra gente, el auténtico legado, la continuidad de aquella iglesia que Él quiso edificar sobre la cabeza de Pedro, no está en las manos de Ratzinger y su séquito, sino en las de personas como Vicente Ferrer o Leonardo Boff, y en las de cada uno de nosotros que seguimos creyendo que hay que seguir adelante en este trabajo por erradicar la pobreza, el sufrimiento y la injusticia en el mundo.

Y como Vicente Ferrer, me quedo con aquellas palabras que colgaban de una de las paredes de su humilde cuartito en Anantapur “Espera un milagro”

Un milagro que él, como tantos otros, hizo posible; no sé si con la ayuda Dios, pero lo que está claro es que no fue con la ayuda de Iglesia Católica.

“Si quieres actuar en esta historia de la humanidad donde la pobreza es la enfermedad cumbre, se ha de dar un movimiento humano de los que tienen hacia los que no tienen nada. Así se hacen los milagros” (Vicente Ferrer)

Soy "funcionaria"

Ejerzo de funcionaria desde hace más de 30 años y la rebeldía que me caracterizó siempre la llevé también a mi trabajo: Jamás, jamás, dejé de participar en una huelga, en un paro horario... aunque no fuese conmigo, siempre actué de forma solidaria en este sentido. Incluso llegué a tener un cargo de responsabilidad en un sindicato.

Pero esta vez yo he sido una de esas personas que no han ido a la huelga. He optado por asumir plenamente mi responsabilidad: mi parte de responsabilidad en el proceso que nos ha conducido hasta la crisis que padecemos, y mi parte de responsabilidad en la forma de salir de ella.
No puedo escurrir el bulto justificando mi actitud en la actitud que adopten los demás. De la misma manera que no puedo actuar pasivamente ante una guerra porque los gobiernos lo hagan, ni puedo tirar una colilla al suelo porque los demás lo hagan, ni malgastar el agua, porque los demás lo hagan, ni dejar de hacer cualquier cosa porque los demás no lo hagan.

Esa actitud ante la vida ya no calma mi conciencia, afortunadamente. Entendí e integré en mí esas frases tan manidas como “el cambio empieza por uno mismo” “Si quieres cambiar el mundo cámbiate a ti”,...
En este momento social tan crítico que atravesamos, entiendo que es imprescindible que se produzca un cambio. Entiendo que es necesario que cada uno demos un paso más allá de nuestras teorías y empecemos a llevarlas a la práctica. Entiendo que hay que dejar de hablar de solidaridad y justicia y aplicarnos esos conceptos a nosotros mismos.

Tal vez nuestro sistema económico y social esté en crisis, pero yo no lo estoy como persona, y me niego a dejarme arrastrar interiormente por esta crisis, por este caos, por este ambiente convulso de crispación e indignación que solo mueve a las masas cuando les tocan sus propios bolsillos.

Sí, me han tocado el bolsillo, y sé que hay otros más llenos que el mío; y sé que siempre nos toca a los mismos; y sé que hay agujeros de fraude fiscal que aliviarían o, incluso, resolverían esta crisis. Sé que hay gente que con lo que cobra en un mes alimentaría a docenas, cientos o, incluso, miles de familias... claro que lo sé. Y espero que los poderes públicos los busquen y sacudan en sus bolsillos en la misma proporción que lo han hecho con el mío.

Pero eso no justifica que yo no arrime el hombro.
Sé que hay gente muy por encima de mí que no lo hace, pero también sé que hay otra muy por debajo de mí que me necesita.

Tendré que ajustarme un poco más. Es verdad que ya me viene justito y, ahora, me vendrá un poco más apretado. Pero he hecho revisión de mi día a día, de mis hábitos y costumbres y soy consciente de que la mayoría de esas cosas que considero “necesarias” no lo son en realidad.

Es mi responsabilidad; también es la responsabilidad de otros, lo sé. Pero, además, se trata también de una cuestión de conciencia: allá los demás con sus propias conciencias.

