Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena. (M. Gandhi)


Nadie comete un error mayor que aquel que no hace nada porque solo puede hacer un poco. (E. Burke)


Dirán que andas por un camino equivocado si andas por tu camino. (A. Porchia)


Escuchar como crece una flor

Recuerdo muchas veces aquel día, tumbada sobre la pinocha junto a mi padre, en un claro del bosque a la orilla del río Cabriel.
No recuerdo los años que tenía: 5, tal vez 6, o quizás menos.

Junto a nuestras cabezas crecía un romero que no era mucho más grande que mi mano. Tampoco recuerdo de qué podríamos estar hablando, pero seguramente él estaría dándome una de esas lecciones que los padres damos a nuestros hijos y luego, como es el caso, olvidamos demasiado rápido y demasiadas veces.
Lo único que tengo claro, por descarte, es que me estaba hablando de la naturaleza y de la vida, porque de aquella conversación tan solo recuerdo una parte, y es aquella en la que me hizo levantar la mirada mientras él señalaba a la pequeña planta de romero:

¿Ves este romerito? Pues cuando nos vayamos de aquí él seguirá creciendo y creciendo, y algún día podrá llegar a ser más alto que tú si lo dejamos crecer tranquilo, porque hasta las cosas más pequeñas pueden convertirse en grandes cosas, pero no nos damos cuenta porque no nos fijamos en como lo van haciendo."

No recuerdo si me planteé a qué cosas se refería, salvo a aquel romero y a los árboles que nos rodeaban, pero juro por Dios que aquel momento lo llevo en la memoria desde entonces, y lo recuerdo con la misma claridad que si hubiera transcurrido hoy mismo. Tampoco recuerdo que pude contestarle, o si él siguió hablando más. Solo recuerdo esas palabras, y a nosotros dos mirando atentamente aquella plantita, y - vete tú a saber porqué- lo mucho que me marcaron.

El sentido de aquella observación se lo fui dando poco a poco a lo largo de mi vida. Pero, incluso en aquel momento, adaptándome al sentido mas literal y concreto de sus palabras -que era hasta donde yo podía llegar por mis pocos años- me hizo vivir y experimentar auténticos momentos mágicos ya en mi infancia.

Y así, me acostumbré desde niña a tumbarme en silencio bajo los árboles, junto a las plantas y los arbustos, y a observar sus pequeños cambios casi imperceptibles, sus procesos de floración y el cambio de color de sus hojas. Me acostumbré a hablarles y a acariciarlos y, cerrando los ojos, intentaba incluso escucharles. Siempre estuve convencida de que parte de los sonidos que escuchaba con los ojos cerrados era el de las propias flores creciendo, e intentaba identificarlos sobre los demás sonidos del bosque.

Hoy he recordado a aquella niña, tumbada en medio del bosque, creyendo escuchar como crecían las flores, y me ha inspirado una ternura tan infinita...

Siento una profunda gratitud hacia mi padre porque, tal vez sin darme cuenta como él decía, fue también creciendo en mi interior esa increíble conexión que tengo con la vida y que aprendí desde niña caminando por el bosque, observando sus cambios, sus procesos, sus sonidos, sus colores... Las piñas se cierran cuando llueve y, solo entonces, puedes ver a las ranas jugando y yendo de excursión, a saltitos, entre las piedras de la orilla.

Y yo, que tengo una especie de fobia por todo aquel animalito con patas clasificado como arácnido, dejo que las arañas tejan sus telas entre las plantas de mi terraza, y les pido perdón cundo las molesto mientras destrozo su tela para decidir si hoy será un buen día para ir a la playa: cuando las observo presurosas retejiendo su tela sé que puedo coger mi toalla, pero si pasados 15 minutos todo continúa igual, mejor me quedo en casa porque, seguramente, esta tarde me sorprenderá una tormenta de verano.



La verdad, todavía hoy me gusta tumbarme bajo los árboles, mirar el cielo entre sus ramas y cerrar los ojos para escuchar lo que me dicen. Y, todavía hoy, estoy convencida de que alguno de los sonidos que escucho es el que emiten los romeros y los espliegos al crecer, aunque todavía no haya aprendido a distinguirlo.

El auténtico milagro se da cuando te sientas, silenciosa, a escuchar el sonido de tu propio corazón y a observar como la Vida y el amor van creciendo en él, como las flores.

Tan solo, como me dijo aquel día mi padre, hay que ser conscientes.



Ser mujer y ser mayor: pedir clemencia o revelarse.


No es mi intención entrar en debates sobre monarquía, nobleza ni aristocracia; ni sobre los grandes terratenientes y el origen de sus haciendas.
Dejando eso totalmente al margen tengo que decir que la reciente boda de la Duquesa de Alba ha hecho prender en mí, una vez más, la mecha de la impotencia ante los mecanismos sociales que levantan las olas de moralinas, prejuicios, mentalidades cuadriculadas, machismo y “ancianismo” (no se ha inventado -que yo sepa- la palabra que defina la marginalidad a la que están sometidas las personas mayores en general y las mujeres en particular)

Estos días he oído de todo, chistes fáciles y comentarios indignados que, con la excusa de la Sra. duquesa, se han ido ampliando y generalizando sobre el resto de la población que llamamos “tercera edad” y, en especial, sobre las mujeres.

No me queda mucho para entrar en ese club y tiemblo solo de pensarlo: el culto a la juventud, al cuerpo, a la imagen,... ¿Qué será de mí, señor?  Entre pedir clemencia y revelarme, elijo lo último y abogo por quienes no se atreven todavía a hacerlo, víctimas del miedo y los prejuicios.

Abogo por ti, mujer que has trabajado, has parido, has vivido encadenada a tu condición de mujer, siempre en segundo plano, sometida a la voluntad de tus padres, de tu marido, de tus hijos..., a las maledicencias de tus vecinos, a los juicios sociales por tu forma de vestir, de caminar, de reírte, de cocinar, de limpiar los cristales o de dirigir una empresa. Y por ti, que has tenido las narices de luchar por abrirte camino en un mundo de hombres, teóricamente más fuertes, mas valientes y más capacitados para todo. Abogo por ti, mujer, objeto de burlas y risas porque aún eres capaz de enamorarte  con tu pelo cano y tu vientre y tus pechos ajados de embarazarte y parir, de trabajar duro y en silencio.

Deja ya de pedir perdón por ser mujer y  llegar a vieja. Deja ya de pedir perdón porque quieras vivir en libertad lo que te reste de vida. Deja de pedir permiso a los hijos que construyeron  sus propias vidas, y a los vecinos de tu calle que alivian la mediocridad y el aburrimiento de su día a día  juzgando el tuyo.

