Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena. (M. Gandhi)


Nadie comete un error mayor que aquel que no hace nada porque solo puede hacer un poco. (E. Burke)


Dirán que andas por un camino equivocado si andas por tu camino. (A. Porchia)


Cuando la decepción aflora de manera improcedente


Lejos de pretenderlo, con el paso del tiempo, una va volviendo la mirada hacia atrás cada vez más a menudo. Es como si, inconscientemente, fueras haciendo balance de lo que ha sido tu vida desde la lucidez que se forja bajo la perspectiva del tiempo.

Un balance que voy haciendo de manera involuntaria y que me ha hecho ser plenamente consciente de lo generosa que la vida ha sido conmigo, permitiendo que en ese cómputo exista siempre un descuadre a mi favor. Siempre he recibido mucho más de lo que yo he dado, eso está claro.

Pero una, egoísta, hay veces que lo quiere todo. Y a mí me sale de vez en cuando ese ramalazo acaparador, en el que - de manera también inconsciente- le exiges a la vida mucho más porque crees merecerlo por derecho propio.

Cuando alguien que, como yo, a lo largo de su vida ha vivido siempre entre algodones tejidos por la ternura de quienes me han rodeado; cuando tienes el privilegio de atesorar lo más valioso que la vida te puede regalar, el amor, no puedes hacer otra cosa que no sea agradecer intensa y constantemente la buena estrella que ha guiado tu camino por aquí.

Pero aún así, hay veces  en las que parece que todo eso se me olvida, y de manera interesada reclamo por propio derecho aquello que solo puede serme dado como un regalo desprendido y generoso de la Vida.

Y hoy me han aparecido los pucheritos y las lágrimas por aquello que quise y no tuve, por aquello que amé sin ser correspondida en la misma medida, y he vuelto a sentir un extraño vacío y el alma herida por una sutil, dolorosa y subjetiva decepción

La teoría ya me la sé, incluso he escrito alguna entrada en este blog sobre el tema de la decepción cuando esperamos algo de los demás que no recibimos, olvidándonos de que cada uno de nosotros tenemos nuestra propia manera de dar, nuestra propia vara de medir y, por supuesto, de sentir y expresar el amor.

Por ello, la decepción en este sentido tendría que estar totalmente excluida de mi vocabulario y, todavía más, de mi arsenal mental y emocional. Pero ¿qué quieres? Últimamente no he podido evitar sentir esa punzada de dolor, del que no me siento para nada orgullosa.

Tomo de mi propia medicina y me tendré que aplicar a mí misma aquello que tanto predico: No puedo esperar de los demás que me den más de lo que quieren o pueden y, en todo caso, no puedo obligar a nadie a que lo hagan en la forma y manera que yo deseo, juzgándolos siempre bajo mis propias esquemas mentales y utilizando mi personal vara de medir.

Así pues tendré que dejar que salgan las lagrimitas, mientras me pongo de cara a la pared por no ser capaz de aplicarme a mí misma aquellos preceptos en los que creo y con los que pretendo catequizar a los que se sienten decepcionados con la vida y con los demás, pero que a veces -como ahora- se tambalean en lo más profundo de mí misma.

¿JUSTICIA O VENGANZA aplicada por un Estado de Derecho?


No voy a mentir si digo que, en el fondo, sentí algo parecido al alivio. Una sensación que duró muy poco tiempo porque, inmediatamente, lo que me embargó fue una sensación de miedo y, después, de tristeza.

Miedo a la venganza. Venganza, para vengar la venganza de venganzas anteriores de unos y de otros.

Tristeza ante la reacción de miles de personas que gritaban de alegría en Times Square celebrando una muerte de la misma manera que celebran la Noche de Fin de Año.

Porque a mi no me sirve toda esa parafernalia acerca de que “se ha hecho justicia”.  No, no me sirve.  No me sirve cuando veo a la gente saltar de alegría por las calles aplaudiendo y vitoreando hasta desgañitarse la muerte de alguien. Sea quien sea ese alguien, me duele profundamente que una muerte cause alegría y jolgorio.

Y eso no significa que no se me desgarrara el alma el 11-M, ni que no me quedara paralizada ante la tele aquel 11–S, intentando asimilar el horror de lo que estaba viendo. Eso no significa que el dolor no me haya paralizado en tantas ocasiones ante la barbarie terrorista, de la misma manera que me ha paralizado ante la barbarie de una guerra. las pandemias o la hambruna.


Que el odio no engendra más que odio y la venganza solo genera más deseos de venganza, no creo que sea algo que vayamos a descubrir ahora, aunque la estupidez humana nos lleve a cometer el mismo error una y otra vez.

Cada vez que expreso estos pensamientos, no hago sino abrir el mismo debate demagógico de siempre

Y vuelven a preguntarme lo que opinaría si alguno de mis hijos hubiera muerto en alguno de los atentados, o si acaso el mundo no es mejor sin personas como Bin Laden.

Creo que la venganza no hace más que satisfacer nuestros instintos más primarios, pero no resucita a los muertos, ni calma el dolor, ni llena el vacío de sus familias, ni -en este caso- resuelve el problema del terrorismo radical. Más bien, pienso que el mundo no está más seguro ahora que hace unos días, ni creo que los saltos de alegría y las exaltaciones patrióticas en Times Square o frente a la Casa Blanca contribuya mucho a que lo sea.


Si el Estado es el primero que se pasa por el forro la justicia, y ni siquiera dedica unas palabras a lamentar no haber podido detenerlo vivo y ponerlo a disposición de la justicia; si el propio Estado ni siquiera disimula su satisfacción al saltarse las normas legales que hemos establecido como sociedad civilizada, y, más bien al contrario, gobernantes de todo ese mundo civilizado aplauden y dan su beneplácito a acciones como esta, ¿qué será lo siguiente? ¿En qué momento y con quienes podemos tomarnos la justicia por nuestra propia mano? y, lo que es peor, ¿cuándo y con quienes puede hacerlo un Estado, de los llamados “de derecho”?

Entre tanto cinismo y mentiras a los que estamos sometidos los ciudadanos, por una vez hubiera estado bien que nos engañaran diciendo que lamentan no haberlo podido hacer de otro modo, y que entrar cuando les place, en el país que les da la gana y asesinar a varias personas, no es lo correcto, no señor.

Yo, me hubiera dejado engañar una vez más, y hubiera dormido más tranquila pensando que intentaron hacer lo justo, pero se les fue de las manos. Ahora, en cambio, me acuesto pensando que los estados de derecho justifican la venganza y la ley de talión sin ningún prejuicio y con toda desfachatez.

