Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena. (M. Gandhi)


Nadie comete un error mayor que aquel que no hace nada porque solo puede hacer un poco. (E. Burke)


Dirán que andas por un camino equivocado si andas por tu camino. (A. Porchia)


Yo no vivo en una nube: estoy viva.

No, yo no vivo en una nube. Camino con paso firme, con los pies en la tierra. Aprendí a imaginarlos echando raíces en ella, con cada uno de mis pasos.

Y camino siempre por la vida con los ojos abiertos. Observo lo ocurre a mi alrededor, lo que leo en la prensa, lo que le sucede a la gente. Escucho lo que me dicen y, a veces, hasta intuyo lo que callan. Y trabajo, y combato, y me canso, y me caigo, y me dañan ...
Proceso mecánicamente todo ello en mi interior y, a menudo, acabo mimetizándome con la impotencia y con la rabia,  con la desesperanza y la tristeza. Y, sobre todo, con el miedo. Y me repliego silenciosa sobre mi misma, temerosa y cansada, o dejo que salga a borbotones toda mi rabia reconvertida en ira.

Hasta que, súbitamente, me observo a mi misma y tomo consciencia de cómo camino por la vida en esos momento: con la cabeza baja, mirando al suelo y con la sensación de llevar colgada sobre mi espalda una mochila llena de piedras, que es en lo que se convierten todos esos sentimientos que me provoca la “realidad” cotidiana. Bajo su peso, mis pasos se ralentizan, incluso el miedo me paraliza. Y siento que me falta el aire, me falta el aire, me falta el aire....

Pero cuando estas sensaciones amenazan con asfixiarme,  todavía soy capaz de remontar el vuelo. 

Y con la lágrima en la mejilla, intento forzar tímidamente una sonrisa. Y, aún sin ganas, doy el paso hacia adelante. Y es entonces cuando el milagro se produce, porque el siguiente paso ya va solo, porque la sonrisa ya brota espontánea y, poco a poco,  mi mochila se va volviendo ligera, como si estuviera, tan solo, llena de viento.

Ser consciente de que ese milagro se sucede una y otra vez, es lo que me ha permitido desde hace tanto tiempo aguantar el tipo cuando todo se derrumba, y salir de entre las ruinas con paso firme y decidido, con el pelo y el alma despeinándose al viento.

Todavía soy, todavía estoy, todavía es tiempo de seguir caminando, con paso firme, sintiendo mis pies enraizados a la tierra, sintiendo el cielo infinito que me protege y libera, con sus luces y sus sombras, sus estrellas y sus nubes.
Convirtiendo cada piedra de mi mochila en una oportunidad para mí y para quienes caminan a mi lado. Las oportunidades no pesan, son tan solo brisa fresca que nos empuja por caminos nuevos.

Todavía soy, siempre lo he sido, y seguiré caminando por la Vida.   Siendo.

Soy libre de elegir  y esto es lo que quiero, seguir caminando. Porque, además, no hay otra manera de andar que no sea con la mirada en el futuro, los pies anclados sobre la tierra, el alma al viento y el corazón lleno de gratitud.

 Y siendo conscientes, a cada instante, de que somos, de que estamos, de que aún hay tiempo. Y de que el tiempo es ahora.


Yo no vivo en una nube. Sencillamente, estoy viva.


Yo elijo.


Hay veces que la vida te entra y te sale por cada poro de la piel. La absorbes, te embriagas, te marea, la transformas en tu interior y la devuelves al universo transformada en átomos de ti misma que vuelven a fundirse con el Todo.
Así me siento yo desde hace algún tiempo.

En medio de este torbellino de angustia y dificultades, de esta sociedad que se nos hunde y se nos hunde sin que se atisbe el día en que acabe de tocar fondo, cada día me levanto con el firme propósito de vivir hasta el último instante.

Pueden robarme mi dinero los bancos, pueden recortar mi sueldo, mis derechos y mis libertades, pueden intentar manipularme, engañarme, estafarme, prohibirme... pueden y lo hacen. Pero nunca jamás podrán robarme aquello que guardo celosamente en lo más profundo de mi alma.
Jamás les daré esa oportunidad. Nunca, nunca.

Mi vida no está en las manos de nadie, sino de la propia Vida. Y será ella la que disponga cómo, cuánto y cuándo debo  llorar o sonreír, esperanzarme o abatirme, luchar o rendirme.
Y a estas alturas, una vez firmada mi alianza inquebrantable con la vida, ella misma ha depositado en mis manos esa libertad de elección.

Así pues, elijo vivir. Elijo que esa panda de seres grises que se empeña en robármelo todo, no va a ganarme nunca la batalla. Elijo mantenerme en pie y enfrentarme a ellos; elijo que nadie coloque grilletes en mis pies ni corte mis alas.

Elijo seguir mirando el atardecer cada día, caminar por la orilla del mar rompiendo sus espumas con mis pies, tumbarme en el claro de un bosque a escuchar el sonido de los grillos y el autillo.

Elijo compartir mis momentos de desánimo y mi risa  con la gente que amo.

Elijo que el gris no es mi color, por mucho que se empeñen, porque mi paleta de colores es extraordinariamente policromada.

Elijo que nunca seré ni víctima ni aliada de los espíritus grises, codiciosos, crueles y desalmados, que pueblan nuestras calles, nuestros despachos, nuestras pantallas de televisión y nuestros mundos virtuales.

Elijo seguir plantándoles cara con mi mejor aliada: la Vida,  y con mi mejor arma: el amor que le profeso.

Como decía Benedetti: Uno tiene en sus manos el color de su día: rutina o estallido.

Y yo elijo, siempre, el estallido.
Yo elijo.

INCAPACITADA DE POR VIDA PARA EL ODIO. ASÍ SEA.


Ayer vi llorar a alguien a quien hice daño porque no soy capaz de odiar a quien le daña, y ese es el único consuelo que espera de mí en su dolor y en su deseo de venganza ante aquellos que poco a poco fueron destrozando su vida.
No puedo culparle, dios me libre, por odiar, y mucho menos dejar de entenderle.

Así, me resultaría imposible, por su longitud, hacer una relación de las cosas, de las actitudes, de las ideas, de las reacciones, de los hechos, de las voces y de los silencios que odio. Odio la forma de caminar por el mundo de tanta y tanta gente que esparce las semillas del dolor, de la pobreza, de la injusticia, de la desigualdad, de la desesperanza.

Pero, sin embargo, por mucho que busque en mi memoria y en mi corazón, soy incapaz de escribir el nombre de una sola persona que no me guste y a la que odie.