Sé libre, mujer, y deja ya de pedir perdón por sentir esas ganas de vivir.

Si el amor se cruza en tu camino, vívelo con toda intensidad; y a esa gente que aún cree que una relación de pareja es básicamente sexual, explícales que eso no se acaba con los años, sencillamente evoluciona con nosotros, es mucho más rica de lo que ellos creen, y hay muchas maneras de vivirla. Y que, en cualquier caso, la ternura, la complicidad, los sueños compartidos, la común ilusión de vivir, de viajar, de leer, de conversar, de caminar de la mano al atardecer, pesan mucho más que un mero coito; y compadécete de aquellos que  basan una relación, fundamentalmente, en un pene erecto y un cuerpo de mujer lozano, porque triste futuro les espera de frustración, fracaso, vacío y soledad.

Abogo por ti, mujer. Túmbate sobre la arena de la playa y siente el sol sobre tu piel desnuda. Si alguien se burla de ti, dile que no vas a la playa a exhibirte, tan solo vas a sentir la caricia del sol y de la brisa, porque ni el sol, ni las olas ni el viento establecen diferencias entre hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, niños, gaviotas y caracolas.

Sé libre, mujer. Canta, si tienes ganas de cantar, baila si quieres bailar, vístete de colores y adorna tu pelo con cintas y flores.
Estás viva porque la vida te ha concedido ese derecho y el don de sentirte así. Nadie más que ella misma tiene derecho a arrebatártelo

Sé libre mujer, ríete, despéinate, llena tu vida con todos los colores del arco iris, enamórate y haz el amor con quien quieras y, por favor, deja ya de pedir perdón por ser mujer, por ser mayor, por tener arrugas y por bailar descalza.

Vive, vive, vive....Y, a los demás, que los zurzan.


Síndrome postvacacional o vacaciones permanentes, yo elijo.


Hace un mes inicié mis vacaciones con la alegría que todos sentimos en un momento así. Mi último día de trabajo fui saltando de mesa en mesa y de despacho en despacho, como ya es habitual en mí, despidiéndome de mis compañeros con un “¡Me voy de vacaciones, hasta el mes que viene!”

Tenía un millón de planes y de proyectos en los que emplear mi tiempo libre: leer mucho, nadar todo lo posible, caminar a primera hora de la mañana o al atardecer por la montaña o por la playa, estar el máximo de tiempo posible con mis amigos,... hasta pensaba organizar un poco mi casa, que falta le hace.

Lo cierto es que hace unos días cerré ese paréntesis anual, irrepetible hasta el próximo año, sin haber hecho prácticamente nada de lo que me había propuesto.
Las circunstancias y los hados parece que se han puesto de cuerdo para que durante estas semanas hayan ido surgiendo día a día imprevistos, sucesos familiares, y otros acontecimientos que, de alguna manera, me han dejado un tanto exhausta de tantas idas, vueltas, y peripecias.

De todas formas, una vez más, he vuelto a comprobar que no importa que los planes se nos vengan abajo si tenemos recursos para paliar la desilusión que nos produce. Y mi recurso, una vez más, ha sido el agua.

Como el verano pasado, he ido arañando tiempo de aquí y de allá para zambullirme en el agua a la mínima ocasión.
... El calor del sol en mi piel y el contraste con la frescura del agua... El verdor de la hierba donde me tumbaba para secarme, las mariposas que revoleteaban a mi alrededor, las ardillas descaradas que pasaban por mi lado a beber agua mientras yo permanecía inmóvil y silenciosa, sumergida en las páginas de mi libro...

Estos momentos, aunque no hayan sido tantos como yo hubiera deseado, han sido mucho más intensos de lo que jamás hubiera planificado, y han suplido con creces cualquier otro plan que yo hubiera podido establecer.

Las vacaciones no dejan de ser otra cosa que un paréntesis en nuestra vida cotidiana y, aunque está en el deseo y en la mente de casi todos nosotros aquello de “desconectar”, me he dado cuenta de que no es necesario programar un viaje a ninguna parte para romper esa monotonía en la que estúpidamente convertimos nuestra vida, así, sin darnos cuenta.

Es suficiente con encontrar momentos para uno mismo y, a ser posible, romper los muros de nuestra casa e ir mucho más allá de sus ventanas. La luz, el viento, el agua, la vida entera nos espera mientras nosotros nos adormecemos en un sofá o tras la pantalla de un ordenador.

Sé por propia experiencia con cuanta facilidad nos ponemos excusas para no hacerlo. Con cuanta facilidad brotan los “no puedo” de nuestras mentes, y con cuanta facilidad nos amoldamos a ese ritmo de vida artificial y antinatural, sumidos en nuestras obligaciones y limitaciones, la mayoría de las veces autoimpuestas.

Pero he aprendido, también por propia experiencia, que más allá de las mentiras que somos capaces de contarnos, la luz, el cielo azul o estrellado, la lluvia, el viento, la risa de nuestros amigos..., nos esperan más allá de esa prisión de cotidianidad a la que nosotros mismos nos condenamos por propia voluntad.

Y así, este mes de vacaciones sin viajes a ninguna parte ni demasiado tiempo para descansar, ha estado lleno de momentos de luz y de alegría.

Volví a fundirme con el sol y con el agua, a veces a primera hora, otras veces al anochecer, o a las horas de máximo calor... cuando podía, en el hueco más pequeño, corría con mi toalla a zambullirme, a sentir como el agua se deslizaba entre los dedos de mis pies, como la cortaba con las manos, como me envolvía toda con su manto cristalino de frescura y de vida.

He vuelto a incorporarme a mi trabajo, pero continúo escapándome cada vez que puedo: el mar, el Cabriel, una simple piscina... cualquier lugar, en cualquier momento, me ofrece momentos de magia, de alegría, de libertad, de vida.

No pasa nada si fallan nuestros planes. Al final, y como siempre, si dejas a la Vida hacer bien su trabajo, cualquier instante de los que te ofrece puede convertirse en el instante más sagrado, más feliz, mas relajado y más intenso que tal vez no seamos capaces de encontrar en el mejor y mas lejano de los viajes.

En realidad, creo que vivir es el mejor de todos los planes y no es necesario establecer una fecha en el calendario, excepto la que la que la propia Vida misma haya decidido por nosotros.

Mientras tanto, me he propuesto que este verano, a pesar de que está ya tocando a su fin, no va a suponer un cierre de paréntesis en mi vida cotidiana.

Sé que tendré que dejar de jugar con el agua en breve, pero podré seguir disfrutando la alegría de unas vacaciones permanentes y disfrutar de cada instante mientras yo misma, la naturaleza y mi gente me lo permitan.