¿Por seguridad mundial? Está claro que no todos tenemos la misma visión sobre la seguridad mundial y sobre sus responsables.


Seguramente, si actuáramos de la misma manera que se ha hecho con Bin Laden, en este momento millones de personas que mueren de hambre, millones de niños que sufren la tortura y la injusticia social en casi todo el planeta, que se hacinan en cualquier frontera huyendo del horror de las guerras, que mueren porque las farmacéuticas les niegan una aspirina,... toda esta gente, digo, se dirigiría seguramente a la Casa Blanca, a Bruselas, a las sedes de las grandes multinacionales, y no dejarían a nadie vivo.

Y seguramente, también, ellos pensarían que se ha hecho justicia, igual que Obama y el resto del “mundo civilizado” acaban de hacer ahora.


No. No me sirve eso de que se ha hecho justicia. Ha sido una venganza, simplemente, con buenos rendimientos electorales.

Y que no me vengan con cuentos ni con historias sobre lo malo que era este señor (cosa que no pongo en duda)  porque, hasta ahora,  me habían dicho que la justicia era ciega y la simbolizaban ante mis ojos con una venda en los ojos y una balanza en la mano. Yo creía que, con ello, estaban queriendo decirnos que la justicia es igual para todos, llámese como se llame.

Pero, por favor, a ver si se aclaran, porque tengo la sensación después de los acontecimientos de estos días de que, a partir de ahora, habría que representarla, más que una venda, con un parche y,  más que ciega, tuerta.

Ante la duda de qué es justicia y qué es venganza, me quedo con una frase de la escritora Marilyn vos Savant,

"Un acto de justicia permite cerrar un capítulo; un acto de venganza escribe uno nuevo".

EAGLE MAN: un destello de luz desde la reserva Sioux


Ben Black Elk

Eagle Man
  Ahora que ya he dejado pasar un tiempo para que las cosas se vayan asentando, creo que -por fin- puedo expresar desde la calma y la distancia lo que significó para mí conocer y escuchar a ese anciano Sioux Lakota, llegado desde Dakota del Sur, y cuyo nombre, Eagle Man –Hombre Águila- le fue otorgado por el propio Ben Black Elk (hijo del legendario Alce Negro) 

A lo largo de mi vida he conocido, como todos, a mucha gente. Gente de todo tipo, gente comprometida con su entorno y con la sociedad en la que vive, y gente que pasa de todo; gente que vive su momento sin preocuparse de nada más, y gente que vive cada momento preocupándose por todo; gente que no cree en nada, gente que cree firmemente en algo, y buscadores que quieren creer en algo, pero andan rebuscando aquello en lo que creer. Pragmáticos y soñadores. Místicos y prosaicos.

Creo que yo misma a lo largo de mi vida, en un momento u otro, he podido situarme en cualquier lugar de esa amalgama.

Pero si hay algún lugar donde siempre me he sentido cómoda y a mis anchas, ha sido en ese lugar donde he podido olvidarme de mí misma para sentirme parte de algo, parte de todo.
Un lugar que descubrí cuando era apenas una niña, cuando no sabía ni entendía de búsquedas espirituales, ni de encontrar otro sentido a la vida que no fuera vivirla a cada instante y de manera consciente.
Un lugar donde era capaz de trascender de mi misma, sin tener consciencia de que lo estaba haciendo, porque ni siquiera conocía el significado de trascender.

Después llegó la fiebre de la búsqueda, y entonces, buscando, me perdí. Vino la fiebre de buscar sentido a la vida, de entender lo que hay más allá, conocer lo que hay más acá y descubrir lo que hay más allá del acá, quiero decir, dentro de mí misma. La fiebre de ser mejor persona, mejor amiga, mejor ciudadana, mejor, mejor, mejor...

Y así, mientras tanto buscaba dentro y fuera de mi misma, mientras tanto leía, escuchaba, y practicaba, olvidé mis montañas, mis riachuelos, mis árboles; olvidé la caricia del sol en mi piel, el sonido del viento entre las ramas, el canto del ruiseñor y la proximidad del búho, fijos sus ojos en los míos. Olvidé el silencio y la calma, la lejanía del horizonte y la cercanía de la flor y de su aroma.

Olvidé lo que era tumbarme a la orilla de mi lago, o de la mar, y ponerle nombre a las estrellas, el nombre de mis amigos. Si me descuido, cerca estuve de confundir y olvidar lo que es la amistad.

Perdida en mis propias búsquedas y teorías, y en las búsquedas y teorías de los demás, inmersa en la oscuridad más absoluta y totalmente perdida, frustrada, desencantada de todo y de casi todos, tuve la buena estrella de retornar, como la canción, a mi propia inocencia.  
Retornar a la simplicidad, dejar de buscar en los libros, y de escuchar a “sabios” y “maestros”. Dejar de buscar tanto fuera como dentro de mí misma, y limitarme, sencillamente, a abrir los ojos, a darle rienda suelta a mis sentidos y permitirme ver y sentir también desde mi propia alma.

Las cosas son mucho más sencillas, más simples, y mucho más hermosas.
No sé que ocurrirá mañana, cuando muera. Tampoco me sirve lo que los demás crean. Me quedo con las palabras de Eagle Man “sencillamente, acepta el misterio”.

Así es, acepto el misterio de aquello que nunca, nadie, pudo ni podrá explicarme. Ya no quiero seguir buscando más respuestas porque he dejado ya de hacerme preguntas. Y, del mismo modo, acepto el misterio de la vida que me rodea, de mi propia vida, y quiero limitarme tan solo a disfrutarla y agradecerla a cada instante.

Vivimos inmersos en un mundo materialista y, si te alejas un poco de ese camino, no paras de tropezarte con maestros, gurús, chamanes y sucedáneos, que no dejan de ser, en el mejor de los casos, personas como tú y como yo, que creen saber más que tú y que yo, y que esa propia creencia les delata como personas como tú y como yo, solo que un ego que me espanta y me tira para atrás.

Que no. No quiero ser ni más ni mejor de lo que soy, ni saber más de lo que sé.
Solo quiero ser consciente de lo que soy y de aquello que “el gran Misterio” tuvo la generosidad de regalarme.

Jamás un libro, una filosofía, una religión, ni un sabio , ni un maestro, pudo enseñarme más que la caricia del viento templado sobre mi piel.