Recibo mails de un amigo desde Camerún, que trabaja para una ONG. Cuando los leo totalmente conmovida, no puedo sino mirar a mi alrededor e indignarme ante la indignación de muchos de mis compañeros que protestan por la pérdida de su poder adquisitivo, pero miran hacia otro lado mientras un niño muere en ese instante por no tener una aspirina, o mientras el futuro inmediato de los niños de su propio rellano de escalera está en el aire, porque a sus padres los han despedido del trabajo.

Llevamos mucho tiempo oyendo hablar de los motivos que nos han traído hasta aquí. Ya somos todos expertos en economía de mercados, sabemos lo que ha pasado con las financiaciones bancarias y todos hablamos con mucha seguridad de la burbuja inmobiliaria...

¿Y ahora qué? Jamás he escuchado una sola voz que reconozca haberse equivocado, bien por haber vivido por encima de sus posibilidades, o por haber considerado “necesarias” cosas que en realidad no lo eran.

Es fácil echar la culpa al sistema, a los bancos, a los gobiernos,... lo difícil es asumir nuestra propia responsabilidad.

Asumo que por mi actitud y mi forma de vida en el pasado he sido parte del problema, y entiendo que ahora me corresponde ser también parte de la solución.

Empezaré por arrimar el hombro ante esta situación desesperada para tanta gente. Y continuaré proponiéndome, firmemente, cambiar mi escala de valores y dejar de dar tanta importancia a esas cosas que, supuestamente, me hacen feliz y que cuestan dinero: con mis necesidades básicas cubiertas, lo que verdaderamente me hace feliz... es gratis.

Savia nueva

El campo desde mi terraza es un escándalo.

La primavera ha tardado y anda a la greña con el verano que ya reclama su sitio. Así, empieza a hacer un calor de mil demonios pero las amapolas y los campos verdes de trigo que llegaron con retraso se entremezclan y me producen una extraña sensación (en cualquier caso, muy hermosa)

El invierno ha sido largo, gris y muy triste, y eso que a mi me encanta el invierno porque su luz y sus atardeceres con sus miles de matices son, para mi, incomparables con los de cualquier otra época del año.

Pero necesitaba el calor, las amapolas, las arboledas, las mariposas, y que la familia de salamandras, que vive sin permiso en mi terraza, se despertara por fin para darme sustos mientras riego las plantas.

Parece que el alma se ensancha y se despierta, como las hojas de los árboles y las mariposas.

Para mí esta primavera está siendo especialmente bien recibida después de un largo otoño y un invierno interminable que parecían haber anidado en mi propio corazón.

Tengo la sensación de haber pasado unos meses hibernando, como el campo y mis tortugas. Unos meses de frío, de silencio y de quietud.

Ahora siento una especie de mareo. Es como tener que aprender de nuevo a andar. También como mis tortugas, que pasan unos días con los ojos abiertos, caminando muy lentamente y sin apenas comer  hasta que se espabilan del todo, y se pasan las horas tomando el sol completamente despatarradas sobre las piedras, supongo que para cargarse de energía después de tantos meses de letargo.

Definitivamente, la primavera es un buen invento cuando una tiene ganas de renacer para vivir con toda intensidad lo que la vida nos traiga. Y yo tengo muchas.

Mas que nunca siento que la vida es un regalo y que hay que saber aceptarlo sin reservas y con una inmensa gratitud.

Capítulo nuevo del manual de la Vida

Mañana es mi cumpleaños.

Hace dos años cumplí mis primeros 50 y lo hice feliz, alegre, deteniéndome a mirar hacia atrás, hacia lo que había sido mi vida durante ese medio siglo. Desde la perspectiva en la que me encontraba, en ese punto de mi camino en la vida, entendí que no había nada que hubiese querido cambiar, que todo lo que había ido dejando atrás estaba en su sitio, que todo estaba bien.

Hasta entendía el porqué de algunas lágrimas derramadas en su momento, el porqué de tantos adioses y de tantas ausencias, el porqué de tantos tropiezos y de tantas heridas.