Tengo la suerte de que, a base de tropezones, la vida me dio la oportunidad de aprender ciertas cosas. Tengo la suerte de haber sabido aprovechar esa oportunidad y no haber vuelto la cabeza hacia otro lado: el de alimentar mi propio dolor de manera autodestructiva, o el de acrecentar mi orgullo. Tengo la suerte de que la vida me enseñó que el odio solo genera más odio, y que acaba convirtiendo tu propia vida en una obsesión insaciable por alcanzar el desagravio y conseguir la venganza.

Tengo la suerte de que la vida me enseñó que cuando el odio se instala en ti, lo hace a costa de echar afuera la esperanza, la luz, la calma, la risa espontánea, la alegría desbordada del instante, y hasta te impide disfrutar del amor. 

El odio lo invade todo, lo domina todo, se convierte en el dueño y señor de tu vida, y la maneja a su antojo. El odio te hace perder tu dignidad como persona, entre otras cosas porque dejas de ser la persona que tu eres, para convertirte tan solo en víctima y verdugo al mismo tiempo.

Tengo la suerte de haber aprendido a luchar contra aquellos que no me gustan y contra las cosas que detesto con mis propias armas, más allá de la violencia en cualquiera de sus formas y que tan solo genera más violencia, más dolor y más odio. Un bucle infinito donde cae tristemente mucha gente y de la que parece imposible salir.

Jamás concederé a mis enemigos la capacidad de instalarse en mi vida y de robarme la luz. Jamás les concederé el triunfo de que controlen mi vida. Jamás les concederé la satisfacción de que me vean abatida, sabiendo que cada uno de mis pensamientos está inevitablemente ligado a ellos.

A mis enemigos los destierro de mi vida en cuanto puedo. Me los lloro y me los rabio, hasta que coloco una tirita en la brecha que han abierto y tiendo el famoso puente de plata para que salgan de mi vida, aun cuando las circunstancias o el destino me obliguen a convivir físicamente con ellos.

¡Ay, pero que nadie se confunda! Es el mío un espíritu libre, y pendenciero, y libro mis batallas cada día en primera fila. Incluso me siento impotente por no poder hacerlo con más ahínco y mayor osadía, para debilitar el origen de aquello que genera injusticia y sufrimiento, tanto en mí como en los demás. Nunca temí levantar mi voz y mis manos para decir ¡basta!, pero no quiero hacerlo desde el odio enfermizo hacia quienes lo generan, ni esgrimiendo el arma de la violencia en cualquiera de sus formas, porque, más allá de que vaya en contra de mis principios vitales, sé de antemano que esa sería una batalla perdida, y yo apuesto por caballo ganador. 

No es fácil. Lo primero con lo que sueles tropezar es con la incomprensión de muchos que te cuelgan sin miramientos la etiqueta de cobarde, aunque, en palabras de Gandhi, “La no-violencia no es una justificación para el cobarde, sino la suprema virtud del valiente. La práctica de la no-violencia requiere mucho más valor que la práctica de las armas. ” Y, vive Dios, que eso es verdad.

Si hay algo que la humanidad ya debería de tener claro es que a lo largo de su historia poco se consiguió con la violencia, y nada con la venganza. Y, sin embargo, siguen habiendo guerras entre países, entre culturas, entre religiones, entre pueblos, entre vecinos y entre hermanos.

Mi incapacidad de escribir el nombre de una sola persona a la que odie, es mi primera victoria sobre aquellos que tal vez me dieron motivos para hacerlo. Y si, con el tiempo, conseguí aplacar su odio, y resolver el conflicto acercando posturas, entonces ya la victoria es total.

Ligera de equipaje, sin el peso del rencor y del deseo de venganza en mi mochila, intento caminar por la vida con el alma llena de compasión por los que odian, mientras hundo mis manos en la tierra intentando, humildemente pero con coraje, arrancar las semillas que siembran a su paso.

Esta es mi verdad. Cada uno tiene su propia verdad, y sé que nadie la posee del todo. 

La búsqueda de la Verdad en un camino complicado, no sé si posible; así pues, permitidme que tenga la mía y, si así fuese, concededme el derecho a equivocarme.


SE NOS ACABA EL TIEMPO.


El tiempo transcurre inexorable y cada vez a mayor velocidad y no quiero malgastarlo desalentándome por ello, ya que el tiempo seguirá transcurriendo inexorablemente y cada vez a mayor velocidad.

Elijo,  pues,  abrir mis ojos y exprimir cada instante que la vida me regala.
No me permito quedarme sentada junto a la ventana viendo cada atardecer pensando que es otro menos y añorando los que ya pasaron, cuando la verdad  es que, justamente, éste es el más importante de todos los vividos, ya que es el que realmente evidencia que estoy viva y que estoy aquí.

No quiero malgastar el tesoro de la vida, acumulando tiempo muerto en la biografía de mi alma cuando todavía sigo viva.

¡Claro que sé que el tiempo se agota! Y así empezó siendo desde el mismo día en que nací, así era cuando construía mis castillos en la playa, así cuando me enamoré tantas veces, así cuando trazaba tantos planes de futuro desde aquella atropellada juventud que brotaba por cada poro de mi piel. Pero entonces no me planteaba que el tiempo pasa rápido, sino que vivía como si todo fuera  para siempre.

Y, sin embargo, el tiempo podría haberse esfumado detrás de cualquier risa, de cualquier pupitre, de cualquier castillo de arena junto al mar. Pero no era consciente de ello, tan solo, era consciente de cada momento que vivía.
Me gusta mirar hacia atrás de vez en cuando, porque mi experiencia vital es mi mayor erario para seguir caminando y, de tanto en tanto, está bien refrescar la memoria  y recolocar las cosas. Pero no quiero anclarme en el pasado que tanto me dio  y tanto me enseñó, sino apoyarme en él para tomar impulso desde donde estoy. 

Vivir el presente, sin tiempo, sin esperar mucho más del futuro que lo que nos aguarda en el instante siguiente. Evidentemente, no puedo evitar ir siempre un paso más allá; no puedo evitar hacer planes para futuros un tanto más lejanos, pero intento que esos proyectos jamás se conviertan en una venda  alrededor de mis ojos que me impida ser consciente del momento presente.

No sé por cuantos instantes permaneceré aquí,  pero pienso vivir cada uno de ellos. Y no quiero vivirlos como si fueran el último, eso jamás.  Quiero vivir cada uno como si fuera el que es,  el de ahora,  el de este momento.

Si pienso que cualquier tiempo pasado fue mejor, o paso mis días haciendo planes para un futuro que ni siquiera sé si llegará,  me pierdo la magia de este tiempo en el que cada día amanezco a la vida nuevamente.
Lo mejor está por llegar... tal vez.  Aunque creo que lo mejor es,   sencillamente,  ser consciente de mi  Ahora.