La vida no nos abre y cierra más que un único paréntesis, el tiempo que permanecemos en este mundo, y no seré yo quien se obceque en disfrutar de ella tan solo el tiempo que marca mi calendario laboral.

Mientras tanto, seguiré disfrutando zambulléndome en el agua cada vez que pueda. Después ya vendrán otras cosas, otros paisajes, otros juegos, otras maneras de ser consciente del enorme privilegio de estar viva.


Cuando ellos están ahí. Amigos

Hace un par de años inicié una nueva etapa de mi vida, intensa y un tanto extraña. La verdad es que cuando parece que ya te quedan pocas cosas nuevas por experimentar a nivel de emociones, sentimientos y vivencias, te das cuenta de que la vida es un constante ir y venir, un fluir permanente de experiencias nuevas que te siguen sorprendiendo a cada paso y te hacen descubrir nuevos recovecos en lo más hondo de ti misma, por donde nunca te habías adentrado.

Sin ninguna duda, lo más sorprendente para mí y lo que más me ha marcado estos últimos meses, ha sido el ver como se tambaleaban bajo mis pies algunos de los cimientos sobre los que había construido mi vida. Aprender a caminar por la vida guardando silencios, practicando el oficio de soltar algunas de las cosas  a las que me había ido aferrado sin darme cuenta, y aceptar su pérdida.

Tengo que reconocer que he llorado mucho en estos meses y que tuve que aprender a vivir con muchos miedos nuevos que nunca había experimentado, y aprender a enfrentarme a ellos para seguir caminando.

A veces me tambaleaba y, cuando estaba a punto de caer, conseguía abandonarme a la vida, acallar mi mente, incluso ir más allá del corazón, más allá de mí misma, más allá del más allá. Entonces me sentía renacer y el único sentimiento que me embargaba era el de la profunda gratitud a la Vida por su infinita generosidad.

Voy, vengo, vengo, voy..., hoy me pierdo, mañana me encuentro y me vuelvo a perder...

Pero anoche, renacida una vez más entre los brazos de mi gente, reconociéndolos y reconociéndome en la frescura de nuestras risas, en nuestras miradas cubiertas por los mismos sueños de siempre, y en nuestra íntima confianza y certeras lealtades, corrí a perderme a solas en el silencio del bosque.

Bajo un cielo plagado de estrellas, en la soledad de la montaña, volví a agradecer a la vida por tanto y tanto. Y, mirando ese cielo, volví a recocer en cada estrella a cada amigo y en cada amigo, cada sueño compartido y cada abrazo.

 

Estamos solos, es verdad. En el fondo, todos lo sabemos. Pero qué dulce es saber que aunque caminamos solos siempre hay una estrella que te guía y un amigo que te abraza y sueña contigo.

Y, de repente, ya no tienes miedo. Tan solo, esa infinita gratitud que aletea con cada latido de tu corazón y con cada bocanada de aire que respiras.

Libertad de expresión. A quienes camináis de la mano de mis hijos...


1990. Con mi hija en una manifestación
contra la Guerra del Golfo

Empiezo este post con el firme propósito de no perderme en palabras, tópicos ni demagogias. Es difícil para mi hablar de libertad sin perderme por los jardines del alma, sin dejar que el corazón se ponga en marcha para expresar la profundidad de mis sentimientos hacia esa palabra y hacia su significado. Pero lo voy a intentar.

Mi necesidad de escribir estas líneas de la manera más simple ha surgido después de una conversación que he mantenido con mi hija sobre la libertad de expresión. Estoy convencida, le he dicho, de que quienes no han sufrido su carencia no pueden valorar bien el tesoro que tienen entre las manos.

Cuando acabó la dictadura de Franco yo solo tenía 17 años, por lo que tan solo supe lo que era la terrible ausencia de libertad de expresión durante algunos años. En mi infancia, lógicamente, yo solo pensaba y hablaba de princesas y príncipes azules y escuchaba los discos de Karina y de Marie Laforet; en mi casa no se hablaba absolutamente de nada delante de mi, porque la ausencia de libertad llegaba hasta los hogares, también, no fuera a ser que la niña comentara en la calle algo escuchado en casa y metiera a los papás en un lío.

Y así fue todo, hasta que llegó el momento en que empecé a sentir mi propio miedo, materializado sobre todo cuando alguien me traía de París - o los amigos me prestaban - algún libro o algún disco prohibidos, y tuve que aprender a leer y a escuchar música a escondidas.

Entonces empecé a entender, y entendí mucho más cuando algunos de mis compañeros sufrieron llamadas al orden y humillaciones tan solo por llevar el pelo algo más largo de aquello que se consideraba bien visto.


1976. Libertad
Aunque creo que el auténtico inicio de mi miedo fue en el instituto, cuando mi profesor de francés, aquel del que yo me había enamorado, desapareció a mitad de curso sin más explicación. Mas tarde supimos que estaba en la cárcel porque había cometido “el delito” de ponernos en clase discos de George Moustaki para que aprendiéramos el idioma, y así cometió el grave error de hacernos conocer aquella canción prohibida, “Le metèque”, cuya letra decía : Con mi cara de extranjero, de judío errante, de pastor griego y mis cabellos a los cuatro vientos. Con mis ojos desvaídos que me dan un aire de soñador aunque ya no sueñe muy a menudo...

Fue precisamente el no comprender que tenía de subversiva esa canción como para encarcelar a quien me la había hecho conocer, lo que hizo que, por primera vez y con solo 13 años, yo sintiera el miedo y tomara conciencia de lo que significaba la libertad de expresión.

Entonces, la libertad de expresión era tan solo el sueño que escribíamos con pintura en las paredes y que más adelante fuimos conquistando poco a poco con la valentía y la osadía de una sociedad cansada de caminar por la calle, trabajar, incluso sentarse en la mesa de su casa, con la mordaza en la boca y el miedo instaurado en lo más profundo de sí mismos.

Creo que quienes han disfrutado de esa libertad desde siempre, desconocen que la libertad de expresión no es tan solo poder expresar su ideología política donde y cuando quieran.

La libertad de expresión es intercambiar pensamientos, sentimientos, sin miedo a las consecuencias.
La libertad de expresión es el derecho implícito que toda persona tiene a la información, a conocer lo que pasa a su alrededor y en el mundo, sin mentiras, sin censuras.
Libertad de expresión es poder elegir la música que te gusta y a tu escritor favorito y teclear tranquilamente en el Google aquello que quieres saber.
Libertad de expresión es poder asistir a los conciertos de tus grupos favoritos, visitar un museo, asistir al teatro y ver las películas que te interesan.
Libertad de expresión es caminar por la calle sin disfraces ni mordazas, sin miedo a que nadie te señale ni castigue por tu manera de vestir o por el libro que lees y, mucho más allá, por tu forma pensar, de sentir, incluso de amar.