Sentía una profunda gratitud hacia la Vida porque fui plenamente consciente de que he sido mimada por ella en todos los aspectos, especialmente en el amor que nunca me faltó, el amor que he recibido de la gente que quiero y que durante todo ese tiempo fue como un pozo sin fondo de lealtad y confianza, de ternura y de generosidad.

Y así, con mi mochila cargada de gratitud hacia la vida, reinicié mi marcha hacia adelante con unos zapatos nuevos que, como símbolo de todo lo que me quedaba por andar, me compré ese mismo día.

Dos años después vuelvo a mirar hacia atrás y, aún cuando sigo haciéndolo con el mismo sentimiento de gratitud hacia la vida, tengo que reconocer que me siento cansada y un poco perdida.

Soy consciente de que estoy iniciando una nueva etapa, que mi viaje interior y mis pasos sobre la tierra han ido tomando un nuevo rumbo. Un rumbo que yo no he trazado conscientemente, que no he decidido en ningún momento marcarme. Pero siento más que nunca que la vida me empuja y me empuja hacia un nuevo horizonte y lo hace obligándome a dar un giro rotundo en mi camino. Hoy tengo frente a mi una nueva senda abierta que no sé adonde me conduce, que jamás habría elegido tomar y por la que me estoy adentrando casi sin querer, con piernas temblorosas y pasos inseguros.

Caminamos en soledad siempre, eso es cierto. Por muchas manos que nos tiendan, somos nosotros mismos quienes decidimos mover nuestros pies o decidimos pararnos.
Pero aunque esa sea una verdad que todos, en el fondo, conocemos, hoy, más que nunca, la experimento en mi interior con un punto de angustia.

Creo que era algo que todavía me faltaba por aprender y parece que el universo se ha confabulado para que finalmente lo haga: que la vida es un viaje que iniciamos y acabamos en completa soledad. Que la gente que amas, hoy está, pero mañana tal vez ya no esté, como tantas otras cosas que hoy tenemos y mañana tal vez las hayamos perdido.

Estoy experimentado la parte práctica de la teoría que todos conocemos tan bien. Y es esa lección del manual que dice que, ante todo, tenemos que amarnos a nosotros mismos, reconciliarnos con nosotros mismos, creer en nosotros mismos y sernos fieles a nosotros mismos porque, en el fondo, somos nuestros auténticos compañeros de viaje.

Esa parte es la que entiendo que me toca aprender ahora, y me doy cuenta de que me ha resultado siempre más sencillo confiar en los demás que en mí misma; que para mí es fácil reconciliarme con el mundo, pero me cuesta mucho aprender a vivir en armonía conmigo misma.

Y yo, que siempre fui una rebelde, una incansable buscadora de paz en un mundo en permanente conflicto, una voz que clamaba sin descanso que había que movilizarse, que no podíamos permanecer quietos, me enfrento al reto de establecer una alianza pacífica conmigo misma y a caminar despacito mientras curo mis propias heridas en silencio.

Es difícil, la verdad. Es nuevo para mi. Es un camino que para nada me resulta familiar pero que me siento forzada a recorrer, empujada forzosamente por la vida.

En cualquier caso, hoy, como hace dos años, como siempre, sigo sintiendo una enorme gratitud hacia la vida y quiero seguir caminando por esos nuevos caminos que ella me va descubriendo, aunque me resulten extraños y solitarios.

Mañana es mi cumpleaños otra vez y volveré a regalarme unos zapatos nuevos para recorrerlos.

Otras cadenas.

   Vivimos inmersos en una mentira casi permanente que a menudo consentimos. Somos conscientes de la incoherencia entre nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras actitudes y nuestras acciones.
   Pero nos justificamos alegando esas cadenas mentales, sociales y culturales que a menudo nos impiden avanzar con libertad y nos condenan a permanecer en una actitud casi pasiva frente a esas cosas que nos alteran y nos gustaría cambiar.
   Cobardía, prudencia, impotencia, ... hay montones de reacciones en nosotros que nos impulsan, y a veces nos condenan, a retraernos, a permanecer quietos, a no poder avanzar.
   Siempre he creido que ser conscientes de ello es el primer paso para que las cosas puedan empezar a cambiar en nosotros mismos y que, en consecuencia, ese cambio personal tenga una repercusión en nuestros comportamientos y nuestras acciones.