No quiero desperdiciar mi tiempo pensando en que se me acaba.
La vida es tan solo un instante construido por instantes cotidianos. Y en ese momento fugaz, hasta caben los sueños.

Por eso, labro cada uno de esos momentos con un sueño en la mirada, sabiendo que, de hacerse realidad, será también instante a instante, con cada parpadeo, y desde el presente.

Eso aprendí. Y no quiero ser tan estúpida como para olvidarlo.

DESDE LA GALAXIA A LA QUE PERTENEZCO...


Seguramente alguien se habrá sentido como yo en este momento: un diminuto puntito en el universo, prácticamente estático, donde muchos de aquellos que me son importantes giran a mi alrededor con un futuro incierto.

Me siento como una observadora  que asiste impotente a los acontecimientos que van sucediendo a la gente que yo más quiero, incluso a los sueños que construimos en común y que la vida parece empeñarse en ir desmoronando poco a poco.

La tan manida crisis económica es el eje principal de los avatares de muchos ellos, los problemas de salud el de los otros. A veces me siento cansada y me derrumbo, triste, impotente, con la amarga sensación de no saber que hacer para tender una mano útil... Luego reacciono y pienso que no tengo derecho a sentirme abatida, que si alguien tiene algún derecho a pedirle cuentas a la vida y a enfadarse con ella,  es la gente que verdaderamente está sufriendo en sí misma los problemas y las dificultades.

Pero lo cierto es que mi entorno y yo somos la misma cosa y, en la distancia, no soy un puntito rodeado de estrellas, sino que somos un único organismo vivo en todos los sentidos, como una galaxia  en la que aquello que ocurre en uno de sus extremos afecta  a todo cuanto existe en el otro.

Y es así  como el difícil día a día de unos dificulta también mi día a día, y el incierto futuro de otros convierte en incierto mi futuro.

Un futuro incierto que todos tenemos siempre, desde el momento en que nacemos. Un futuro que, a veces, nos parece perfectamente estructurado y sólido, pero que no es más que una estúpida y errónea visión de la vida que, sin previo aviso, es capaz de dar un giro de 180 grados en un solo instante.

Sé lo que tengo en este momento, sé donde está cada persona a la que amo y sé como se siente.  Conozco cada cosa que yo tengo, cada libro de mi biblioteca, el teclado de mi ordenador, y las  ventanas por donde puedo asomarme cada día a ver el atardecer.
Pero no puedo olvidar nunca que cualquiera de esas cosas que ahora tengo, tal vez mañana, o dentro de un instante,  hayan cambiado de lugar o ya no existan..

Lo único que nos queda es  valorar aquello que tenemos en este momento, disfrutarlo y agradecerlo profundamente, y seguir confiando en la Vida porque, de la misma manera que de un plumazo nos arrebata aquello que más amamos y nos dificulta el camino hacia adelante, también nos abre otras puertas y nos colma de regalos y  sorpresas hermosas.

Llegado al punto en que me encuentro en este instante, tan solo me queda confiar en que por las ventanas abiertas a la Vida de la gente que amo, ella seguirá entrando a raudales, de una manera u otra, que seguirá dejando su estela de luces y de sombras, y que algo nuevo ocupará el lugar de lo que perdieron.

Y seguir agradeciendo que, al fin y al cabo, esa galaxia de la que formo parte, aunque un tanto  aturdida, sigue girando en espiral por el universo, viva y luminosa. 


AÑO NUEVO. RECOMENZAR SIN RENCOR


Estrenamos año y una nueva ramita de muérdago cuelga sobre mi puerta.

La navidad supuso, en cierta medida, una tirita colocada sobre mis heridas, con urgencia, torcida, entre copas de cava y mazapanes, luces en el árbol y reuniones con gente amada. 

Indudablemente, el año que se ha ido ha sido nefasto en casi todos los sentidos y para casi todo el mundo 

En él descubrimos con espanto que aquello que les veníamos robando al Tercer Mundo con la complicidad de las élites políticas y económicas, nuestros mismos  aliados nos lo quitan de las manos y lo guardan en sus bolsillos con el mayor de los descaros mientras nos culpan a nosotros, incrédulos ante tanta desfachatez. 

El año en que confirmamos que el Estado y las instituciones democráticas se reducen a una simple pantomima. 

El año en que prevaleció la mentira, el abuso, la injusticia, la pérdida de derechos y libertades, la necedad de tantos, el letargo de muchos y la impotencia de otros. Y, también, nuestra necesidad de batallar, repartir, compartir y ayudar, frente a la incapacidad para llegar a más. 

A nivel personal ha sido un buen año; un año en el que fueron cristalizando cosas que todavía andaban por dentro difusas y difuminadas.  Conseguí darles una forma tangible y un color consistente. Y un aroma de paz que ha impregnado mis días y mis noches. 

Muchas veces me he visto, sorprendida, observando “mi obra”, contenta, después de estar tanto tiempo trabajando en ella. Sé que está inacabada, porque este trabajo no termina nunca y de vez en cuando te sigues descubriendo manchas en el alma sobre las que frotar, y recuerdos, sentimientos, emociones y heridas que, de vez en cuando, afloran en todo su esplendor de caos y confusión, haciendo que todo se tambalee de nuevo. En ello ando, con el estropajo y la bayeta, limpiando lo que me sobra e intentando sacar brillo a lo que vale la pena conservar. 

He ido creando un mundo nuevo sobre el que volver a levantarme después de haber caído, hace tiempo, en un agujero profundo y oscuro, donde tan solo descubría sombras y en el que los sentimientos que me sobrevolaban eran el de la decepción, la frustración, la culpabilidad por sentirlos, la inseguridad y el miedo. 

Pero de todos mis pecados, hay uno del que me eximo: la capacidad para el rencor. Y lo sé porque el rencor genera la necesidad del desagravio, incluso deseos de resarcimiento y de venganza. Y nunca sentí ni una cosa ni la otra hacia quienes me hicieron daño. Tal vez sí hacía mi misma, es cierto, pero también aprendí a perdonarme. 

La noche de fin de año, cuando quemé el muérdago que había colgado sobre mi puerta durante todo el año que se iba, quemé junto a él lo peor de esos meses. Y fueron dos cosas: una me la guardo para mí y para el cosmos, pero la otra era esta, la incapacidad para la compasión y el perdón de tanta gente y la habilidad para recrearse en el rencor, justificándolo de mil formas posibles. 
 Nada bueno puede construirse sobre esos sentimientos que siguen envolviendo nuestra vida en muchos de sus ámbitos. Por mucho que intento sacar mi escudo protector, esos sentimientos que me llegan desde fuera lo atraviesan y me impiden avanzar en la misma medida que les impide avanzar a quienes los sienten, y me dañan en la misma medida que los dañan a ellos. 