Y no quiero ser más ni mejor. Solo quiero ser. Ser.
Igual que el viento, las estrellas y el rumor del agua. Y no es que quiera ser como ellos, lo que quiero es seguir siendo con ellos, porque ellos y yo somos Uno y formamos parte de Todo.

Y quiero ser contigo, porque tú y yo somos uno y formamos parte de Todo. No importa como seamos, lo importante es que somos. La flor puede ser azul o roja, o blanca, pero sigue siendo una flor. Igual que tú, igual que yo.


Palabras y símbolos Lakotas trazados por Eagle Man
que conforman el hermoso nombre que me dio:
Mujer Espíritu de los Océanos.

Eagle Man, el anciano Sioux, no es maestro de nada y no cree en nada, salvo en la Vida y, más allá de la vida, acepta el Misterio.

Y cuando una ya empieza a estar de vuelta de todo, hasta el gorro de todo, y se plantea el retorno a la inocencia y a la simplicidad de vivir la Vida como un milagro y un regalo cotidiano, tropezarse con él ha sido como inundar un poco más de luz mi propio camino. Un nuevo impulso, un remanso de paz en medio de tantos anhelos y de tantas búsquedas inútiles.

No hay reglas ni normas, dice. Y así lo creo yo. Ni hay más norma para amar que el propio amor, ni más regla para vivir que Vivir consciente.
El respeto, la generosidad, la bondad, la lealtad, la solidaridad... ya vienen solos, porque andan implícitos en el propio amor y en la propia Vida. Y la alegría, la esperanza, la ilusión, la serenidad, la plenitud...
La búsqueda me llevó a la frustración, al vacío, a la oscuridad y al desencanto. Pero también me permitió, gracias, gracias, retornar al milagro de la simplicidad de saber, no lo que soy, ni quien soy, sino - sencillamente - que soy.

Y así, poco a poco me voy situando en mi nuevo punto de partida, aquel que abandoné hace tantos años, para perderme en las palabras y las experiencias de otros. Ya me sobran las palabras, me cansan las palabras, me aburren las palabras.

La única experiencia de la que quiero seguir disfrutando es la de saberme parte de todo el milagro, parte de todo el misterio.
La experiencia única de saberme.  De ser.  Contigo y con Todo.


¿De verdad ando en las nubes?

La vida transcurre de manera muy rápida.

Corre, corre, corre....

Hace menos de un mes que no me asomo por aquí y, desde entonces, las cosas no han parado de sucederse una tras otra.

He buscado por el monte y durante una semana a alguien que, con solo 25 años, ya estaba cansado de vivir desempeñando el papel que la vida le asignó, y con el que parece que jamás se sintió identificado. He compartido la angustia de sus padres mientras andaba desaparecido, el dolor cuando se le encontró sin vida....

Sentimientos de angustia, de tristeza, de frustración, de rabia, de impotencia....

Paralelamente he compartido momentos de paz, sentada al atardecer junto a un amigo, saboreando un te verde con hierbabuena, mientras rememorábamos, en medio de la tristeza, momentos divertidos de nuestra vida pasada.

Y he percibido muy de cerca las idas y venidas y el cansancio de gente querida, que sigue levantándose cada día con el chip de que hay que continuar adelante, sin rendirse, creyendo que todavía hay una esperanza de que el mundo despierte de su letargo y asuma su responsabilidad en el presente, con la mirada puesta en el futuro.

Frente a ello, me he encontrado cara a cara con otra gente que opina que todo esto no es más que una pérdida de tiempo, que te aleja de la vida real, y que tengo que aprender a vivir con los pies en el suelo.

He mirado cada día los informativos con las últimas noticias sobre Libia, sobre las emanaciones radiactivas en Japón, y el terror que se está viviendo en Costa de Marfil.

En mi trabajo he escuchado historias desesperadas de gentes sin recursos que no pueden apenas sustentar a sus hijos, y otras historias de gentes que intentan estafar a la administración, o sea, a todos, para enriquecerse todavía más a costa de los primeros.

Durante este mes he visto la mirada enamorada de mi sobrina Lucía, su felicidad infinita frente al altar en que juraba amor eterno a su príncipe azul. Y he paseado entre naranjos, junto al mar, esperando la salida de la luna junto a María, mientras recogíamos conchas y olíamos a mar, a espuma y a azahar.

Y así, durante este último mes, he compartido ausencias, encuentros, desesperanza, tristeza, sonrisas y felicidad, a partes casi iguales.

La aparente monotonía de los días se iba rompiendo de una u otra manera, llevándome de la risa al llanto, de la esperanza a la frustración, de la alegría al dolor. Y viceversa. Incluso, de la intensidad y la increíble generosidad de la vida, a la aceptación, una vez más, de la muerte que nos acecha donde menos lo esperamos y nos arranca de las manos aquello que más queremos.

Mientras tanto, he trasplantado mis margaritas entre lágrimas de tristeza ,y las he colocado junto al aloe que me regaló Raúl. Sobre ellas, el horizonte verde y el sol ocultándose tras las montañas.

Sé que hay gente que piensa que vivo en las nubes y yo, mientras tanto, daría algo por poder vivir en ellas de vez en cuando, cerrando los ojos, y quedándome solo con el olor a salitre, el rumor de las olas y la imagen de la luna saliendo por el horizonte y sobrevolando el pelo de María, con el té a la menta junto a Julián, la sonrisa de Lucía frente al altar y la frescura de mis margaritas al atardecer.

Aunque, bien pensado, tal vez es en esos instantes  cuando más tengo los pies puestos sobre la tierra.

No sé. No quiero pensar en ello.
Tan solo, son ideas fugaces que atraviesan mi mente.

Prefiero vivir cada instante, sentirlo desmenuzado en lo más profundo de mi misma y echarme a la espalda las opiniones de la gente práctica, con ideas prácticas y los pies anclados en su universo cotidiano que nada tiene que ver con mis quimeras, y que - hartos ya de Libia y de Costa de Marfil- prefieren ver el partido de la Champions League aunque, para su sorpresa, yo sepa que el Madrid y el Barça ya andan en cuartos de final.

No sé si camino con los pies en el suelo, pero cierto es que me gusta caminar, y que ojalá pudiera atravesar a nado los océanos y planear entre las nubes como las gaviotas.

Porque la vida corre, corre, corre....

Te espero esta noche en el Hafa Café

Ella siempre está, pero no se nota.