Libertad de expresión es tener acceso libre a la información, a la cultura, al arte, al conocimiento y al disfrute de todo aquello que te interese y te atraiga, y haber tenido la oportunidad de conocer aquello que has decidido que no te interesa antes de rechazarlo.

Así, con estas cosas aparentemente triviales y cotidianas, vamos aprendiendo, conociendo y comprendiendo todo lo que nos rodea y establecemos nuestros propios criterios; aprendemos a pensar sin que piensen por nosotros, a elegir sin que elijan por nosotros, y a tomar nuestras propias decisiones de un manera mucho más responsable y , entonces sí, desde la más absoluta libertad.

Pero, evidentemente, esa libertad que disfrutamos o reclamamos es un derecho de todos y que, por tanto, también merecen de la misma manera quienes piensan de manera diferente. Cuando alguien reclama libertad y menosprecia, insulta o ignora al diferente, al contrario, al opuesto, no está defendiendo su libertad, sino que está ejerciendo nuevamente el despotismo y la dictadura, y está amordazando y colocando cadenas a los demás.

Y me entristece mucho cuando, en nombre de la libertad de expresión, se cae en el insulto, la injuria, el agravio, las expresiones intolerantes y la falta de respeto hacia los demás, porque en realidad están robándole a la libertad todo su auténtico y profundo significado y, por lo tanto, no la están ejerciendo, tan solo la están ensuciando.

Creo que Voltaire lo expresó de manera clara y contundente con aquella frase tan llena de ironía: Proclamo en voz alta la libertad de pensamiento y muera el que no piense como yo.


A quienes venís detrás, a quienes tenéis el futuro en vuestras manos, sabed que la libertad que habéis heredado no es más que un espejismo. Que la libertad se conquista cada día, a golpe de respeto hacia uno mismo y hacia los demás y, sobre todo, entendiéndola y amándola hasta el infinito.

Que nadie os manipule, que nadie os engañe. Como gatos rabiosos, retorceros y sacar las uñas para que nadie os coloque el cascabel, pero tampoco lo coloquéis en el cuello de nadie.

Y, como Le Metèque de Moustaki, caminad adelante con los cabellos al viento, la mirada llena de sueños y con la libertad de intentar hacer realidad todo aquello en lo que creéis.


Por mi parte, y vuelvo a Voltaire, te aseguro que tal vez yo no esté de acuerdo con lo que tú dices, pero he peleado y seguiré peleando para que tú puedas decirlo.







Cuando la decepción aflora de manera improcedente


Lejos de pretenderlo, con el paso del tiempo, una va volviendo la mirada hacia atrás cada vez más a menudo. Es como si, inconscientemente, fueras haciendo balance de lo que ha sido tu vida desde la lucidez que se forja bajo la perspectiva del tiempo.

Un balance que voy haciendo de manera involuntaria y que me ha hecho ser plenamente consciente de lo generosa que la vida ha sido conmigo, permitiendo que en ese cómputo exista siempre un descuadre a mi favor. Siempre he recibido mucho más de lo que yo he dado, eso está claro.

Pero una, egoísta, hay veces que lo quiere todo. Y a mí me sale de vez en cuando ese ramalazo acaparador, en el que - de manera también inconsciente- le exiges a la vida mucho más porque crees merecerlo por derecho propio.

Cuando alguien que, como yo, a lo largo de su vida ha vivido siempre entre algodones tejidos por la ternura de quienes me han rodeado; cuando tienes el privilegio de atesorar lo más valioso que la vida te puede regalar, el amor, no puedes hacer otra cosa que no sea agradecer intensa y constantemente la buena estrella que ha guiado tu camino por aquí.

Pero aún así, hay veces  en las que parece que todo eso se me olvida, y de manera interesada reclamo por propio derecho aquello que solo puede serme dado como un regalo desprendido y generoso de la Vida.

Y hoy me han aparecido los pucheritos y las lágrimas por aquello que quise y no tuve, por aquello que amé sin ser correspondida en la misma medida, y he vuelto a sentir un extraño vacío y el alma herida por una sutil, dolorosa y subjetiva decepción

La teoría ya me la sé, incluso he escrito alguna entrada en este blog sobre el tema de la decepción cuando esperamos algo de los demás que no recibimos, olvidándonos de que cada uno de nosotros tenemos nuestra propia manera de dar, nuestra propia vara de medir y, por supuesto, de sentir y expresar el amor.

Por ello, la decepción en este sentido tendría que estar totalmente excluida de mi vocabulario y, todavía más, de mi arsenal mental y emocional. Pero ¿qué quieres? Últimamente no he podido evitar sentir esa punzada de dolor, del que no me siento para nada orgullosa.

Tomo de mi propia medicina y me tendré que aplicar a mí misma aquello que tanto predico: No puedo esperar de los demás que me den más de lo que quieren o pueden y, en todo caso, no puedo obligar a nadie a que lo hagan en la forma y manera que yo deseo, juzgándolos siempre bajo mis propias esquemas mentales y utilizando mi personal vara de medir.

Así pues tendré que dejar que salgan las lagrimitas, mientras me pongo de cara a la pared por no ser capaz de aplicarme a mí misma aquellos preceptos en los que creo y con los que pretendo catequizar a los que se sienten decepcionados con la vida y con los demás, pero que a veces -como ahora- se tambalean en lo más profundo de mí misma.

¿JUSTICIA O VENGANZA aplicada por un Estado de Derecho?


No voy a mentir si digo que, en el fondo, sentí algo parecido al alivio. Una sensación que duró muy poco tiempo porque, inmediatamente, lo que me embargó fue una sensación de miedo y, después, de tristeza.

Miedo a la venganza. Venganza, para vengar la venganza de venganzas anteriores de unos y de otros.

Tristeza ante la reacción de miles de personas que gritaban de alegría en Times Square celebrando una muerte de la misma manera que celebran la Noche de Fin de Año.

Porque a mi no me sirve toda esa parafernalia acerca de que “se ha hecho justicia”.  No, no me sirve.  No me sirve cuando veo a la gente saltar de alegría por las calles aplaudiendo y vitoreando hasta desgañitarse la muerte de alguien. Sea quien sea ese alguien, me duele profundamente que una muerte cause alegría y jolgorio.