Me gustaría, más que ninguna otra cosa, que este fuera el año del perdón y la compasión; del trabajo personal y en equipo, sin desafíos, discordias, enconos, ni resentimientos. Del espíritu de lucha y de superación, desde una base sólida de justicia y no de necesidad del desagravio; de concordia y no de desunión. 

Un año para la lealtad y la hermandad, sin etiquetas grapadas en la frente del otro. Un año para mirarse a los ojos y ver más allá de ellos. 

Y, cansada también de dar explicaciones de lo que considero obvio, espero que también sea un año en el que nadie me recrimine por sentir así. 



Por todo ello, levanto mi copa y brindo con vosotros. 


Y porque instante a instante construimos el futuro. ¡A por él!











BRINDIS POR EL NUEVO AÑO

Mi brindis de Año Nuevo es PARA QUIENES MÁS LO NECESITAN:

Para los tristes y necios Hombres de Gris que olvidaron sus sueños y pretenden arrebatarnos los nuestros. 


Espero que el Nuevo Año los llene de bendiciones, que rescaten al niño que siguen llevando dentro, desempolven su corazón y recuperen la humanidad. 

Amén.

EL GRIS NO ES MI COLOR Y NO PIENSO PEDIR PERDÓN


Últimamente siento más a menudo una especie de necesidad de justificarme ante los demás que me tiene absolutamente desquiciada.

A veces todo es gris en mi casa, en el trabajo, en la cola del supermercado o en la barra del bar; también cuando conecto el ordenador, hago un click en la tele, o se dispara la radio del coche. Todo, todo es gris, porque vivimos inmersos en un mundo completamente enloquecido, injusto y cruel, ahogándonos en un entorno de desconcierto y desesperanza.

Pero yo amanezco cada día corriendo hasta la ventana, ensayando la primera sonrisa de las que el nuevo día me tiene reservadas.
Me siento cansada de justificarme por ello frente a los que constantemente se rasgan las vestiduras, enmudecen y esperan a que alguien venga con la varita mágica a sacarnos de las tinieblas, a convertir nuestra mañana gris en futuro luminoso.

Los hombres grises, con corbatas grises, maletines grises y corazones grises, nos lo están robando todo, y se ganan perfectamente su abultado sueldo haciendo su trabajo de manera intachable, esto es, sembrando la desesperación y el miedo.

Y nosotros seguimos allanando su camino, amarrándonos a lo poco que nos va quedando, asumiendo que no podemos hacer nada por evitarlo, y mirando horrorizados a los desahuciados, a los que hacen colas en los comedores públicos, a los inmigrantes moribundos a los que se les niega el fármaco que alivie su dolor...,  pero cada vez más amarrados a lo nuestro y más temerosos de perderlo, escuchando cada informativo de cada día, con el temor de que hoy nos toque a cualquiera de nosotros.

En las mentes retorcidas  de los necios que nos dirigen se fraguan los planes perfectos para que no los molestemos en su tarea de enriquecerse, y nos manipulan, nos atemorizan, y nos convencen de que todo este sin sentido es necesario y es bueno para nosotros. Por todo ello, agachamos la cabeza, murmuramos por lo bajo, pero seguimos justificando a quienes nos lo roban todo, hasta la dignidad.

Y el Primer Mundo que emergía orgulloso sobre el bien y  sobre el mal, esquilmando, arrasando, despojando de todo y volviendo la espalda a los del Tercero, hoy se aletarga sobre sí mismo, con miedo a que aquello que les robamos ayer, hoy, los hombres grises, nos lo roben a nosotros.

Ahora toca tener miedo, y compartir nuestra indignación con el amigo, con el frutero, o con el vecino en el ascensor..., eso si, por lo bajito, no sea que nos escuchen los hombres grises y censuren nuestro temor, nuestra rabia  y nuestra desesperanza, porque a estos hay que decirles que los entendemos y que los apoyamos ¡Faltaría más!

Pero yo, cada mañana, amanezco en mi ventana, con la primera sonrisa. Y dedico mi primer pensamiento a la luz y al horizonte que se abre ante mí. Mirando hacia el sur, envío mi amor, volando en otra sonrisa, a los amigos que imagino todavía dormidos junto a las dunas del Sáhara.
Agradezco cada gota de agua que resbala por mi cara mientras me ducho y, con un millón de sonrisas ya inventadas, me enfrento al mundo que me espera, más allá de las paredes de mi casa.

Mi propósito es no dejarme abatir por la desesperanza,  no permitir que me roben la energía y las ganas de vivir aquellos que siembran el dolor y la injusticia, ni quienes  murmuran indignados su aluvión cotidiano de quejas,  pero a los que  el miedo o la codicia  les convierte en cómplices de quienes los esquilman.

A estas alturas, estoy cansada de justificar mis ganas de seguir caminando en busca de gente que aún sonría, que se siente a escribir un poema, que se reinvente con cada ola de mar al atardecer, que apriete la mano del desesperado y estire de él, fuerte, muy fuerte.

No quiero seguir justificando ante los hombre grises, ni ante sus víctimas, mis ganas de vivir; de la misma manera que no pienso seguir justificando mis ganas de luchar ante quienes se quedan en casa mientras yo peleo, y que, al día siguiente, reprenden con sarcasmo mi  espíritu de lucha y continúan quejándose de todo,  sin hacer nada,  sentados en la barra de un bar.

Repito mil veces lo mismo de siempre, que yo elijo hasta donde llega su poder en mi, y jamás les voy a otorgar el poder de robarme la esperanza, ni la primera sonrisa cotidiana, ni mi primer pensamiento repleto de gente a la que quiero.

¡Se acabó! Hoy he decidido que voy a dejar de pedir perdón por  mi rebeldía; de aclarar que verdaderamente me importa mucho lo que ocurre, aunque  huya  veloz de las quejas interminables de los unos, en busca de la sonrisa esperanzada de aquellos que siguen su pelea cotidiana contra la necedad que nos rodea, con valentía y con generosidad, con la convicción de que el poder sigue siendo nuestro, que tenemos que usarlo sin miedo, con empuje, hasta el último aliento.

No voy a pedir perdón por que cada día amanezca con un íntimo deseo de vivir, de rebelarme ante lo gris, de luchar por no convertirme en cómplice de los necios, ni por que de mis labios broten más poemas que lamentos.

No voy a pedir perdón  por intentar no volver la espalda a quienes sufren, por intentar tirar de ellos con todas mis fuerzas, ni porque, a falta de pan, comparta con ellos versos de luz y de esperanza.

No voy a pedir perdón, no.