Hay que conocerla mucho para saber lo que guarda dentro, porque ella es de natural silenciosa. Observa y calla.
Ella es la que siempre está, aunque jamás lo dice, pero quienes la conocemos sabemos que está ahí, a un golpe de teléfono, a un timbrazo de su puerta o, simplemente, a una mirada de la tuya cuando la tienes cerca.

Sabe escuchar como nadie que yo haya conocido nunca. Escucha lo que dices intentando llegar a lo más profundo de ti misma, sin interponer sus propios filtros. Ella nunca interpreta, nunca presupone, nunca juzga.

Escucha desde lo más profundo de su corazón, allí donde no existe ningún tipo de condicionamiento y donde no hay etiquetas que pegar sobre el pecho de nadie. Por eso ella nunca dice “es que tú eres...” o “sería bueno que tú...” Nunca te califica porque escucha desde el corazón y ése no entiende de juicios ni de prejuicios.

Ella es leal. Probablemente la persona más leal que he conocido nunca. Ella también entiende de dolor y decepciones, pero ha aprendido a resolverlo todo en el fondo de su alma, cerrar heridas, y continuar como si nada hubiera ocurrido, aceptando las nuevas situaciones, a veces con un punto de tristeza, y manteniendo su lealtad inquebrantable hacia quienes ella quiere, aunque la hayan herido.

Ella siempre está, pero no se nota.

Ella saber leer entre líneas e interpretar silencios. Respetuosa, se mantiene en la distancia hasta que le das permiso para entrar. Y entonces descubres que siempre estuvo ahí, que siempre supo si estabas triste o feliz, o sola, o agobiada, o perdida, o enfadada, pero nunca dio un paso al frente para no invadir tu espacio. Ella nunca entra sin llamar primero, o –más todavía- espera un gesto antes siquiera de atreverse a llamar.

Y, sin embargo, ella siempre está en tu puerta, alerta, esperando una señal para cruzarla cuando la necesitas.

Ella nunca hace preguntas, nunca te cuestiona, ni cuestiona lo que piensas o lo que sientes. Tan solo lo comparte hasta el punto exacto en que tú le das permiso. Sin embargo, sabes que ella es capaz de llegar mucho más lejos, hasta lo más profundo, porque es compasiva y comprensiva, y sabe ponerse en tu piel olvidándose de la suya propia. Sin embargo, ella guarda silencio y solo lo rompe cuando se la fuerza a hacerlo; entonces se expresa con cuidado, con delicadeza, desde la prudencia, la humildad y el respeto más absoluto, como disculpándose por expresar su punto de vista que, siempre tiene claro, no es más que su propia visión de las cosas y, no por ello, tiene que ser la más acertada, ni estar cerca de la verdad.
A pesar de ello, la experiencia de caminar a su lado me ha hecho ver que casi siempre lo está.

Ella no recrimina que la gente que quiere la prejuzgue, o la haga responsable de aquello que jamás hizo, o que nunca pensó, o que nunca sintió. Busca una oportunidad para enmendar el error y descubrir a los demás la verdad que guarda en su corazón. Pero si no encuentra esa oportunidad, o no se la dan, tan solo lo acepta, guarda silencio, sonríe con un atisbo de tristeza, y continúa caminando al lado de los suyos, aunque no sepamos tratarla del mismo modo que ella hace con nosotros: con el corazón abierto y limpio, de manera generosa y sin un solo reproche.

Es pequeña y liviana, pero yo la he visto crecerse como un gigante para defender a los suyos. Ella sabe como hacerlo: espera a que pase su rabia para no herir a nadie y, desde la calma, con toda la fuerza de su corazón y con suma lucidez, se enfrenta a aquellos que ofendieron a su gente y los deja patas arriba en el campo de batalla, a solas, con su propia conciencia removida.


Ella es la mejor compañera de camino. Siempre cerca, siempre generosa, sin vueltas ni dobleces, noble, leal y protectora, a pesar de su aparente fragilidad.

Ella encarna toda la grandeza y, al mismo tiempo, toda la simplicidad del amor.

¡Ella me enseñó tantas cosas! Cuántas veces intenté entender sus decisiones y cuántas veces las consideré equivocadas; cuántas veces la juzgué erróneamente; cuántas veces no supe interpretar sus silencios o su distancia forzada. Ella misma, con su actitud, y sin reproches, me hizo ver cuán equivocada estaba yo en ese afán de entenderla desde mis propios esquemas y mis propias verdades, sin ser capaz de actuar como ella, es decir, olvidando mis zapatos en casa y calzándome lo suyos propios para entender su manera de caminar por la vida.

Pero ella nunca me dirá si supe o no supe estar a su altura. Sé que si no lo hice, ella lo entendió, y que no guarda en su corazón ni un solo pensamiento de censura ni de agravio, porque ella sí sabe calzarse mis zapatos de caminar por la vida y entender mi manera de sentir y de actuar.

Ella es, sencillamente, la amiga. Mi amiga.

Y es también con la que planeo o improviso instantes llenos de vida, de frescura, de espontaneidad. No importa si la propuesta es tomarnos mañana un té en Tánger, o una caña en la cervecería de la esquina, o un paseo por el campo o junto al mar.

Y, a veces, nos olvidamos de que “tenemos que arreglar el mundo” o de cómo hacer equilibrios para llegar a fin de mes, y nos sentamos frente a la tele a llorar como niñas escuchando los discursos de la entrega de los Premios Príncipe de Asturias, comiendo cacahuetes y tomándonos un vino.

Con ella es fácil caminar tranquila, sin miedos. Con ella todo surge de manera espontánea, no me esfuerzo por demostrar que soy mejor de lo que soy, y puedo barrer tranquilamente los rincones más oscuros de mí misma y sacar mis miserias a la puerta, sabiendo que, lejos de recriminar mi actitud o leerme la cartilla, va a continuar caminando a mi lado, pacientemente, aceptándome como soy,  humanamente imperfecta. Tal vez, en exceso imperfecta.

Ayer, cuando la vi delante, entre el mar y yo, con esa luna llena y amarilla brillando sobre su cabeza, de repente sentí la necesidad de agradecer a la Vida, otra vez, el regalo de estar viva, de hacerme cómplice de su esplendor, de su belleza, y de poder compartir esos instantes de plenitud, de infinita alegría, con alguien como ella.

Si, ella es así.

Ella siempre está, aunque no se note, aunque a veces permanezca callada, silenciosa: aunque camine sin apenas hacer ruido.