Y eso no significa que no se me desgarrara el alma el 11-M, ni que no me quedara paralizada ante la tele aquel 11–S, intentando asimilar el horror de lo que estaba viendo. Eso no significa que el dolor no me haya paralizado en tantas ocasiones ante la barbarie terrorista, de la misma manera que me ha paralizado ante la barbarie de una guerra. las pandemias o la hambruna.


Que el odio no engendra más que odio y la venganza solo genera más deseos de venganza, no creo que sea algo que vayamos a descubrir ahora, aunque la estupidez humana nos lleve a cometer el mismo error una y otra vez.

Cada vez que expreso estos pensamientos, no hago sino abrir el mismo debate demagógico de siempre

Y vuelven a preguntarme lo que opinaría si alguno de mis hijos hubiera muerto en alguno de los atentados, o si acaso el mundo no es mejor sin personas como Bin Laden.

Creo que la venganza no hace más que satisfacer nuestros instintos más primarios, pero no resucita a los muertos, ni calma el dolor, ni llena el vacío de sus familias, ni -en este caso- resuelve el problema del terrorismo radical. Más bien, pienso que el mundo no está más seguro ahora que hace unos días, ni creo que los saltos de alegría y las exaltaciones patrióticas en Times Square o frente a la Casa Blanca contribuya mucho a que lo sea.


Si el Estado es el primero que se pasa por el forro la justicia, y ni siquiera dedica unas palabras a lamentar no haber podido detenerlo vivo y ponerlo a disposición de la justicia; si el propio Estado ni siquiera disimula su satisfacción al saltarse las normas legales que hemos establecido como sociedad civilizada, y, más bien al contrario, gobernantes de todo ese mundo civilizado aplauden y dan su beneplácito a acciones como esta, ¿qué será lo siguiente? ¿En qué momento y con quienes podemos tomarnos la justicia por nuestra propia mano? y, lo que es peor, ¿cuándo y con quienes puede hacerlo un Estado, de los llamados “de derecho”?

Entre tanto cinismo y mentiras a los que estamos sometidos los ciudadanos, por una vez hubiera estado bien que nos engañaran diciendo que lamentan no haberlo podido hacer de otro modo, y que entrar cuando les place, en el país que les da la gana y asesinar a varias personas, no es lo correcto, no señor.

Yo, me hubiera dejado engañar una vez más, y hubiera dormido más tranquila pensando que intentaron hacer lo justo, pero se les fue de las manos. Ahora, en cambio, me acuesto pensando que los estados de derecho justifican la venganza y la ley de talión sin ningún prejuicio y con toda desfachatez.

¿Por seguridad mundial? Está claro que no todos tenemos la misma visión sobre la seguridad mundial y sobre sus responsables.


Seguramente, si actuáramos de la misma manera que se ha hecho con Bin Laden, en este momento millones de personas que mueren de hambre, millones de niños que sufren la tortura y la injusticia social en casi todo el planeta, que se hacinan en cualquier frontera huyendo del horror de las guerras, que mueren porque las farmacéuticas les niegan una aspirina,... toda esta gente, digo, se dirigiría seguramente a la Casa Blanca, a Bruselas, a las sedes de las grandes multinacionales, y no dejarían a nadie vivo.

Y seguramente, también, ellos pensarían que se ha hecho justicia, igual que Obama y el resto del “mundo civilizado” acaban de hacer ahora.


No. No me sirve eso de que se ha hecho justicia. Ha sido una venganza, simplemente, con buenos rendimientos electorales.

Y que no me vengan con cuentos ni con historias sobre lo malo que era este señor (cosa que no pongo en duda)  porque, hasta ahora,  me habían dicho que la justicia era ciega y la simbolizaban ante mis ojos con una venda en los ojos y una balanza en la mano. Yo creía que, con ello, estaban queriendo decirnos que la justicia es igual para todos, llámese como se llame.

Pero, por favor, a ver si se aclaran, porque tengo la sensación después de los acontecimientos de estos días de que, a partir de ahora, habría que representarla, más que una venda, con un parche y,  más que ciega, tuerta.

Ante la duda de qué es justicia y qué es venganza, me quedo con una frase de la escritora Marilyn vos Savant,

"Un acto de justicia permite cerrar un capítulo; un acto de venganza escribe uno nuevo".

EAGLE MAN: un destello de luz desde la reserva Sioux


Ben Black Elk

Eagle Man
  Ahora que ya he dejado pasar un tiempo para que las cosas se vayan asentando, creo que -por fin- puedo expresar desde la calma y la distancia lo que significó para mí conocer y escuchar a ese anciano Sioux Lakota, llegado desde Dakota del Sur, y cuyo nombre, Eagle Man –Hombre Águila- le fue otorgado por el propio Ben Black Elk (hijo del legendario Alce Negro) 

A lo largo de mi vida he conocido, como todos, a mucha gente. Gente de todo tipo, gente comprometida con su entorno y con la sociedad en la que vive, y gente que pasa de todo; gente que vive su momento sin preocuparse de nada más, y gente que vive cada momento preocupándose por todo; gente que no cree en nada, gente que cree firmemente en algo, y buscadores que quieren creer en algo, pero andan rebuscando aquello en lo que creer. Pragmáticos y soñadores. Místicos y prosaicos.

Creo que yo misma a lo largo de mi vida, en un momento u otro, he podido situarme en cualquier lugar de esa amalgama.

Pero si hay algún lugar donde siempre me he sentido cómoda y a mis anchas, ha sido en ese lugar donde he podido olvidarme de mí misma para sentirme parte de algo, parte de todo.
Un lugar que descubrí cuando era apenas una niña, cuando no sabía ni entendía de búsquedas espirituales, ni de encontrar otro sentido a la vida que no fuera vivirla a cada instante y de manera consciente.
Un lugar donde era capaz de trascender de mi misma, sin tener consciencia de que lo estaba haciendo, porque ni siquiera conocía el significado de trascender.

Después llegó la fiebre de la búsqueda, y entonces, buscando, me perdí. Vino la fiebre de buscar sentido a la vida, de entender lo que hay más allá, conocer lo que hay más acá y descubrir lo que hay más allá del acá, quiero decir, dentro de mí misma. La fiebre de ser mejor persona, mejor amiga, mejor ciudadana, mejor, mejor, mejor...

Y así, mientras tanto buscaba dentro y fuera de mi misma, mientras tanto leía, escuchaba, y practicaba, olvidé mis montañas, mis riachuelos, mis árboles; olvidé la caricia del sol en mi piel, el sonido del viento entre las ramas, el canto del ruiseñor y la proximidad del búho, fijos sus ojos en los míos. Olvidé el silencio y la calma, la lejanía del horizonte y la cercanía de la flor y de su aroma.