Os espero mañana, al amanecer, más allá de mi ventana, con la primera sonrisa del día

Vacaciones “en crisis”


Con el bolsillo casi vacío, este año he vuelto a quedarme sin viaje de vacaciones, pero he sacado todo mi arsenal de cosas maravillosas que podía hacer sin apenas moverme de casa y que me permitió disfrutar de unas semanas que calmaron mi necesidad de “desconectar” y  recargaron mis viejos motores de andar por la vida.

Volví al agua, agua, agua, agua... Y volví a sentirme libre con cada brazada, con cada bocanada de aire cuando emergía del fondo.
Yo, que soy mujer de tierra, de bosque, de árbol y de flores; de aroma a romero y a tierra mojada, de mariposa y de libélula; del canto del búho, del autillo, de los grillos y del ruiseñor... 

...Yo, que soy esa que aprendió a caminar posando con firmeza los pies sobre la tierra, soy también aquella que pierde todos los sentidos cuando se sumerge en al agua, cuando deja de ver la línea clara del horizonte, desorientada entre azules cristalinos; cuando agita sus pies sin tocar fondo, cuando avanza sin aferrarse a nada, sin puntos de referencia, sin escuchar más sonido que el del aire entrando en sus pulmones y su alegre borboteo cuando emerge.
Y, después, retomar el sentido con la caricia del sol tostando mi piel, cálido y suave, mientras tiritaba empapada de agua y de verano sobre la hierba o sobre la arena.

Mi verano me trajo también noches llenas de estrellas fugaces compartidas con mis amigos y un bocadillo de tortilla. 

Noche de San Juan
Me trajo risas al atardecer, sueños verbalizados en las madrugadas, y la magia de una noche de San Juan junto al fuego y el agua, intercambiando sentimientos, emociones y sortilegios de esperanza, arrojando al agua las cenizas de lo que ya vivimos y a lo que no queremos seguir aferrados, y diseñando nuevos caminos que recorrer, con nuevos horizontes que descubrir.

Mi verano estuvo lleno de paseos, en soledad o con mis amigos,  en la mañana, a la caída del sol  y a la luz de la luna; perdidos por verdes senderos, por la orilla de los ríos, por la arena del mar o por las calles de la ciudad.

Y me trajo libros cargados de historias que hice mías, y de poemas cuyos versos repetía mirando al infinito.


Paz Ahora. Sevilla
Y lo cerré, simbólicamente, con un grito de paz silencioso, emitido por cientos de antorchas iluminando el cielo, compartido con gente que, como yo, sigue pensando que el mundo puede cambiar si, previamente, lo cambiamos en lo más profundo de nosotros mismos.

He vuelto a sentirme privilegiada, más que nadie. He vuelto a sentirme mimada por la vida, abrazándome a cada instante de luz que me ha regalado, a cada instante de paz, de alegría, de libertad y de amor.

He vuelto a sentirme privilegiada por haber aprendido, de verdad, a ser consciente de todo ello y por haber desarrollado este sentimiento tan enorme de gratitud hacia la vida, y la maravillosa capacidad de aprender a reconciliarme con ella después de mis momentos de oscuridad, de tristeza o desaliento.

Mi bolsillo estará  en crisis, pero en mi alma atesoro tantas riquezas que harían falta mil cuevas de Ali Babá para guardarlas


Desenvolviendo regalos


Querido mundo virtual, hace tres meses que no me asomo a esta ventana para dejar que vuele a través  de ella mi propio universo interior.

En muchos momentos sentí la necesidad de hacerlo pero la pantalla en blanco del ordenador era un obstáculo a saltar demasiado grande para mi y las manos se me bloqueaban sobre el teclado.
Pero que me cueste tanto abrir mi corazón y mis pensamientos para darles una forma concreta y ordenada no significa que durante este tiempo el mundo se haya detenido para mi, como no se detiene para nadie.

Asimilando cambios, asentando transformaciones, caminado en medio de un inmenso cambalache, terminó el invierno y se abrió nuevamente mi ventana a la primavera.
 Convencida como estoy de que la vida nos somete a prueba de manera casi constante, intento ir superándolas  una a una, haciendo una criba de aquellas con las que quiero quedarme y abriendo la mano para que vuelen las que me hicieron daño.

Tal vez lo más significativo sea que, tras decepciones  y adioses, asimilé de una vez por todas que ambas cosas las forjo yo misma, que esperar de los demás es algo que una se inventa y medir lo que recoges es una barbaridad.

Con algún que otro vacío en el ama, avanzo por la vida aferrándome a lo que cada día me trae, deshaciendo los lazos de mis paquetes de regalo, desenvolviendo sonrisas y abrazos, guardándome los “tequieros” y  dejando volar los silencios y la nostalgia de aquello que fue y ya no es, de lo que creí que era pero no existió, o de lo que pudo ser y, tal vez, nunca será.

De mi mundo de silencios me rescataron de vez en cuando mis amigos, entre risas y confesiones, entre abrazos y lágrimas; corazones abiertos de par en para por los que he podido colarme de vez en cuando y acurrucarme en ellos. Largas madrugadas de gestos y miradas, de palabras vivas, de tristezas infinitas, de esperanzas renovadas, de ternura, de amor.

Soltar lo que no es y abrazar con gratitud lo que tengo, ese es mi ejercicio permanente y disciplinado en esta etapa de mi vida.
Dejar de construir sueños lejanos y construir mi sueño cotidiano cada mañana. Abandonar desordenadamente mis papeles  y recolocar en su sitio el corazón de mi gente, que no necesita de carpetas ni archivadores

Dejar de centrarme en un mundo al que tuve la osadía de pretender salvar desde mi mesa de trabajo o desde los atriles de mis discursos, para observar detenidamente otros mundos más cercanos que permanecen atascados en el miedo, en el dolor, en la desesperanza.

No he dejado de mirar ese mundo herido de muerte, ese Planeta Tierra que llora, pero he entendido que nunca fui una heroína con la palabra, que la auténtica heroicidad está en avanzar cada día de manera coherente,  sembrando esperanza y confiando que con la lluvia germinen campos enteros de anhelos y certezas. No basta con reclamar la paz si primero no la construyo en mi  propio corazón. Tarea ardua, pero rentable.

Retomar mi camino hacia Itaca, fijando mi rumbo en cada ola del mar, en cada encrucijada de caminos, sin importarme donde está esa puñetera isla a la que jamás llegaremos nadie, pero que nos sigue esperando, altiva, lejana, con sus encrucijadas de mares y de senderos, llenos de aventuras , de esfuerzos y de recompensas.

Seguir confiando en la vida, siempre, siempre. y abrir la ventana a la nueva primavera deshaciendo los lazos y desenvolviendo regalos.