Ella siempre está, con la mano tendida, con el corazón abierto, generosa y leal.
Ella es, sencillamente, la amiga de sus amigos. Mi amiga.

Gracias, María.
Nos vemos esta noche en el Hafa Café


Abriendo puertas

Caí en mi propia trampa cuando inicié este blog. No sabía porqué lo hacía cuando lo inauguré con aquella entrada “En zapatillas de ir por casa”, pensando en abrir una ventana desde mi interior, por la que cualquiera pudiera asomarse, sin importarme que pudiera hacerlo hasta lo más profundo, escondido y recóndito de mi alma.
Con el tiempo descubrí que también hay una parte de mí misma donde no quiero que entre nadie, por eso ahora me cuesta tanto escribir en este espacio.

Últimamente estoy muy metida en mí misma, intentando no elucubrar demasiado con mis propios sentimientos, porque sigo huyendo del pensamiento “racional” que considero la mayor de las trampas que la vida nos puede tender y que nos juega las malas pasadas de manipular sentimientos y vivencias, hasta hacernos caer en el engaño más absoluto.

Así, tan solo me limito a sentir y a dejar que mis pasos recorran libremente el sendero que sea, sin hacer caso de aquello que pueda opinar mi mente y, mucho menos, las mentes de los demás.

Esto me ha conducido hasta nuevos lugares, atravesando paisajes y alcanzando perspectivas, impensables para mí hasta no hace mucho.

Tengo que reconocer que hay una gran parte de dolor, decepción y desánimo en mi corazón ahora mismo, porque desde este nuevo lugar en que me encuentro, donde intento que las cosas sean por sí mismas sin intentar tergiversarlas ni manipularlas, me enfrento a todo aquello a lo que siempre cerré la puerta de mi corazón y que filtraba a través de mis pensamientos, mis creencias, mis ideales, para acabar eligiendo quién o qué entraba o no entraba, más allá de la puerta del vestíbulo.

Fui atesorando todo aquello que yo creía que era lo mejor y más hermoso. Y sobre esos tesoros fui construyendo los cimientos de mi vida, mi seguridad, mis puntos de referencia, mis certezas, mis motivos para batallar, mi refugio para descansar, y mis lealtades más inquebrantables.
Cualquier cosa que ahora escriba saldría de ese lugar recóndito del alma que todos guardamos para nosotros mismos y donde he descubierto entidades fantasmas que en teoría no estaban ahí porque no les había dejado pasar, pero que, en realidad, formaban parte de un decorado interior del alma que, sencillamente, me negaba a ver.

Pero también es verdad que, por otro lado, me voy sintiendo poco a poco más liberada. Sé que nadie ni nada me ha decepcionado, porque fui yo misma quien esperaba de la Vida y de la gente algo subjetivo creado por mis propias necesidades. Fui yo misma quien establecí los puntos hacia donde quería ir, el horizonte que quería recorrer y a las personas a las que quería abrazar.

Tengo claro que nada se debe esperar de la Vida, salvo lo que ella misma tenga a bien regalarte. Nada se puede pedir de los demás, salvo lo que ellos mismos te quieran o te puedan dar, y de la manera que ellos quieran o sepan darlo. Y cuando la Vida en general o alguien en particular te regala algo, sé que siempre lo harán desde su propia esencia y perspectivas.

No puedo esperar que el mundo funcione como a mí me gustaría. Constantemente paran trenes en mi propia estación y yo elijo subirme o bajarme de ellos, desde mi libertad. pero lo que no puedo pretender es dirigirlo hacia donde yo quiero, ni que el viaje transcurra de aquella manera que, subjetivamente, a mí me gustaría.

Así pues, en ello ando, decidiendo a qué trenes me subo o de que trenes me bajo, pero siempre teniendo en cuenta que yo no puedo manipular su trayectoria ni esperar que mis compañeros de viaje se adapten a mis necesidades o respondan a mis expectativas.

Entiendo que hay que caminar por la vida agradeciendo, aprendiendo, valorando la vida, la gente y los acontecimientos, por lo que tienen de grandeza y maravilla en sí mismos, sin utilizar jamás mi propia vara de medir.

Todo ello es algo que siempre tuve claro, pero genera cierto desconsuelo cuando te lo tienes que aplicar a ti mismo en un momento concreto y trascendente de tu vida. No es la vida quien nos decepciona, ni la gente, ni las situaciones... Nada decepciona si, antes, uno mismo no ha creado sus propias expectativas personales y totalmente subjetivas respecto a todo ello.

Aquí me quedo, pues, barriendo el alma, haciendo sitio, intentando llenarla de luz, sorbiendo lagrimitas y mocos y, como decía en mi anterior entrada, intentando rendirme a la Vida, sin esperar más de ella que aquello que me quiera regalar, desde el convencimiento de que siempre será mejor que aquello que yo me obstine neciamente en obtener.

Rendirme ante la Vida

Llevo casi un mes sin escribir nada en esta página, y a punto he estado de cerrar el blog.

Ha sido un mes intenso, lleno de emociones y de sentimientos encontrados. Sin apenas tiempo para otra cosa que no haya sido un ir y venir constante de acá para allá, intentando recolocar cosas en el corazón de otras personas, aliviar pesos ajenos e intentar pacificar y calmar el camino hacia adelante de personas amadas, cuyas mochilas pesan demasiado y no acaban de ver ninguna luz que ilumine su sendero.

Cuando conseguí detenerme, por fin, tan solo me quedaron ganas de sentarme en mi rincón, de crear un espacio de calma y de sosiego para mi misma. Levantar enormes murallas que nadie pudiera atravesar y donde el silencio fuera mi único compañero.

Pero entonces me encontré conmigo misma, con mi propia mochila cargada hasta los topes, y mis propios ruidos que me impiden disfrutar del silencio.

Ayer le decía a una amiga que tengo tantas lágrimas acumuladas que me duelen los ojos de tanta presión. Me duelen de verdad.

No tengo ningún propósito especial para el nuevo año. Ni siquiera el eterno dejar de fumar.

Me conformo, que no es poco, con ser capaz de aprender a llevar esa mochila aligerándola a cada paso, desprendiéndome de aquello que no necesito, aceptando que el mundo Es, que las personas Son, y que no está en mi mano cambiar nada que no desee ser cambiado, ni tengo ningún derecho a intentar hacer un mundo a mi propia medida.

Aceptar las cosas como son y querer a la gente como es, aceptando -incluso-que no me quieran como soy,  ese es el primer paso que tengo que dar para soltar lastres de dolor y de frustración que, definitivamente, no hacer más que generarme más dolor y sentimientos de decepción y de impotencia.