Olvidé lo que era tumbarme a la orilla de mi lago, o de la mar, y ponerle nombre a las estrellas, el nombre de mis amigos. Si me descuido, cerca estuve de confundir y olvidar lo que es la amistad.

Perdida en mis propias búsquedas y teorías, y en las búsquedas y teorías de los demás, inmersa en la oscuridad más absoluta y totalmente perdida, frustrada, desencantada de todo y de casi todos, tuve la buena estrella de retornar, como la canción, a mi propia inocencia.  
Retornar a la simplicidad, dejar de buscar en los libros, y de escuchar a “sabios” y “maestros”. Dejar de buscar tanto fuera como dentro de mí misma, y limitarme, sencillamente, a abrir los ojos, a darle rienda suelta a mis sentidos y permitirme ver y sentir también desde mi propia alma.

Las cosas son mucho más sencillas, más simples, y mucho más hermosas.
No sé que ocurrirá mañana, cuando muera. Tampoco me sirve lo que los demás crean. Me quedo con las palabras de Eagle Man “sencillamente, acepta el misterio”.

Así es, acepto el misterio de aquello que nunca, nadie, pudo ni podrá explicarme. Ya no quiero seguir buscando más respuestas porque he dejado ya de hacerme preguntas. Y, del mismo modo, acepto el misterio de la vida que me rodea, de mi propia vida, y quiero limitarme tan solo a disfrutarla y agradecerla a cada instante.

Vivimos inmersos en un mundo materialista y, si te alejas un poco de ese camino, no paras de tropezarte con maestros, gurús, chamanes y sucedáneos, que no dejan de ser, en el mejor de los casos, personas como tú y como yo, que creen saber más que tú y que yo, y que esa propia creencia les delata como personas como tú y como yo, solo que un ego que me espanta y me tira para atrás.

Que no. No quiero ser ni más ni mejor de lo que soy, ni saber más de lo que sé.
Solo quiero ser consciente de lo que soy y de aquello que “el gran Misterio” tuvo la generosidad de regalarme.

Jamás un libro, una filosofía, una religión, ni un sabio , ni un maestro, pudo enseñarme más que la caricia del viento templado sobre mi piel.

Y no quiero ser más ni mejor. Solo quiero ser. Ser.
Igual que el viento, las estrellas y el rumor del agua. Y no es que quiera ser como ellos, lo que quiero es seguir siendo con ellos, porque ellos y yo somos Uno y formamos parte de Todo.

Y quiero ser contigo, porque tú y yo somos uno y formamos parte de Todo. No importa como seamos, lo importante es que somos. La flor puede ser azul o roja, o blanca, pero sigue siendo una flor. Igual que tú, igual que yo.


Palabras y símbolos Lakotas trazados por Eagle Man
que conforman el hermoso nombre que me dio:
Mujer Espíritu de los Océanos.

Eagle Man, el anciano Sioux, no es maestro de nada y no cree en nada, salvo en la Vida y, más allá de la vida, acepta el Misterio.

Y cuando una ya empieza a estar de vuelta de todo, hasta el gorro de todo, y se plantea el retorno a la inocencia y a la simplicidad de vivir la Vida como un milagro y un regalo cotidiano, tropezarse con él ha sido como inundar un poco más de luz mi propio camino. Un nuevo impulso, un remanso de paz en medio de tantos anhelos y de tantas búsquedas inútiles.

No hay reglas ni normas, dice. Y así lo creo yo. Ni hay más norma para amar que el propio amor, ni más regla para vivir que Vivir consciente.
El respeto, la generosidad, la bondad, la lealtad, la solidaridad... ya vienen solos, porque andan implícitos en el propio amor y en la propia Vida. Y la alegría, la esperanza, la ilusión, la serenidad, la plenitud...
La búsqueda me llevó a la frustración, al vacío, a la oscuridad y al desencanto. Pero también me permitió, gracias, gracias, retornar al milagro de la simplicidad de saber, no lo que soy, ni quien soy, sino - sencillamente - que soy.

Y así, poco a poco me voy situando en mi nuevo punto de partida, aquel que abandoné hace tantos años, para perderme en las palabras y las experiencias de otros. Ya me sobran las palabras, me cansan las palabras, me aburren las palabras.

La única experiencia de la que quiero seguir disfrutando es la de saberme parte de todo el milagro, parte de todo el misterio.
La experiencia única de saberme.  De ser.  Contigo y con Todo.


¿De verdad ando en las nubes?

La vida transcurre de manera muy rápida.

Corre, corre, corre....

Hace menos de un mes que no me asomo por aquí y, desde entonces, las cosas no han parado de sucederse una tras otra.

He buscado por el monte y durante una semana a alguien que, con solo 25 años, ya estaba cansado de vivir desempeñando el papel que la vida le asignó, y con el que parece que jamás se sintió identificado. He compartido la angustia de sus padres mientras andaba desaparecido, el dolor cuando se le encontró sin vida....

Sentimientos de angustia, de tristeza, de frustración, de rabia, de impotencia....

Paralelamente he compartido momentos de paz, sentada al atardecer junto a un amigo, saboreando un te verde con hierbabuena, mientras rememorábamos, en medio de la tristeza, momentos divertidos de nuestra vida pasada.

Y he percibido muy de cerca las idas y venidas y el cansancio de gente querida, que sigue levantándose cada día con el chip de que hay que continuar adelante, sin rendirse, creyendo que todavía hay una esperanza de que el mundo despierte de su letargo y asuma su responsabilidad en el presente, con la mirada puesta en el futuro.

Frente a ello, me he encontrado cara a cara con otra gente que opina que todo esto no es más que una pérdida de tiempo, que te aleja de la vida real, y que tengo que aprender a vivir con los pies en el suelo.

He mirado cada día los informativos con las últimas noticias sobre Libia, sobre las emanaciones radiactivas en Japón, y el terror que se está viviendo en Costa de Marfil.

En mi trabajo he escuchado historias desesperadas de gentes sin recursos que no pueden apenas sustentar a sus hijos, y otras historias de gentes que intentan estafar a la administración, o sea, a todos, para enriquecerse todavía más a costa de los primeros.

Durante este mes he visto la mirada enamorada de mi sobrina Lucía, su felicidad infinita frente al altar en que juraba amor eterno a su príncipe azul. Y he paseado entre naranjos, junto al mar, esperando la salida de la luna junto a María, mientras recogíamos conchas y olíamos a mar, a espuma y a azahar.

Y así, durante este último mes, he compartido ausencias, encuentros, desesperanza, tristeza, sonrisas y felicidad, a partes casi iguales.