Ahí andamos...

Carta abierta amis amigos. Mi silencio

Queridos amigos: Llevo un tiempo queriendo hablar con vosotros para contaros cosas y deciros que estoy bien. Ando cada vez más silenciosa y me cuesta un enorme esfuerzo sentarme a escribir o levantar un teléfono. No me preguntéis por qué porque yo tampoco lo sé: sencillamente, me cuesta mucho.

Miro hacia atrás y veo que en un par de años mi vida se ha vuelto casi del revés, bien porque cambió mi propia realidad cotidiana, bien porque cambió la realidad cotidiana de algunas de las personas que me rodean, bien porque en mí misma han ido cambiando otras realidades más profundas.

Una largo proceso de cambios que me sumergió en mi conocido “cinco otoñal” hace más de dos años y del que me cuesta despegar. Soy consciente de que cada vez me voy un poco más hacia adentro y también soy consciente de que, aunque eso no sea malo a priori, sí lo es en el sentido de que ando un poco alejada de la gente que quiero.

Por eso quería escribiros y deciros que estoy aquí, que “mi gente” sigue siendo lo más valioso que tengo, lo que me alimenta y me da seguridad, lo que más me motiva y me calma en los momentos difíciles o me impulsa con energía desmedida cuando toca estar arriba.

En este tiempo he aprendido muchas cosas, algunas han sido duras, otras han sido dulces, pero todas han sido una bendición.

Os echo de menos a todos y me lleno habitualmente de proyectos y de buenas intenciones: voy a organizar un fin de semana en el lago para mi gente de Requena, voy a llamar a tal, voy a escribir a cual, voy a dar una sorpresa a alguien de Valencia, o de Granada, o de Sevilla, o de Lucena, o de Marruecos ...

Y así, hago planes y planes, pero luego se quedan en nada porque me retrotraigo de nuevo hacia el silencio y caigo en la inercia de la inmovilidad, del letargo.

De verdad que estoy bien, que os echo de menos, que cada uno de vosotros estáis en mi corazón y que con muchos de vosotros tengo algo pendiente anotado en una agenda invisible y que no olvido.

Sé, incluso, que alguno lo ha pasado mal, o lo está pasando mal en este momento, y que otros habéis vivido momentos de inmensa alegría. Sabed que desde mi silencio os voy siguiendo la pista, y vuestra tristeza o vuestra alegría son mías también. Que muchas veces me he sentado a escribiros o he pensado en llamaros, pero al final se me hace una montaña porque no me fluyen las palabras. ¡A mí, que se me han escapado siempre como un torrente, para bien o para mal!

No me siento muy orgullosa de esta actitud, de estos silencios, de esta distancia. Pero, por algún motivo del que hace tiempo dejé de buscar explicación, es aquí donde me encuentro ahora.

Aún así hoy, por fin, he decido, aunque sea tan atropelladamente, que quería deciros que os quiero, que os echo de menos, que os llevo en el alma, que sois el maná que el cielo me regala cada día y del que me alimento.
Como diría una amiga mía del alma que me conoce muy bien: no me pasa nada, solo es que estoy “tontisma”.

A ver si se me pasa esta “tontería” y un día me encontráis en el bar de la esquina, por sorpresa, para invitaros a una cervecita y daros ese abrazo que imagino en tantos momentos o que aparece a veces en mis sueños y que sigue, como siempre, haciendo vibrar mi corazón y dibujando una sonrisa en mis labios como ninguna otra cosa del mundo puede lograr.

Os quiero. Mucho.

La niña que soñaba en tecnicolor

Conocí a una niña que soñaba. Soñaba con ser princesa, con volar como las mariposas, con nadar bajo las aguas con su cola de sirena...

Cuando creció, siguió soñando con un mundo de calmas y atardeceres, de anémonas, margaritas y bosques encantados.
Compartió sus sueños con todo aquel que se acercaba a ella y cogiéndole de las manos lo acercaba hasta el umbral de sus sueños de colores, de montañas verdes, de lagos azules, de mares esmeraldas profundos e infinitos.

El único cambio significativo que se produjo en sus sueños fue que, con el tiempo, ya no solo quería volar como las mariposas y quiso imaginarse Juan Salvador Gaviota para poder volar más lejos, más lejos, más alto, más alto,... más allá de los mares y los cielos azules e infinitos.
Y así, desde esa nueva perspectiva, observó como el paso tiempo seguía dibujando sus sueños de muchos  más colores, y descubrió nuevos horizontes con bosques, lagos, mares y desiertos, pájaros, peces, flores y gentes de todos los colores. Y la libertad. Y el amor. Y la consciencia.

Hoy he tenido noticias de aquella niña que creció y que, finalmente, despertó de sus sueños de colores. La despertaron gentes que nunca soñaron, y gentes que una vez soñaron y fueron despertadas bruscamente por las gentes que nunca sueñan.
Su mundo de arcoíris se llenó bruscamente de sombras grises, mares grises, cielos grises y bosques grises; todos sucios y maltrechos a causa de las gentes grises que nunca supieron soñar en colores.

Hoy fui a buscar a aquella niña que soñaba para tomarla de la mano, para mostrarle esos mundos quiméricos y luminosos que todavía existen mucho más allá de las sombras, pero la encontré cansada, muy cansada. Su mirada era triste y sus ojos ya no reflejaban el azul del mar, el verde de los bosques, ni las anémonas y los desiertos policromados.

Quise cogerla de la mano y tirar de ella, pero no pude. Quise hablarle de las gentes de colores que sueñan todavía con mundos de colores, de la libertad, del amor, pero no me escuchaba.

Todo cuanto pude hacer fue dejarla allí, buscando la caricia de las olas, con la mirada perdida en los espacios infinitos que una vez surcó creyéndose Juan Salvador Gaviota.


He decidido dejarla descansar.
Tal vez, en su soledad, consiga dormir y despierte con nuevos sueños dibujados en sus pupilas y nuevos deseos de volar como las gaviotas, de surcar los mares como las sirenas, de caminar sobre la tierra cogida de mi mano y de la mano de aquella gente que hoy, todavía, sigue soñando en tecnicolor.

Por favor, no hagáis ruido. Dejadla dormir.


CONFESIONES ENTRE LUCES Y SOMBRAS


Inicié este blog en un momento de mi vida en que me giré hacia dentro de mí misma. Todo a mi alrededor me indicaba que era la hora del silencio, o al menos así lo interpretaba yo. Tenía la sensación, a veces la evidencia, de que mis palabras atravesaban vacíos para volverse contra mí como cuchillos afilados.
Para mi fue todo un reto, un enorme y difícil desafío, perder el  miedo a comunicarme y a compartir con seres invisibles y desconocidos lo que no podía, o quería, o debía,  compartir con mi propia gente.