Seguimos caminando y seguimos aprendiendo, aunque cierto es que no siempre me gusta aquello que tengo que aprender, y ofrezco toda la resistencia posible a asimilarlo porque, egoístamente, me encantaría que las cosas fueran de otro modo.

A pesar de todo esto, sigo creyendo firmemente en la Vida, y sigo creyendo en el abrazo de la gente que me quiere.

A pesar de todo, quiero seguir caminando por la Vida, pese lo que pese mi mochila, abandonándome a ella, rindiéndome ante ella. Sé que rendirse ante la Vida, ponerse en sus manos con fe y con confianza, es el mejor, el único camino, porque la Vida nunca, nunca, te traiciona ni te engaña en sus caminos, somos nosotros mismos quienes lo hacemos cuando le oponemos esa resistencia tan dura, en un empeño de caminar hacia donde creemos que es mejor, de alcanzar aquellos destinos donde creemos que encontraremos la felicidad y la paz.

Oponerse y guerrear con la vida no es la mejor opción, eso lo tengo ya claro. Pero mi propia estupidez me lleva a hacerlo constantemente.
Prefiero ser su aliada, si me deja. Y seguro que lo hace.

Enfrentarse a los conflictos

 
Existen personas que parecen especialistas en generar conflictos, y esto les afianza su autoestima porque se sienten seguros reafirmándose en sus argumentos, sus ideas, sus comportamientos, su actitud ante la vida y ante los demás.

Existen también aquellos que huyen de los conflictos y guardan silencio, cierran los ojos, o dan media vuelta cuando se los ven venir. Aquellos que no se implican y continúan su camino y su vida cotidiana tranquilamente, sintiéndose por ello personas pacíficas y fieles militantes de la no-violencia.

Y luego están, también, aquellos que se ven inmersos en un conflicto, que asumen su parte de responsabilidad en él, y no saben como manejarlo o, incluso, se sienten culpables por no haberlo sabido evitar o por no ser capaces de resolverlo.

El otro día formé parte desde fuera de un debate en este sentido y fui testigo de como una amiga sufría por encontrarse en este último caso.
Está claro que cualquier aportación en este sentido, no deja de ser una visión personal y subjetiva, máxime cuando no cuento con información de todos los elementos del conflicto establecido, pero si puedo afirmar que entendí el sufrimiento de aquella persona y que lo hice mío.

Ya Gandhi, el ideólogo de Satyagraha, nuestra máxima referencia cuando pensamos en la noviolencia, expresaba que cualquier cambio, personal o social, habitualmente venía precedido por un conflicto. No es fácil que en nuestra sociedad los cambios se produzcan por “generación espontánea” si previamente las posturas subjetivas que todos adoptamos no son objeto de debate, incluso de conflicto. El propio Gandhi lo generó en la India, o Jesús en Palestina. Y ambos lo generaron entre sus propios seguidores y sus discípulos.

Si partimos de la base de que cada uno de nosotros somos producto de todo aquello que nos fueron inculcando, de nuestras experiencias vitales, de la influencia de nuestro entorno, de nuestros propios miedos, y de los propios mecanismos de defensa que hemos ido generando, es lógico que cada uno, aun teniendo mucho en común, veamos y experimentemos las cosas de distinta manera y, por lo tanto, es lógico que esta visión subjetiva de nosotros mismos y de nuestro entorno genere conflictos con los demás.

Es imposible no tenerlos con nuestra familia, con nuestros vecinos, con nuestros compañeros de trabajo, con nuestros amigos, incluso con nosotros mismos. Pero eso, lejos de ser algo negativo, es algo necesario para nuestro propio aprendizaje, nuestro crecimiento personal, y para que, entre todos, consigamos ese punto de acercamiento, de compasión, que nos acerca a una vida de convivencia armónica.

Creo que lo negativo no es experimentar o formar parte del conflicto, sino la manera en que seamos capaces de resolverlo y encontrarle solución. Despojarnos de nuestra máscara, de esa armadura que nos pusimos para caminar por la vida protegidos bajo cualquier identidad que inconscientemente fuimos adoptando. Intentar desde el amor y la compasión (bien entendida) colocarse en el lugar de quien tenemos enfrente y establecer ese debate rico y productivo que nos ayuda a acercarnos un poco más a la Verdad y que nos aúna en lugar de separarnos.

Cierto es que este debate es a veces imposible cuando nuestro interlocutor (sea persona, grupo o nación) no está por la labor de despojarse de esa armadura que lo deja desnudo y le hace sentir frágil y vulnerable ante los demás.
También, en ocasiones, el debate acaba en un conflicto verdaderamente violento, incluso agresivo, cuando una de las dos partes se ofusca en mantener su visión y sus argumentos por encima de los demás, incluso –a veces- por encima de aquello que consideramos sentido común, incluso cordura y, desde luego, con una ausencia absoluta de respeto hacia el otro.
Y entonces regresamos a casa, como mi amiga, con una mezcla de culpabilidad y frustración por haber formado parte de un conflicto que, además, lejos de resolverse, ha marcado más distancia y, en ocasiones, ha generado un dolor inmenso en nosotros porque nos han herido en lo más hondo en aquel intento desesperado del otro por mantenerse firme en su posición a costa, incluso, de culparnos, catalogarnos, etiquetarnos de mil maneras diferentes, incluso con agresividad y de manera cruel.

¿Qué nos queda entonces? No podemos hacer otra cosa que no sea meterse en la piel de quien hemos tenido enfrente, de intentar entender qué cosas le han llevado hasta ahí, cuánto de inseguridad y de miedo, cuánto de ese orgullo y esa presunción que nos esclaviza y nos convierte en nuestras propias víctimas, ha tenido que ir desarrollando a lo largo de su vida para poder sobrevivir socialmente sintiéndose protegido y valioso.

Y cuando lo vemos ante nosotros de esa manera, nos queda la compasión y el perdón ante el dolor que nos han causado y, sobre todo, la capacidad enorme que todos albergamos de resolver el conflicto por lo menos, en nosotros mismos y retomar nuestro propio equilibrio.
La sensación de impotencia y el dolor ante la agresividad, la falta de respeto, el ataque o el insulto del otro se entremezclan muchas veces, y es lo que solemos llevarnos a casa en esas ocasiones. Pero es ahí donde tenemos que sacar nuestra caja de herramientas y utilizar ese armamento que guardamos y que actúa de bálsamo para el alma.