Pero hay otro tipo de cadenas que arrastramos y que son más difícilmente excusables. Son esas que nos ponemos unos a otros, en nuestro entorno más cercano, incluso entre las personas que más queremos, y los eslabones de esas cadenas empiezan a enlazarse con un simple “tu eres”.
No me gustan los “tu eres”. No me gustan las etiquetas, esas que me cuelgan constantemente y que yo misma cuelgo al cuello de los demás.

Me gusta mucho el segundo de los acuerdos del libro de Miguel Ruiz “Los Cuatro acuerdos” para poder vivir de manera grata y en armonía con uno mismo y con los demás “no te tomes nada como algo personal”.
Si no somos capaces de reconocernos a nosotros mismos en tantas ocasiones ¿cómo pueden los demás hacerlo con tanta facilidad? Los “Tú eres...” no tienen sentido alguno porque siempre vienen de alguien que tiene su propia visión de las cosas, sus propios prejuicios, sus propios puntos de referencia y sus propias imperfecciones humanas. Por eso nos tendría que resbalar en lugar de tomarlo de manera personal y reaccionando con miedo, impotencia, enfado, sintiéndonos inferiores o intentando justificarnos.

Pero es difícil mantenerse en ese acuerdo íntimo porque, en definitiva, las personas que se mueven a nuestro alrededor nos etiquetan, nos rotulan y nos colocan un nuevo grillete en nuestra cadena que nos impide en tantas ocasiones caminar, al menos con ellos.

Soy consciente de que cuando prejuzgo a alguien, por mucho que la otra persona tenga la capacidad de sobreponerse o ignorar mi prejuicio hacia ella, estoy levantando un muro muy alto entre ella y yo que, por mucho empeño que le ponga, le va a resultar muy difícil saltar aunque realmente piense que vale la pena caminar a mi lado. Además, si esa persona es frágil, con una pobre visión de sí misma, probablemente le esté causando un daño difícilmente reparable. Será su responsabilidad no tomarse mi opinión como algo personal, pero también es mi responsabilidad no colocarle en su frente y en su corazón la pegatina de “tú eres...”
Somos seres humanos, no somos productos fabricados en serie. Nuestro interior es infinito, inabarcable y en permanente evolución.

Es necesario que nos aceptemos sin etiquetas. Es necesario que aprendamos a caminar libres, con alegría, sin miedos, con coraje, desprendiéndonos de juicios y prejuicios, sin mirar como soy yo o como es el otro, tan solo amándonos y amándoles.
Hay que caminar ligeros de equipaje y arrancar cuantas cadenas nos pongamos o nos pongan, especialmente las mentales porque esas son las peores.

Yo creo en la libertad, a pesar de todo.

Esconder el dolor y tirar la llave.

Nunca supe manejar bien mis emociones. Y eso, dicho por alguien que desde niña ha vivido sumergida básicamente en un universo emocional, es decisivo a la hora de armonizar mi vida.
Ser consciente de esto fue todo un descubrimiento para iniciar el difícil trabajo de batallar con ellas.

Aprendí a reconocerlas una por una y me dediqué a clasificarlas: A unas les di la libertad para que siguieran manejando mi vida a su libre albedrío y sin pedirme permiso, y a otras intenté atarlas en corto.

Las primeras son aquellas que producen explosiones de vida en positivo en mi interior. Las que hacen sonreír a mis amigos condescendientemente cuando me afloran.   Son esas que convierten las cosas bonitas en “lo más”:  Esta primavera es "lo más",  la sonrisa de alguien es "lo más", los lugares que me gustan son "lo más", el regalo que me han hecho es "lo más"... o esta canción, este atardecer, las palabras de alguien, mi último sueño... todo es "lo más".   Lo más bello, lo más hermoso.
Y no me importa cuando a veces me dicen que soy muy exagerada. Tal vez, no lo sé, pero yo lo vivo así y eso me llena de vida, de alegría, me carga las pilas... en definitiva, me hace feliz. Y, cuidado, que no solo es que me hace feliz, sino que soy “la más” feliz. Por eso me importa un comino cualquier cosa que me digan. Es mi torrente emocional en positivo y es ese al que le permito manifestarse cuando le dé la gana, de manera incontrolada.