Fue uno de los momentos más duros de mi vida, en los que todo se tambalea  y acaba derrumbándose bajo tus pies:  la confianza en los demás y, sobre todo, la confianza en mí misma. Así acabé intentando aislarme de un mundo al que dañaba y me dañaba, intentando entender qué había ocurrido, buscando porqués y navegando entre sombras, entre las  propias sombras de mi alma, hasta empezar a atisbar y a comprender que dentro de mí no solo había crepúsculos y oscuridad, sino también luminosos amaneceres de una luz cegadora.

Aquello estuvo bien, como todo lo que nos pasa en la vida, y cuando miras hacia atrás te das cuenta de que hasta lo peor de lo que has vivido, de lo que has sentido, era necesario para seguir caminando hacia la luz cada vez más brillante que te sigue indicando la dirección  correcta en medio de la encrucijada.
Y solo tienes la certeza de que esa es la dirección acertada cuando, un pie tras otro, consigues retomar tus  pasos, desde la calma y la armonía, contigo misma, con los demás y con el mundo.

Dejamos cosas que amamos en el camino, es verdad. Dejamos cosas que creíamos  imprescindibles hasta para respirar. Dejamos cosas que tal vez seguimos añorando desde la distancia de los pasos recorridos desde aquel momento en que las soltamos. Desapegarte de las cosas que más amas, que te mantienen en pie, es lo más duro, al menos para mí.

Pero cuando te tambaleas sin ellas y descubres que puedes retomar el equilibrio y seguir caminando, comprendes que no hay nada, sino nuestra propia voluntad, nuestra propia consciencia, capaz de mantenerte en completa armonía con la vida. Lo demás no son sino regalos que la vida nos ofrece a cada instante. Regalos que se disfrutan y te enriquecen. Regalos que se desgastan, que se pierden, que se marchitan como las flores, o que a veces incluso se mantienen frescos en el tiempo y en el espacio que dura nuestro viaje.
Ofrendas de la Vida que nos brinda a cada instante y que también aprendí a aceptar y a disfrutar,  con alegría y gratitud.

No sé que me deparará  hoy el día, pero, de momento, mis dedos se deslizan sobre este teclado, mientras por mi ventana entra la luz gris de este día de marzo, y vientos que arrastran semillas de margaritas y amapolas que pronto veré crecer sobre los campos.

En esta mañana, llena de promesas, todavía no sé cuales se verán cumplidas, pero tan solo la oportunidad de poderla vivir ya me hace sentir agradecida y alegre.
Alegre, alegre, alegre... y agradecida.


El Café Hafa de Tánger

Hace un tiempo que empiezo a notar el cosquilleo de Tánger, y acabo de descubrirme mirando un calendario y buscando una fecha posible y cercana para  arrancar el motor de mi coche, enfilar hacia el sur, y embarcarme en un ferry  caminito de esa ciudad que me tiene atrapado el corazón y las entrañas.

Yo, que no suelo recordar mis sueños, llevo varios días que me despierto con la imagen bulliciosa de sus calles y con algunas de las caras que, a fuerza de ir tantas veces, ya me resultan familiares. Pero, sobre todo, me veo subiendo la colina que me conduce hasta el Café Hafa y pidiéndole al hombre de siempre, enjuto y de cara adusta, un té a la menta rebosante de hierbabuena, mientras mi mirada se pierde en esas aguas donde se funden el mar Mediterráneo y el océano Atlántico en un abrazo de azules increíble.

El día que tuve la suerte de conocer personalmente a Luis Eduardo Aute, autor de la canción “Hafa Café”, le dije que teníamos algo en común, el Hafa,
-“¿Sigue siendo tan cutre?” me preguntó.

 Un lugar “cutre” donde la vida se abre paso entre las flores, las gaviotas y la esperanza de aquellos que miran al horizonte soñando con una patera que los cruce hasta el otro lado, ese horizonte prometedor donde se adivina, de un verde brillante e intenso,  la costa española, el sueño de una Europa que no es –ni con mucho- lo que ellos imaginan.

Las mesas de sus terrazas han sido testigos mudos de momentos importantes de mi vida y de algunas de las personas que yo mas quiero. Allí he visto llorar a mi gente, y he visto reír a la misma gente. Allí hemos trazado sueños y hemos intentado enterrar el dolor y la tristeza.
También me he sentado sola, con un cuaderno en la mano donde plasmaba mis sueños y mis decepciones, o con un libro, en cuya lectura no avanzaba a fuerza de levantar la mirada buscando el azul del mar. Incluso he viajado sola hasta el Hafa de Tánger con el único propósito de no hacer nada, tan solo el de abandonarme al lugar y al momento, y limitarme a sentirlo y a sentirme.

El Hafa se abandona en la colina de Tánger y se descuelga perezoso hacia el mar.
La modernización ha querido barrerlo, pero no ha podido. La última vez que estuve contemplé las obras de construcción de una carretera que se llevó el mar de cañas, zarzales y adelfas que lo unían al otro mar de azules aguas. Ver el cemento a mis pies me causó una infinita tristeza. Pero, en cualquier caso, el Hafa se mantiene orgulloso sobre sí mismo, dominando el horizonte y atrapando vientos, atardeceres, sueños, lágrimas, risas, música y promesas.

Cuando estoy allí, imagino a Bowles y a Bertolucci  escribiendo durante semanas el guión del “Cielo Protector”. Imagino los flequillos insolentes de los Beatles, el pincel mágico de Matisse, la ternura de Aute, la guitarra de  Jimi Hendrix, las plumas de  Hemingway y Miller volando sobre un papel..., todos ellos se han sentado en las mismas mesas desvencijadas, en las mismas sillas oxidadas en las que yo me sigo sentando cada vez voy.

El Hafa es la libertad, el lugar prohibido donde los tangerinos fuman sus pipas de kif, las mujeres se quitan el velo, y por las noches se escuchan los acordes de una guitarra española o los sonidos de las darbukas.
El Hafa huele a salitre, a flores, a marihuana y a hierbabuena.

Cierto es que con el tiempo se va transformando, y que no solo cubrieron de cemento el pie del acantilado donde mueren sus terrazas, también los jóvenes escuchan los 40 principales o los partidos de futbol de la liga española, pero el Hafa continua conservando su esencia, su belleza, esa energía que cautivó a músicos, pintores, escritores y cineastas. Esa magia que me sigue atrayendo, ese velo de misterio que se alza orgulloso sobre la colina y se descuelga, por el otro, lado hacia los acantilados sobre dos mares. 