Tal vez la vida nos de una nueva oportunidad para el diálogo y para retomar el acercamiento entre nosotros. Tal vez, no. Pero siempre nos queda nuestra actitud de perdón hacia el otro y hacia nosotros mismos.

Lo que está claro es que la vida necesita de personas valientes, que sean capaces de caminar con la mirada puesta también en los demás, no huyendo de los conflictos, sino dispuestos a afrontarlos desde el respeto, la humildad y la compasión.

Todos aquellos que aspiramos a vivir en un mundo más pacífico, en una sociedad más justa y equilibrada, tenemos que aprender a utilizar el Satyagraha de Gandhi y asumir que el cambio rara vez se produce sin el estallido previo de la crisis y el conflicto, y que lo fundamental no consiste en huir de ello, sino en la actitud con que somos capaces de afrontarlo y las acciones que realizamos para resolverlo

Y, por encima de todo, aprender a perdonar y a perdonarnos cuando, en el fragor de la batalla, herimos o nos hieren profundamente.

A fin de cuentas, aunque nos vestimos con uniformes de ejércitos diferentes y asumimos el papel de soldados defensores de nuestras propias causas, es importante recordar que, en el fondo, todos estamos en el mismo bando, unos más adelante y otros en la retaguardia.

Desde esta certeza como punto de partida, siempre tendremos ganada, no la batalla, sino la guerra entera.

MI COMPAÑERA ABIR. (IRAK)

Circunstancias personales me han llevado a recuperar algo que escribí para la web del Proyecto Ávalon-Iniciativa para una Cultura de Paz  en el año 2006
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Ella colabora como voluntaria en nuestro proyecto de paz, en Andalucía. Cubre su cabeza con un velo y a su Dios le llama Allah. Si la tristeza tiene un nombre, hoy he sabido que ese nombre es el suyo: Abir. 

Ayer, una bomba se llevó a varios miembros de su familia, en Bagdad. Una bomba que ni siquiera sabe quién puso, porque su madre le ha explicado, a través del teléfono, que ya no se sabe quién pone las bombas, que nadie sabe ya quién es el enemigo. 

—Sales a la calle y... te matan.... y uno mata a otro y uno mata a otro... 

—¿Qué hago? —me decía— ¿Qué hago? 

Y ella quiere volar, volar, volar. Quiere estar allí, junto a los suyos, y abrazar a su madre y llorar a sus muertos. No le teme a la muerte, me decía, tan solo quiere abrazar a los suyos y compartir su amor. Lo desea, sobre todo, porque a veces siente que tal vez nunca más los vuelva a ver. No siente odio. Ni siquiera sabe a quién tiene que odiar. Solo siente una terrible impotencia, y una profunda e infinita tristeza. 

Y, de repente, mientras la escuchaba, he puesto rostro a cada una de las centenares de víctimas de Irak: el rostro de Abir. 

Ya no nos manifestamos en las calles. Ya se pasó el tiempo. Como con todo, ya nos hemos acostumbrado a los muertos. Vuelven a ser, tan solo, una cifra más; y pasamos la hoja del periódico donde la reflejan buscando noticias nuevas porque “esa” ya nos la sabemos. Es la misma de ayer, tan solo varía en algo el número de víctimas. 

Pero hoy, mejor que nunca, he comprendido que esas cifras tienen nombre, y he sabido que antes de morir tenían miedo. 
Y hoy, más que nunca, he sentido su miedo, su dolor y su desesperanza. 

En este momento me sobran los argumentos y las mentes lúcidas que debaten dónde está el origen del conflicto y cuáles son sus posibles soluciones. No hay argumentos ni excusas que me valgan. Es el corazón quien ha cogido las riendas de mi lucha y él no sabe de argumentos. 

En este momento, solo quiero estar cerca de Abir y compartir su llanto y el de todas las Abir que hay en el mundo. Y, como ella, solo quiero volar hasta su lado y abrazarlas. 

El mejor consuelo que podemos ofrecer a nuestra compañera y el mejor homenaje que podemos rendir a todas las víctimas de la violencia, sea cual sea su origen, es que hoy, cuando ojeemos las páginas del periódico, pongamos un rostro y un nombre a cada una de esas víctimas y hagamos nuestra su desesperanza, su vulnerabilidad y su miedo. 

Porque solo cuando seamos capaces, de verdad, de hacer nuestros sus nombres, de sentirlos cerca, de abrazarlos allá donde estén, y sean quienes sean, estaremos preparados para sentarnos a debatir qué y cómo podemos hacer las cosas para que todo esto cambie. 

Como siempre, el cambio empieza por nosotros mismos. O lo hacemos, o aquí nunca cambiará nada. 

Hagámoslo por Abir, por lo suyos, por los otros y por cada uno de nosotros mismos.


Triunfar en la Vida


Como quieres que, últimamente, me he visto implicada en varias conversaciones en las que, de un modo u otro, ha surgido aquello de “triunfar en la vida” o “fracasar en la vida”

A estas alturas, a veces sigo sin dar crédito a expresiones de este tipo cuando, además, observo que hacen referencia a personas concretas que conozco y que se encuentran en uno u otro grupo.

Así, observo como se dice que han triunfado en la vida quienes han llegado lejos en sus carreras profesionales, tienen una elevada posición económica y social, han logrado componer una familia estable mediante un matrimonio duradero...; y no te quiero ni contar cómo han triunfado en la vida aquellos que, además, han conseguido adquirir cierta fama y aparecer en los medios de comunicación por cualquier motivo.

Desde ese punto de vista, yo soy una fracasada a medias, es decir, de esas del montón, que no he conseguido llegar muy lejos en ninguna de esas cosas que acabo de relacionar. Y desde ese punto de vista, la inmensa mayoría de gente de la que me rodeo se encuentra en la misma tesitura.
Camino rodeada de personas que están hasta el cuello con su hipoteca o lo pasan mal para pagar el alquiler mensual de su vivienda. Evidentemente, ninguno cambia de coche cada dos por tres y, sin embargo, sí han cambiado en ocasiones de pareja porque, según lo establecido, han tenido mala suerte al elegir quien debe acompañarles durante toda su vida (aunque, según ellos, han sido-sencillamente- incapaces de controlar su corazón).