La aparente monotonía de los días se iba rompiendo de una u otra manera, llevándome de la risa al llanto, de la esperanza a la frustración, de la alegría al dolor. Y viceversa. Incluso, de la intensidad y la increíble generosidad de la vida, a la aceptación, una vez más, de la muerte que nos acecha donde menos lo esperamos y nos arranca de las manos aquello que más queremos.

Mientras tanto, he trasplantado mis margaritas entre lágrimas de tristeza ,y las he colocado junto al aloe que me regaló Raúl. Sobre ellas, el horizonte verde y el sol ocultándose tras las montañas.

Sé que hay gente que piensa que vivo en las nubes y yo, mientras tanto, daría algo por poder vivir en ellas de vez en cuando, cerrando los ojos, y quedándome solo con el olor a salitre, el rumor de las olas y la imagen de la luna saliendo por el horizonte y sobrevolando el pelo de María, con el té a la menta junto a Julián, la sonrisa de Lucía frente al altar y la frescura de mis margaritas al atardecer.

Aunque, bien pensado, tal vez es en esos instantes  cuando más tengo los pies puestos sobre la tierra.

No sé. No quiero pensar en ello.
Tan solo, son ideas fugaces que atraviesan mi mente.

Prefiero vivir cada instante, sentirlo desmenuzado en lo más profundo de mi misma y echarme a la espalda las opiniones de la gente práctica, con ideas prácticas y los pies anclados en su universo cotidiano que nada tiene que ver con mis quimeras, y que - hartos ya de Libia y de Costa de Marfil- prefieren ver el partido de la Champions League aunque, para su sorpresa, yo sepa que el Madrid y el Barça ya andan en cuartos de final.

No sé si camino con los pies en el suelo, pero cierto es que me gusta caminar, y que ojalá pudiera atravesar a nado los océanos y planear entre las nubes como las gaviotas.

Porque la vida corre, corre, corre....

Te espero esta noche en el Hafa Café

Ella siempre está, pero no se nota.

Hay que conocerla mucho para saber lo que guarda dentro, porque ella es de natural silenciosa. Observa y calla.
Ella es la que siempre está, aunque jamás lo dice, pero quienes la conocemos sabemos que está ahí, a un golpe de teléfono, a un timbrazo de su puerta o, simplemente, a una mirada de la tuya cuando la tienes cerca.

Sabe escuchar como nadie que yo haya conocido nunca. Escucha lo que dices intentando llegar a lo más profundo de ti misma, sin interponer sus propios filtros. Ella nunca interpreta, nunca presupone, nunca juzga.

Escucha desde lo más profundo de su corazón, allí donde no existe ningún tipo de condicionamiento y donde no hay etiquetas que pegar sobre el pecho de nadie. Por eso ella nunca dice “es que tú eres...” o “sería bueno que tú...” Nunca te califica porque escucha desde el corazón y ése no entiende de juicios ni de prejuicios.

Ella es leal. Probablemente la persona más leal que he conocido nunca. Ella también entiende de dolor y decepciones, pero ha aprendido a resolverlo todo en el fondo de su alma, cerrar heridas, y continuar como si nada hubiera ocurrido, aceptando las nuevas situaciones, a veces con un punto de tristeza, y manteniendo su lealtad inquebrantable hacia quienes ella quiere, aunque la hayan herido.

Ella siempre está, pero no se nota.

Ella saber leer entre líneas e interpretar silencios. Respetuosa, se mantiene en la distancia hasta que le das permiso para entrar. Y entonces descubres que siempre estuvo ahí, que siempre supo si estabas triste o feliz, o sola, o agobiada, o perdida, o enfadada, pero nunca dio un paso al frente para no invadir tu espacio. Ella nunca entra sin llamar primero, o –más todavía- espera un gesto antes siquiera de atreverse a llamar.

Y, sin embargo, ella siempre está en tu puerta, alerta, esperando una señal para cruzarla cuando la necesitas.

Ella nunca hace preguntas, nunca te cuestiona, ni cuestiona lo que piensas o lo que sientes. Tan solo lo comparte hasta el punto exacto en que tú le das permiso. Sin embargo, sabes que ella es capaz de llegar mucho más lejos, hasta lo más profundo, porque es compasiva y comprensiva, y sabe ponerse en tu piel olvidándose de la suya propia. Sin embargo, ella guarda silencio y solo lo rompe cuando se la fuerza a hacerlo; entonces se expresa con cuidado, con delicadeza, desde la prudencia, la humildad y el respeto más absoluto, como disculpándose por expresar su punto de vista que, siempre tiene claro, no es más que su propia visión de las cosas y, no por ello, tiene que ser la más acertada, ni estar cerca de la verdad.
A pesar de ello, la experiencia de caminar a su lado me ha hecho ver que casi siempre lo está.

Ella no recrimina que la gente que quiere la prejuzgue, o la haga responsable de aquello que jamás hizo, o que nunca pensó, o que nunca sintió. Busca una oportunidad para enmendar el error y descubrir a los demás la verdad que guarda en su corazón. Pero si no encuentra esa oportunidad, o no se la dan, tan solo lo acepta, guarda silencio, sonríe con un atisbo de tristeza, y continúa caminando al lado de los suyos, aunque no sepamos tratarla del mismo modo que ella hace con nosotros: con el corazón abierto y limpio, de manera generosa y sin un solo reproche.

Es pequeña y liviana, pero yo la he visto crecerse como un gigante para defender a los suyos. Ella sabe como hacerlo: espera a que pase su rabia para no herir a nadie y, desde la calma, con toda la fuerza de su corazón y con suma lucidez, se enfrenta a aquellos que ofendieron a su gente y los deja patas arriba en el campo de batalla, a solas, con su propia conciencia removida.


Ella es la mejor compañera de camino. Siempre cerca, siempre generosa, sin vueltas ni dobleces, noble, leal y protectora, a pesar de su aparente fragilidad.

Ella encarna toda la grandeza y, al mismo tiempo, toda la simplicidad del amor.

¡Ella me enseñó tantas cosas! Cuántas veces intenté entender sus decisiones y cuántas veces las consideré equivocadas; cuántas veces la juzgué erróneamente; cuántas veces no supe interpretar sus silencios o su distancia forzada. Ella misma, con su actitud, y sin reproches, me hizo ver cuán equivocada estaba yo en ese afán de entenderla desde mis propios esquemas y mis propias verdades, sin ser capaz de actuar como ella, es decir, olvidando mis zapatos en casa y calzándome lo suyos propios para entender su manera de caminar por la vida.