Y no tengo que volar hasta el desierto que se extiende más al sur, para sentir que realmente me encuentro bajo un cielo protector donde nada malo puede pasarme, donde tan solo hay una cosa que puedo hacer, solo una, sin más opciones: vivir el instante.

No puedo cerrar esta página sin repetir la frase que tanto significa para mí y para algunas de las personas que yo más quiero: Te espero esta noche en el Hafa Café.

Os espero ahí a todos, en un lugar donde el tiempo se detiene y no te queda más remedio que sentirte vivo.


Aqui os dejo unas imágenes de Tánger y del Hafa Café, con la voz de fondo de Luis Eduardo Aute y los rostros de algunas de las personas amadas con las que he tenido el privilegio de compartir un té a la menta mirando hacia los dos mares.



El arcoiris y la magia de fregar unos platos.


La vida está llena de magia.

El simple hecho de fregar unos platos en la cocina de mi casa fue el inicio de un mágico momento.
De repente descubrí como, al dejarlos en el escurridor junto a la ventana, mi mano se iluminaba con todos los colores del arcoiris. Me quedé inmóvil y le seguí “la pista” hasta llegar al suelo. Allí estaba, él, con todos sus colores, con toda su belleza, a mis pies, como si estuviera marcándome  un sendero de luz y de armonía. 

Jugué con él como una niña, y  comprobé que nunca lo puedes pisar, él siempre te pisa a ti, que la luz lo inunda todo, salvo que tu misma supongas un obstáculo en su camino y, aún así, siempre dejará una parte de ti iluminada, justo la que no ves.

Pensé que allí, en mi mano, tenía todos los colores del mundo. Todos los colores del bosque en otoño, de todos los peces del mar, de todas las aves tropicales, de todos los atardeceres, de todas las miradas de toda la gente del mundo... Todos los colores, todos, en mi mano.

Vivimos rodeados de cosas aparentemente simples pero que, si nos paramos a pensar en ellas, resultan sorprendentes, inabarcables, maravillosas.
Así es como las 7 notas de un pentagrama encierran infinitas sinfonías, y las 27 letras de nuestro alfabeto guardan todos los libros de mi biblioteca, millones de tratados, infinidad de cartas de amor escritas y aún por escribir.

Si lo miras bien, todo esto es como un milagro, como hacer magia. Pero, en realidad, no es más que una prueba más de que en las cosas mas simples, más sencillas, más insignificantes, podemos encontrar  un universo infinito de música, de color y de emociones.

Como siempre, como en todo, tan solo hay que ser conscientes y caminar  con los ojos bien abiertos, aunque tan solo estés fregando los platos.

Escuchar como crece una flor

Recuerdo muchas veces aquel día, tumbada sobre la pinocha junto a mi padre, en un claro del bosque a la orilla del río Cabriel.
No recuerdo los años que tenía: 5, tal vez 6, o quizás menos.

Junto a nuestras cabezas crecía un romero que no era mucho más grande que mi mano. Tampoco recuerdo de qué podríamos estar hablando, pero seguramente él estaría dándome una de esas lecciones que los padres damos a nuestros hijos y luego, como es el caso, olvidamos demasiado rápido y demasiadas veces.
Lo único que tengo claro, por descarte, es que me estaba hablando de la naturaleza y de la vida, porque de aquella conversación tan solo recuerdo una parte, y es aquella en la que me hizo levantar la mirada mientras él señalaba a la pequeña planta de romero:

¿Ves este romerito? Pues cuando nos vayamos de aquí él seguirá creciendo y creciendo, y algún día podrá llegar a ser más alto que tú si lo dejamos crecer tranquilo, porque hasta las cosas más pequeñas pueden convertirse en grandes cosas, pero no nos damos cuenta porque no nos fijamos en como lo van haciendo."

No recuerdo si me planteé a qué cosas se refería, salvo a aquel romero y a los árboles que nos rodeaban, pero juro por Dios que aquel momento lo llevo en la memoria desde entonces, y lo recuerdo con la misma claridad que si hubiera transcurrido hoy mismo. Tampoco recuerdo que pude contestarle, o si él siguió hablando más. Solo recuerdo esas palabras, y a nosotros dos mirando atentamente aquella plantita, y - vete tú a saber porqué- lo mucho que me marcaron.

El sentido de aquella observación se lo fui dando poco a poco a lo largo de mi vida. Pero, incluso en aquel momento, adaptándome al sentido mas literal y concreto de sus palabras -que era hasta donde yo podía llegar por mis pocos años- me hizo vivir y experimentar auténticos momentos mágicos ya en mi infancia.

Y así, me acostumbré desde niña a tumbarme en silencio bajo los árboles, junto a las plantas y los arbustos, y a observar sus pequeños cambios casi imperceptibles, sus procesos de floración y el cambio de color de sus hojas. Me acostumbré a hablarles y a acariciarlos y, cerrando los ojos, intentaba incluso escucharles. Siempre estuve convencida de que parte de los sonidos que escuchaba con los ojos cerrados era el de las propias flores creciendo, e intentaba identificarlos sobre los demás sonidos del bosque.

Hoy he recordado a aquella niña, tumbada en medio del bosque, creyendo escuchar como crecían las flores, y me ha inspirado una ternura tan infinita...

Siento una profunda gratitud hacia mi padre porque, tal vez sin darme cuenta como él decía, fue también creciendo en mi interior esa increíble conexión que tengo con la vida y que aprendí desde niña caminando por el bosque, observando sus cambios, sus procesos, sus sonidos, sus colores... Las piñas se cierran cuando llueve y, solo entonces, puedes ver a las ranas jugando y yendo de excursión, a saltitos, entre las piedras de la orilla.

Y yo, que tengo una especie de fobia por todo aquel animalito con patas clasificado como arácnido, dejo que las arañas tejan sus telas entre las plantas de mi terraza, y les pido perdón cundo las molesto mientras destrozo su tela para decidir si hoy será un buen día para ir a la playa: cuando las observo presurosas retejiendo su tela sé que puedo coger mi toalla, pero si pasados 15 minutos todo continúa igual, mejor me quedo en casa porque, seguramente, esta tarde me sorprenderá una tormenta de verano.



La verdad, todavía hoy me gusta tumbarme bajo los árboles, mirar el cielo entre sus ramas y cerrar los ojos para escuchar lo que me dicen. Y, todavía hoy, estoy convencida de que alguno de los sonidos que escucho es el que emiten los romeros y los espliegos al crecer, aunque todavía no haya aprendido a distinguirlo.

El auténtico milagro se da cuando te sientas, silenciosa, a escuchar el sonido de tu propio corazón y a observar como la Vida y el amor van creciendo en él, como las flores.

Tan solo, como me dijo aquel día mi padre, hay que ser conscientes.