Estoy hasta el moño de esas varas de medir que constantemente sacamos de nuestro cajón para catalogar y ordenar a las cosas y a las personas según nuestros esquemas mentales, perfectamente estructurados por la sociedad prosaica en la que nos desenvolvemos.
He llegado ya a esa etapa de la vida en la que todo se ve desde una perspectiva diferente.  A mis 20 años me comía un mundo que, finalmente, no he tenido tiempo de acabarme porque la vida ha resultado transcurrir más deprisa de lo que pensaba y, además, he descubierto que es infinitamente más breve de lo que imaginaba entonces.
Y desde este punto vital en que me encuentro, tengo ya la suficiente información acerca de la vida, para poder establecer mis propias categorías de triunfadores y fracasados.

Cualquiera de mis amigos fracasados ha sido un eterno adolescente: soñadores, buscadores, valientes, implicados con su entorno y con la gente, solidarios, alegres y, a veces, un tanto inconscientes... No han realizado viajes de negocios alojándose en grandes hoteles, más bien han saltado de ciudad en ciudad, o de país en país, con una ligera mochila a la espalda en la que siempre dejaron un hueco para el libro, el cuadernillo y el lápiz. Han viajado mezclándose con la gente, intercambiando culturas, costumbres y tradiciones,... siempre aprendiendo, siempre compartiendo, siempre conociendo y dejando atrás nuevos abrazos en cada despedida.
Cualquiera de mis amigos fracasados ha encontrado el tiempo suficiente para compartir con la gente que quiere espacios para sentarse en silencio al atardecer, y largas madrugadas para llenar de diálogos y risas, o de cálidos abrazos cuando nos hemos sentido tristes.
Cualquiera de mis amigos fracasados puede mostrarse ante su mundo como quiere y como son: encantadoramente humanos e imperfectos. Cualquiera de mis amigos fracasados tiene los armarios, los bolsillos y las manos llenos de amor, de sueños, de experiencias. Han sabido disfrutar como nadie del mar –que han hecho suyo-, de cada árbol –que han hecho suyo- de cada águila, flor o mariposa –que han hecho suyas.

Porque todos mis amigos fracasados aprendieron a vivir, luchando contra esas estructuras creadas para encadenarnos a normas morales –generalmente impuestas por aquellos que practican la doble moral-, y a costumbres sociales y pensamientos establecidos por aquellos que tienen el poder para aplicarlos, y cuya supremacía peligra cuando algunos dejamos de seguirlos.

También tengo amigos que han triunfado, pero no tienen mucho tiempo, la verdad, para compartirlo conmigo ni con nadie. Cuesta mucho mantener el equilibrio en el fino hilo de los triunfadores y, en un descuido, cualquiera puede llegar desde detrás y empujarles para hacerse sitio; tienen demasiado trabajo añadido para cuidar de no perder aquello que han conseguido con tanto esfuerzo. Eso sí, como han triunfado en la vida, planifican y ordenan cuidadosamente sus días con la pasmosa exactitud que les marca su Rolex (que, por cierto, tienen demasiado miedo de perder).

Y tal y como indican las normas, costumbres, pensamientos y esquemas establecidos, cualquiera podrá decirme que todo esto lo pienso y lo digo porque me ha tocado estar en el bando de la gente que no ha triunfado en la vida. Pero es que, a mí, me da igual lo que piensen.

Cada vez más despreocupada, mi mayor ocupación consiste en ir soltando lastres. A mí, lo que me importa, es que esta tarde voy a caminar con mi amiga al atardecer, sin prisa. Y en el balcón de mi casa todavía hay margaritas de las que conozco la textura de cada uno de sus pétalos, y ramas de hierbabuena que me devuelven su perfume cada vez que las acaricio.
Y que dentro de unos días viajaré a Sevilla y sentiré el abrazo de otra gente, anónima y sencilla, con la que me reúno a menudo, debato y comparto el sueño de dejar a nuestros hijos una nueva sociedad de triunfadores auténticos, de gente que sonríe, que abraza a sus amigos, que comparte su tiempo y su cartera con el de al lado, y que sueña y se afana por transformar un mundo donde no quede ni un solo niño sin sonrisa, sin merienda, y sin futuro.

Y yo, que soy madre, a mis hijos tan solo les repito que no espero nada de ellos en esta vida; tan solo que sean auténticos triunfadores, es decir, que no hagan daño a nadie, que asuman su responsabilidad con respecto a la vida de los demás y al cuidado de la naturaleza, y que sean, ante todo, felices.
Y para todo ello no hace falta nada más que estar bien despiertos en todos los sentidos, para ser capaces de distinguir el tipo de vida o de Vida en la que queremos triunfar; y, eso, ya nos viene dado en un “pack” desde el mismo momento en que llegamos al mundo. El problema es que a veces nos quedamos dormidos y, entonces, siempre hay alguien que aprovecha sibilinamente para colocarnos las cadenas, enseñarnos lo que está bien y lo que está mal, y cargarnos con el lastre de la felicidad que se compra en los centros comerciales, en las inmobiliarias o en las iglesias.

Un lastre con el que, como no despertemos a tiempo, tendremos que cargar el resto de nuestra vida, sintiéndonos triunfadores o fracasados, en función del valor material, o el reconocimiento social que arrastremos.

Ni mis amigos ni yo aprendimos nunca a hacer dinero. Es cierto que hemos fracasado en ello, y también es cierto que a veces nos desesperamos por no saber hacerlo a pesar de trabajar incansablemente desde siempre. Pero no hemos encontrado la fórmula de ganar dinero sin acabar, de un modo u otro, dentro de esa estructura social que valora tan solo el esfuerzo que realizas en una única dirección: la de mantenerla a salvo y alimentarla.

En realidad, adoro a mis amigos, esos auténticos triunfadores de la Vida, que hacen equilibrios para llegar a fin de mes, a pesar de su trabajo tenaz y perseverante, pero encuentran siempre un hueco para compartir un café o pasear por el campo, mientras me cuentan sus sueños y sus nuevos planes para cambiar el mundo. Que les preocupa la justicia social más que el recorte de su salario; que huyen de los prejuicios, que no les guía otra bandera que no sea la de la libertad y la armonía entre las gentes de cualquier lugar, que se conmueven ante una nota musical, una mirada, o el tacto del viento en su piel, y que agradecen la llegada del nuevo día disfrutando de cada instante como del mejor y más auténtico de los regalos, y del amor como del mas preciado de sus tesoros.

Como decía Benedetti,  “Con gente como esa, me comprometo para lo que sea por el resto de mi vida, ya que por tenerlos junto a mí, me doy por bien retribuido”