Pero ella nunca me dirá si supe o no supe estar a su altura. Sé que si no lo hice, ella lo entendió, y que no guarda en su corazón ni un solo pensamiento de censura ni de agravio, porque ella sí sabe calzarse mis zapatos de caminar por la vida y entender mi manera de sentir y de actuar.

Ella es, sencillamente, la amiga. Mi amiga.

Y es también con la que planeo o improviso instantes llenos de vida, de frescura, de espontaneidad. No importa si la propuesta es tomarnos mañana un té en Tánger, o una caña en la cervecería de la esquina, o un paseo por el campo o junto al mar.

Y, a veces, nos olvidamos de que “tenemos que arreglar el mundo” o de cómo hacer equilibrios para llegar a fin de mes, y nos sentamos frente a la tele a llorar como niñas escuchando los discursos de la entrega de los Premios Príncipe de Asturias, comiendo cacahuetes y tomándonos un vino.

Con ella es fácil caminar tranquila, sin miedos. Con ella todo surge de manera espontánea, no me esfuerzo por demostrar que soy mejor de lo que soy, y puedo barrer tranquilamente los rincones más oscuros de mí misma y sacar mis miserias a la puerta, sabiendo que, lejos de recriminar mi actitud o leerme la cartilla, va a continuar caminando a mi lado, pacientemente, aceptándome como soy,  humanamente imperfecta. Tal vez, en exceso imperfecta.

Ayer, cuando la vi delante, entre el mar y yo, con esa luna llena y amarilla brillando sobre su cabeza, de repente sentí la necesidad de agradecer a la Vida, otra vez, el regalo de estar viva, de hacerme cómplice de su esplendor, de su belleza, y de poder compartir esos instantes de plenitud, de infinita alegría, con alguien como ella.

Si, ella es así.

Ella siempre está, aunque no se note, aunque a veces permanezca callada, silenciosa: aunque camine sin apenas hacer ruido.

Ella siempre está, con la mano tendida, con el corazón abierto, generosa y leal.
Ella es, sencillamente, la amiga de sus amigos. Mi amiga.

Gracias, María.
Nos vemos esta noche en el Hafa Café


Abriendo puertas

Caí en mi propia trampa cuando inicié este blog. No sabía porqué lo hacía cuando lo inauguré con aquella entrada “En zapatillas de ir por casa”, pensando en abrir una ventana desde mi interior, por la que cualquiera pudiera asomarse, sin importarme que pudiera hacerlo hasta lo más profundo, escondido y recóndito de mi alma.
Con el tiempo descubrí que también hay una parte de mí misma donde no quiero que entre nadie, por eso ahora me cuesta tanto escribir en este espacio.

Últimamente estoy muy metida en mí misma, intentando no elucubrar demasiado con mis propios sentimientos, porque sigo huyendo del pensamiento “racional” que considero la mayor de las trampas que la vida nos puede tender y que nos juega las malas pasadas de manipular sentimientos y vivencias, hasta hacernos caer en el engaño más absoluto.

Así, tan solo me limito a sentir y a dejar que mis pasos recorran libremente el sendero que sea, sin hacer caso de aquello que pueda opinar mi mente y, mucho menos, las mentes de los demás.

Esto me ha conducido hasta nuevos lugares, atravesando paisajes y alcanzando perspectivas, impensables para mí hasta no hace mucho.

Tengo que reconocer que hay una gran parte de dolor, decepción y desánimo en mi corazón ahora mismo, porque desde este nuevo lugar en que me encuentro, donde intento que las cosas sean por sí mismas sin intentar tergiversarlas ni manipularlas, me enfrento a todo aquello a lo que siempre cerré la puerta de mi corazón y que filtraba a través de mis pensamientos, mis creencias, mis ideales, para acabar eligiendo quién o qué entraba o no entraba, más allá de la puerta del vestíbulo.

Fui atesorando todo aquello que yo creía que era lo mejor y más hermoso. Y sobre esos tesoros fui construyendo los cimientos de mi vida, mi seguridad, mis puntos de referencia, mis certezas, mis motivos para batallar, mi refugio para descansar, y mis lealtades más inquebrantables.
Cualquier cosa que ahora escriba saldría de ese lugar recóndito del alma que todos guardamos para nosotros mismos y donde he descubierto entidades fantasmas que en teoría no estaban ahí porque no les había dejado pasar, pero que, en realidad, formaban parte de un decorado interior del alma que, sencillamente, me negaba a ver.

Pero también es verdad que, por otro lado, me voy sintiendo poco a poco más liberada. Sé que nadie ni nada me ha decepcionado, porque fui yo misma quien esperaba de la Vida y de la gente algo subjetivo creado por mis propias necesidades. Fui yo misma quien establecí los puntos hacia donde quería ir, el horizonte que quería recorrer y a las personas a las que quería abrazar.

Tengo claro que nada se debe esperar de la Vida, salvo lo que ella misma tenga a bien regalarte. Nada se puede pedir de los demás, salvo lo que ellos mismos te quieran o te puedan dar, y de la manera que ellos quieran o sepan darlo. Y cuando la Vida en general o alguien en particular te regala algo, sé que siempre lo harán desde su propia esencia y perspectivas.

No puedo esperar que el mundo funcione como a mí me gustaría. Constantemente paran trenes en mi propia estación y yo elijo subirme o bajarme de ellos, desde mi libertad. pero lo que no puedo pretender es dirigirlo hacia donde yo quiero, ni que el viaje transcurra de aquella manera que, subjetivamente, a mí me gustaría.

Así pues, en ello ando, decidiendo a qué trenes me subo o de que trenes me bajo, pero siempre teniendo en cuenta que yo no puedo manipular su trayectoria ni esperar que mis compañeros de viaje se adapten a mis necesidades o respondan a mis expectativas.

Entiendo que hay que caminar por la vida agradeciendo, aprendiendo, valorando la vida, la gente y los acontecimientos, por lo que tienen de grandeza y maravilla en sí mismos, sin utilizar jamás mi propia vara de medir.

Todo ello es algo que siempre tuve claro, pero genera cierto desconsuelo cuando te lo tienes que aplicar a ti mismo en un momento concreto y trascendente de tu vida. No es la vida quien nos decepciona, ni la gente, ni las situaciones... Nada decepciona si, antes, uno mismo no ha creado sus propias expectativas personales y totalmente subjetivas respecto a todo ello.

Aquí me quedo, pues, barriendo el alma, haciendo sitio, intentando llenarla de luz, sorbiendo lagrimitas y mocos y, como decía en mi anterior entrada, intentando rendirme a la Vida, sin esperar más de ella que aquello que me quiera regalar, desde el convencimiento de que siempre será mejor que aquello que yo me obstine neciamente en obtener.