Pero luego están las otras, las que pretendo amarrar y controlar a golpe de látigo para que, cuando se disparen no hagan de mi vida también “lo más”, pero en sentido negativo. Y ahí guardo el cajón de mis miedos, de mis inseguridades, de mi fragilidad, de todo aquello que puede convertir cualquier cosa en “lo más” triste, difícil, desesperanzador...

Pero hoy me he dado cuenta de que algo no estoy haciendo bien. Que no se trata de guardarlas en un cajón y tirar la llave al fondo del mar porque, finalmente, acaban escapando. Se trata de hacerles frente y manejarlas bien, de aprender a controlarlas cuando afloran. No puedo huir de mis miedos, porque están ahí. No puedo huir de mi vulnerabilidad, porque está ahí. No puedo huir de la tristeza, porque está ahí. Me he dado cuenta de que no estaba haciendo las cosas bien cuando de repente todas ellas han salido de su caja y han aflorado a la superficie como de una olla a presión .

He sentido tanto miedo, tanta desesperanza, tanta frustración que durante unos días el dolor y la tristeza se han convertido en “lo más” y han terminado por romperme.
Aturdida todavía, tambaleándome, me he dado cuenta de que no tengo más remedio que enfrentarme a mi misma, coger el toro por los cuernos y aceptar que todo eso también está en mí, que no lo puedo encerrar ni ignorar. Que, más bien, tengo que enfrentarme a ello y mirarlo cara a cara en lugar de darme la vuelta y mirar hacia otro lado, como si eso no estuviera ahí.

Todo está en mí. Tengo que aprender a ser capaz de convivir con ello, reconciliarme con mis emociones negativas y establecer con ellas un pacto de sana convivencia.

La verdad es que no sé por donde empezar, pero estoy segura de que encontraré la pista.
Por lo demás, y después de tres noches sin dormir llorando desconsoladamente, acabo de decidir que voy a salir a la terraza a ver amanecer. 

Las primeras luces del alba apuntan detrás de mi ventana y estoy segura de que este amanecer de primavera va a ser “lo más”. Me lo voy a regalar.

Proyecto Ávalon - Iniciativa para una Cultura de Paz. Gratitud.

Hay cosas que se clavan en el alma con imperdibles y no te las puedes arrancar por mucho que lo intentes.
Yo formo parte de Ávalon. Esa es una de esas cosas. Y Ávalon forma parte de mi. Esa es otra de esas cosas.
El Proyecto Avalon fue la cristalización de un sueño, eso decimos quienes lo impulsamos. Pero ni en mis mejores sueños pude jamás imaginar lo que el Proyecto Avalon podría llegar a significar en mi vida.
Mas allá de los fines y objetivos que reflejan sus estatutos, más allá de los medios previstos para alcanzarlos, atesora su auténtica razón de ser, el espíritu.
Una puede imaginar o suponer, pero todas mis vivencias y experiencias de estos años han superado lo supuesto. Es verdad que nuestro Centro Internacional de la Paz sigue sin construirse, o que las ondas de radio no transmiten todavía nuestros mensajes al mundo, y es verdad que no sabemos como se hace el dinero sin tener que vender el alma del Proyecto Ávalon a quienes están dispuestos a comprarla.

Pero, como dijo Lenon, la vida es aquello que nos va sucediendo mientras nosotros hacemos otros planes, y así ha sido como el ideal principal del Proyecto Avalon se ha ido cristalizando poco a poco, lenta y calladamente, sin darnos cuenta. Ese objetivo básico, esencial, que no atrae la mirada de la gente ni de las grandes organizaciones, que no sale en los medios de comunicación, y que ningún organismo público o privado va nunca a subvencionar: intentar integrar en cada uno el espíritu de la hermandad sin dejar de trabajar individualmente el concepto básico de Ser Uno con Todo. 
Estoy convencida de que cualquier acción que hagamos para cambiar en algo las cosas que no nos gustan caerá en saco roto si no la hacemos desde dentro, con humildad, y creyendo firmemente en lo que hacemos.

Cualquier acción caerá en saco roto si los que la presencian o comparten no lo hacen también desde el corazón, con la firme voluntad de integrar en sí mismos cada palabra, cada idea, cada aprendizaje, con humildad y coherencia, desde el pleno convencimiento de que el cambio empieza por uno mismo.
Pedir la paz a los demás es sencillo, pero hacer que la paz se asiente dentro de ti y la transmitas desde dentro, es más complicado y mucho más difícil que organizar actividades educativas o grandes eventos de concienciación social. Y, sin embargo, ese es el primer paso del camino.

El Si quieres cambiar el mundo cámbiate a ti de Gandhi cobró todo su sentido cuando fui capaz de integrar totalmente en mi esa verdad y decidí trabajarla desde dentro.
No pretendo decir con ello que lo haya conseguido y mi trabajo haya terminado. En realidad tengo la certeza de que este es un trabajo que acabo de empezar y nunca veré terminado. Pero es el único camino válido, a mi juicio, en el que el trabajo por la paz puede dar frutos.
Y cuando pienso en el Proyecto Avalon, en toda esa gente que integró con humildad este axioma en su vida y trabaja desde dentro el concepto de esa nueva humanidad por la que apostamos, me conmuevo enormemente y siento una gratitud tan grande que no sé como transmitírsela.
Aquellos que acercan la Cultura de Paz a sus trabajos, a sus alumnos, a sus amigos, a su comunidad de vecinos, sin hablar de ello, tan solo con su actitud, con su forma de hacer y de sentir las cosas. Tan solo, siendo Uno con ellos.

Esas son las personas que creo que finalmente pueden cambiar el mundo.

Exponer nuestras abiertas ideas sobre la Inter-culturalidad, la Inter-religiosidad, el respeto a cualquier ideología, la ecología... es relativamente fácil. Pero a nada conduce si realmente no miramos al otro y a lo que nos rodea con un respeto profundo y auténtico, desde esa visión que va, incluso, mucho más allá del corazón, entendiendo e interiorizando que Todos y Todo sumamos Uno. Que somos Uno. Uno con los demás, uno con la Tierra, Uno con la Vida...
Desde esa visión interior, el respeto, la generosidad, la solidaridad, .. todos esos valores que defendemos incansablemente, fluyen espontáneamente hacia fuera, sin siquiera pretenderlo.

Mi trabajo en el Proyecto Ávalon ha sido un regalo que me ha hecho la vida, porque ha afianzado en mí estos conceptos, porque me ha lanzado de cabeza a intentar resolver desde dentro aquello que pretendía resolver desde fuera.
Ha sido una ofrenda porque me ha permitido conocer a tanta gente increible, anónima, que me ha enseñado, que me ha ayudado tanto a reconducir mi camino.
Aquellos que no hablan, hacen. Aquellos que hacen porque Son. Aquellos que no te tienden la mano, sino que te levantan directamente cuando tropiezas y caes, aquellos que ni siquiera se dan cuenta de que lo están haciendo.
Como diría Benedetti, con gente como esta, me comprometo para lo que sea por el resto de mi vida, ya que por tenerlos junto a mí, me doy por bien retribuida.

Por eso Ávalon siempre colgará de mi corazón prendido con un imperdible. Porque está llena de gente que no se limita a estar, sino que es Una conmigo y con la Vida.
Porque me ayudan a caminar con su ejemplo, su coherencia, su energía.
Porque son necesarios, imprescindibles, para cambiar mi mundo y el de mis hijos.
Porque sé que caminando junto a ellos todavía hay una esperanza de futuro.